Ciertamente; al fin ha comenzado a hacerse realidad lo que la Declaración de los Derechos del Hombre proclama: el derecho de todo ciudadano a la libertad de expresión. Hasta ahora, el común de la calle sólo podía expresarse en su casa o con sus amigos. Pero en una sociedad mediática como la nuestra, los que verdaderamente se dejan oír son los llamados "líderes de opinión" (ciertos periodistas, columnistas, profesionales diversos y políticos); ni siquiera cualquier periodista puede dar su opinión en el medio para el que trabaja. Así es que, querido Raúl del Pozo (La independencia, El Mundo, viernes, 4 de Febrero de 2005), deberás aprender a vivir de ahora en adelante con todo tipo de opinantes, incluidos los que discrepan de forma poco honorable. Esa será, pues, su maldición: Internet les hará más libres, pero también más despreciables.
La comunicación social está experimentando unos avances extraordinarios, impensable hace tan solo una década. De la mano de las nuevas tecnologías la sociedad se está haciendo más accesible. La Galaxia de Guttemberg está al alcance de la mano; de aquí a 2025 la "Aldea global" de Marshall McLuhan será una realidad irrefutable. En nuestros días, la llamada "globalización" representa el espíritu humano en el que está contenido este impulso irrefrenable de homogeneización de las sociedades que pueblan nuestro planeta. Se luchará todo lo que se quiera por mantener vivas e intactas las singularidades de los diferentes pueblos y naciones, de sus culturas y de sus modos ancestrales de expresión; todo lo que se quiera, pero las nuevas tecnologías -especialmente las telecomunicaciones inalámbricas y la informática-, junto con el abaratamiento de los costes de producción, hacen inevitable que se extienda el uso de estos recursos comunicativos. Sólo la insuficiente redistribución de la riqueza, entre naciones ricas y naciones pobres, actuará como barrera para que la "Aldea global" sea una realidad inapelable. Es en este sentido donde queda todavía casi todo por hacer; pero no desesperamos, y antes o después las grandes manchas del subdesarrollo mundial (África, el subcontinente americano y Centroamérica, buena parte del continente asiático y los archipiélagos de los océanos Índico y Pacifico) tenderán a desaparecer. La semilla está sembrada, y en muchos lugares incluso fructificando. Y lo más importante, de manera contundente está acrecentándose la conciencia del desarrollo, de la justicia social, de los derechos humanos, de la solidaridad internacional, del pacifismo, del crecimiento sostenido, de la preservación del hábitat, del humanismo y del avance científico al servicio del ser humano.
Internet, no cabe duda, en un gran logro. Es un avance significativo en el progreso de la humanidad: que conecta al individuo con millones de bases de datos; que interconecta a individuos entre sí y con todo tipo de instituciones; que permite la respuesta inmediata, los foros de opinión y el conocimiento inmediato -incluso simultáneo- de los hechos. Esta realidad es indiscutiblemente beneficiosa y positiva para el hombre.
Ahora bien, es cierto que internet es un instrumento peligroso y dañino si se utiliza malévolamente. En realidad, este peligro deriva de la facultad innata del hombre en el ejercicio del libre albedrío. A lo largo y ancho de la Historia de la Humanidad se han prodigado los ejemplos del uso perverso que se ha hecho de los inventos que la tecnología y la ciencia han producido. Pero eso es inevitable, en tanto que el ser humano es portador de esa cualidad para decidir sobre todo aquello que se proponga. Mas este riesgo no puede ser un argumento para que el uso de internet sea restringido, como no se hace con el fuego, el cuchillo o la pólvora.
Con el andar del tiempo iremos comprobando cuáles son los beneficios y los perjuicios de internet. Hasta hoy los resultados son inapelables a favor de los beneficios; sin embargo, ahí están los piratas informáticos, que roban información, o la manipulan, o que infectan los sistemas con una satánica panoplia de virus, troyanos, gusanos y mil y una "lindezas" más. ¿Pero qué podemos hacer para defendernos ante tanto perturbado y delincuente? Pues lo que se está haciendo: mejorar los sistemas de protección informáticos, intensificar la persecución de estos delitos y castigar con más severidad a los responsables. Lo demás, las incomodidades que puedan provocar las más airadas discrepancias -aun con escasa solvencia intelectual-, deberán ser aceptadas con la resignación y el sosiego que nos exige el respeto a los derechos inalienables del prójimo. La otra posibilidad significa renunciar al debate y reservarse uno al papel de mero espectador.