Cuando el investigador Fernando Báez asistió impotente al saqueo del Museo y de la Biblioteca de Bagdad, no sólo recordó la pérdida de su biblioteca infantil en una riada, sino que comenzó a redactar una Historia Universal de la destrucción de libros (Destino).
El venezolano Fernando Báez encontró en los libros un salvavidas de imaginaciones para no naufragar en un océano infantil de hambre y miseria. Cuenta que esa felicidad lectora que le salvó del resentimiento, se truncó un día de crecida del Orinoco. El río arrasó su pequeña biblioteca: «Me quedé sin refugio y perdí parte de mi infancia... A veces, en las noches siguientes, veía en sueños cómo se hundía La isla del tesoro, de Stevenson...» A la muerte de su abuelo Domingo llegaron a sus manos cuarenta volúmenes. Uno de ellos, Los enemigos de los libros, de William Blades, le llamó la atención. Publicado en 1888, describía las causas que llevan a destruir la sintaxis de la memoria.
El saqueo de Bagdad, origen del libro
El 12 de abril de 2003, este venezolano fue testigo del saqueo del Museo Arqueológico de Bagdad. Dos días después ardía un millón de libros de la Biblioteca y el Archivo Nacional, con sus diez millones de registros del período republicano y otomano. El fuego del caos alcanzaría en las jornadas siguientes a las bibliotecas de la Universidad de Bagdad, la biblioteca de Awqaf y los museos del país. La inquina contra los libros es atávica. La temperatura de Farenheit 451 no es una ciencia ficción de Bradbury. Mucho antes ya carbonizó las más lejanas civilizaciones. La siniestra intuición del «bibliocausto» tentó a los sumerios, a los chinos del Imperio Inmóvil, a los griegos, a los romanos, a los cruzados y a los otomanos, a los fundamentalistas religiosos de toda laya, a los revolucionarios, a los hijos de Pol Pot y a los predicadores mediáticos norteamericanos. Un fuego que se extiende desde Asiria hasta Harry Potter y que Báez describe con todos sus pormenores en su Historia universal de la destrucción de los libros.
La crónica de los «bibliocidas» está repleta de episodios vergonzosos. El balance subraya que el sesenta por ciento de los libros destruidos fue por impulso voluntario del hombre. El resto sería imputable a catástrofes naturales, accidentes, parásitos, cambios culturales y la propia fungibilidad del papel.
La cronología es oscura como la noche de los tiempos. Asurbanipal fue el primer coleccionista de libros del mundo antiguo; en su biblioteca de Nínive los escribas copiaban en tablillas el Código de Hammurabi y el Gilgamesh. En el 612 a. C. los babilonios y medos destruirían Nínive. Parecida suerte corrió la biblioteca de papiros de Ramsés II en Egipto; otro emperador, Akhenaton, impuso el monoteísmo y quemó todos los textos que pudieran cuestionar su religión de Estado.
La biblioteca de Alejandría es otro hito en el funeral de los libros destruidos; como lo fue la de Pérgamo, que era su rival, y en la que el rey Eumenes llegó a reunir, en el siglo II a.C., 300.000 volúmenes copiados en pergamino. Es el odio que no cesa. En China, hacia el 213 a.C., el emperador Shi Huandi entregó a las llamas los escritos de Confucio. En el año 70 los romanos redujeron a escombros el Templo de Jerusalén y acabaron con cientos de textos; el emperador Augusto pasó a la historia como defensor de Virgilio, pero también como el destructor de millares de obras, entre las que figuraba su Ars amandi, que sufriría la misma suerte en el siglo XV, cuando fue quemado en Florencia por Savonarola.
Entre los años 550 y 750, Europa vive siglos tenebrosos. Los libros clásicos dejaron de ser copiados, para ser borrados y sobreescritos otros textos; en los palimpsestos desaparecieron las obras de Cicerón, Tito Livio o Virgilio, sustituidas por sermones. En el año 1204 la Cuarta Cruzada llegó a Constantinopla, dejando para la posteridad tres jornadas abominables, en las que se prodigaron grandes piras en las que se incineraron millares de libros y manuscritos, amén de otros muchos desmanes, como asesinatos y violaciones.
El infortunio ha permitido que numerosos libros hayan sido condenados a la persecución eterna. En Alcalá de Henares, el 23 de mayo de 1473, el catedrático de Teología de la Universidad de Salamanca, Pedro Martínez de Osma, fue conducido al cadalso desde la iglesia de Santa María; su delito, haber escrito De confessione. Como explica Báez, «el libro fue paseado por las calles, escupido y luego se quemó, no sin que esta acción fuese precedida por una bula de excomunión». Eran los tiempos de la Inquisición y de los Autos de Fe, en los que hasta el cardenal Cisneros ordenó la destrucción de El Corán y los tratados religiosos y poéticos de los sufíes. Desgraciadamente, estas desdichadas prácticas han dejado su huella hasta fechas recientes, como ocurriera con las Cartas de Amor a Eloísa, de Abelardo, que en 1930 continuaban prohibidas por un tribunal estadounidense por sus contenidos sexuales. Y qué decir del milenario Talmud, tenido como libro maléfico por los antisemitas.
En el Nuevo Mundo también se escribió su página de terror. En 1530, fray Juan de Zumárraga envió a la hoguera textos e ídolos mayas; treinta años después, Diego de Landa le imitó llevando al fuego cinco mil ídolos y 27 códices indígenas. En el Japón, más de lo mismo: la guerra civil de 1467-1477 acabó con todas las bibliotecas de la ciudad de Kioto.
Renacimiento y Contrarreforma
Continuando con otros ejemplos singulares, cabe recordar, ya en la Europa del siglo XVI, al ejército del emperador Carlos V en el saqueó de Roma, cuyos soldados no dudaron en hacer grandes hogueras con libros de las bibliotecas para combatir el frío. Eran los años de la Contrarreforma, y los tribunales eclesiásticos se cebaron condenando herejes protestantes, como el científico y humanista español Miguel Servet. Pero la persecución contra el espíritu del Renacimiento ya había dejado sus mártires, como el alquimista, astrólogo y poeta Enrique de Villena (1384-1434) y el profeta Nostradamus. Dos siglos después, en 1666, año de guarismos demoníacos, tuvo lugar un gran incendio en la ciudad de Londres: miles de obras quedaron reducidas a cenizas. Poco después, en junio de 1671, otro incendio, en el monasterio de El Escorial, destruyó buena parte de la biblioteca de Felipe II: pasto de las llamas se perdieron El Beato de Liébana y el manuscrito Lucense, así como valiosísimos códices griegos y visigóticos. Desgraciadamente, las catástrofes han continuado sucediéndose como si fueran enemigas de la memoria. Y ni el volteriano Pangloss pudo, a pesar de su optimismo innato, dejar de lamentar la desaparición de la Real Biblioteca de Portugal, acaecida en el terremoto de Lisboa de 1755.
No digamos lo que las revoluciones modernas han supuesto de barbarie, que terminaron siempre degenerando en terrorífico ardor incendiario. En el París de Robespierre, Marat y Saint Just se destruyeron más de 8.000 libros, y en toda Francia su número sobrepasó los cuatro millones, entre ellos 26.000 antiguos manuscritos. Y el heredero de aquella etapa convulsa, Napoleón Bonaparte, también dejó su huella destructora sobre las ciudades que conquistó: un ejemplo de ello fue el saqueo que protagonizaron sus tropas en la abadía de Montserrat, donde redujeron a cenizas su biblioteca y el archivo, uno de los más ejemplares de Europa.
Ya en los convulsos años 30 del siglo XX, las hogueras de libros iluminaron igualmente el reencuentro de Europa con sus demonios. En España, el gobierno republicano contemplaba impotente cómo las turbas incendiaban y saqueaban iglesias y conventos. El cainísmo ibérico se cobró un alto tributo por su ignorancia. En aquellos años, las juventudes hitlerianas, azuzadas desde su cojera física y mental por el doctor Goebbels, ejecutaron las consignas destructivas de libros con marcial eficiencia: Freud, Mann, Brecht, Kafka, Zweig, Roth, H. G. Wells, Zola, Musil, Grosz ardieron ante la mirada fanática de la bestia parda. Durante la II Guerra Mundial, los bombardeos se cebaron en la bibliotecas británicas de numerosas ciudades europeas.
Y en los tiempos más recientes
Pero no todo han sido guerras. Los regímenes del terror se empecinaron en pulverizar la memoria. Los comunistas destruyeron decenas de bibliotecas en Hungría en 1945; y cuatro décadas después, la caída de Ceacescu, en Rumanía, se acompañó con la destrucción de medio millón de libros de la Universidad de Bucarest. La "biblioclastia" también prosiguió, contumaz, con la Revolución Cultural maoísta, las dictaduras chilena y argentina, en la Cuba de Castro, en el Afganistán de los talibanes, en Bosnia, en Irak...
En nuestros días continúa vivo el negro espíritu de la intransigencia y la barbarie. Ni siquiera se libra Harry Potter. El 30 de diciembre de 2001, una comunidad religiosa de Alamogordo, Nuevo México (EE.UU.), dedicó el descanso dominical a quemar cientos de ejemplares de Harry Potter. El pastor Jack Brook predicaba que el héroe de J. K. Rowling incitaba a las hechicerías diabólicas...
El apocalipsis de la memoria obra un eterno retorno. Mientras contempla las ruinas de Bagdad, el autor de la Historia universal de la destrucción de los libros deja escapar su postrero lamento: «En Irak se ha cometido el primer memoricidio del siglo XXI. ¿Podría imaginarse un destino peor para la región donde comenzó nuestra civilización?» Y lo peor de todo del holocausto de los libros todavía no se ha escrito la última página.