miércoles, 19 de enero de 2005
¿Por qué el presidente Aznar, un político tan fuerte y seguro de sí mismo cometió el error de empecinarse en gestionar la crisis del 11-M solo y defendiendo la inculpación a ETA de la autoría de los atentados terroristas? Es sorprendente que en hora tan extrema saliera a relucir lo peor de su talante. Se mostró como un obstinado irredento, al que no le cabía la menor duda que su intuición política siempre le marcaba el rumbo correcto.

José María Aznar en aquellos trágicos sucesos ya no era el mismo presidente que en otros tiempos convenciera por sus dotes innegables para el diálogo y la negociación. A pesar de su adustez, ya no era aquel presidente que había sabido establecer, antes de ganar las primeras elecciones, una disciplina férrea en su partido. Tampoco era aquel presidente que supo pactar acuerdos con los partidos nacionalistas vasco y catalán tras ganar por mayoría simple. No, era obvio que Aznar cambió, poco a poco, pero de manera inexorable. Su segunda victoria electoral, esta sí por mayoría absoluta, le insufló tal dosis de autoestima y autosuficiencia que en pocos meses se tradujo en un incipiente distanciamiento del resto del mundo; pronto esta actitud comenzó a estar en boca de todo tipo de analistas políticos: una actitud que desconcertó a propios y extraños, y que despertó entre los suyos más temor que confianza. También fue sintomático su menospreció hacia el nuevo secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero.

Aznar llegó a sentirse estigmatizado de sí mismo. Creyó ser capaz, por la fuerza de su carácter y por sus convicciones personales, cada vez más dogmatizadas, que él podía marcar el rumbo de la Historia de España, sacándola del ostracismo a la que había estado condenada desde hacía dos siglos; de ahí su convicción expresada en varias ocasiones, de que “algún día los españoles comprenderán mis decisiones de hoy”. Esta soberbia mesiánica llevaba implícito el germen de sus propia destrucción; prueba de ello era la táctica cada vez más recurrente del enfrentamiento permanente y del ordeno y mando. Llegó un punto que prevaleció más la sensación de firmeza que la inclinación al diálogo; hasta la designación de su sucesor irradió un enorme tufo a imposición.

S
u incapacidad para dialogar con el candidato del PSOE, y su obstinada seguridad en sí mismo, le hizo errar sin remedio en el manejo de la crisis abierta por la tragedia del 11-M. Todavía, unas horas antes de que abrieran los colegios electorales el domingo 14 de Marzo, uno de los principales fontaneros de La Moncloa intentó desesperadamente “colar” en el telediario de las nueve de la noche del sábado, en Televisión Española, que se atribuyera la autoría de los atentados del 11-M a delincuentes comunes. Estaba claro que la obcecación se había instalado en la Presidencia del Gobierno. Los lamentos de después de poco sirvieron cuando se había perdido el juicio.

Publicado por torresgalera @ 10:04  | Personajes
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Publicado por Invitado
miércoles, 19 de enero de 2005 | 19:52
Estás que te sales. A comentario diario. No te quejarás del invento que te revelé. En mi opinión, mejor el segundo con el interés añadido de revelar hechos inéditos de la jornada de reflexión.