miércoles, 09 de febrero de 2005
Hoy es para mí un día triste, lo fue también ayer tarde y lo seguirá siendo mañana, pasado y los próximos venideros. La noticia de la muerte de Javier Tusell Gómez me ha conmocionado, y me ha afligido sobremanera. Hacía varios años que no le veía, pero le traté mucho allá por el final de los setenta y comienzo de los ochenta, durante su etapa de director general del Patrimonio Artístico. Trabajamos juntos e hicimos una buena amistad. Luego la vida nos llevó por caminos diferentes y la relación personal se fue diluyendo. No obstante, en todos estos años he guardado un grato recuerdo de él, además de un sincero agradecimiento por el trato con el que me obsequió durante aquellos días ya lejanos.

Así, a vuelapluma, lo primero que me viene a la memoria de su persona es su excelente trato personal, su capacidad de trabajo, su autoexigencia, su empeño por concluir las tareas más difíciles, su determinación en lo que se proponía y no arredrarse ante las dificultades. También me viene del recuerdo su gusto por hacer equipo y compartir con su gente los buenos y los malos momentos. Muchos son los momentos inolvidables.

A Javier Tusell le tocó vivir unos años, como a tantos otros, en unas circunstancias muy especiales por inéditas. Eran los tiempos de la transición. Llegó al Ministerio de Cultura de la mano de Manuel Clavero Arévalo, en el primer gobierno constitucional, allá en la primavera de 1979. El antecesor de Clavero, Pío Cabanillas, apenas pudo conseguir, y no es poco, sacar adelante la reconversión del Ministerio de Información y Turismo en un ministerio moderno y con otras competencias. Aquello era, cuando llegó el nuevo equipo, un mastodonte que había que domesticar. Y a Tusell le encargaron la administración de las Bellas Artes, del Patrimonio Artístico, los museos estatales, los archivos y las bibliotecas. Fue una tarea ingente, pero lo consiguió.

En los casi tres años que estuvo al frente de la dirección general, al margen de las dificultades inherentes a la situación, Javier Tusell tuvo que sortear como buenamente pudo otras dificultades añadidas: a los pocos meses de estar en el cargo surgió una gran crisis entre el ministro Clavero y el presidente Suárez por el proceso autonómico de Andalucía: concluyó con el cambio de titular en la cartera. La llegada a Cultura de Ricardo de la Cierva ni que decir tiene que se juntó los duro con lo tieso; la convivencia entre los dos historiadores fue de todo menos pacífica. Tusell, por su parte, mantenía el empeño en los proyectos iniciados, y De la Cierva pretendía capitanearlos poniéndole su sello personal. Como es de suponer, Tusell ofreció toda la resistencia que pudo para que las cosas no se le fueran de las manos (negociación con la familia Picasso para traer el Guernica a España, negociación con Dalí para que donase al Estado su obra, reforma del Patronato del Museo del Prado, y un largo etcétera), ahí es nada. A la vista de los celos y recelos del uno con el otro, el ministro De la Cierva intentó en varias ocasiones cesar a Javier Tusell, pero afortunadamente el cesado terminó siendo el ministro a los nueve meses.

La llegada de Iñigo Cavero a la cartera de Cultura restableció la tranquilidad en Bellas Artes, dando paso a unos meses muy fecundos donde se ultimarían muchos proyectos: Llegó el Guernica a España; se hizo la antológica de Dalí en el Museo Español de Arte Contemporáneo y se formalizó la donación al Estado de buena parte de su obra; se realizaron grandes exposiciones antológicas de artistas españoles consagrados (Tapies, Guerrero, Canogar, Saura, Sempere, Chillida, Rivera y un largo etcétera), y se expuso en las salas estatales a las jóvenes vanguardias; también se organizó la antológica del escultor británico Henrry Moore. Fue un tiempo de actividad frenética en la Dirección General, durante el cual se abordaron grandes campañas de restauración del patrimonio artístico, se promovieron grandes programas de excavaciones arqueológicas y se reorganizaron buena parte de los museos estatales, los archivos y la Biblioteca Nacional. En aquellos días, la Dirección General de Bellas Artes manejaba la mayor parte del presupuesto de Cultura, que llegó a sobrepasar los cien mil millones de pesetas. Luego, la transferencia de competencias a las comunidades autónomas reduciría el gasto a la mínima expresión.

Ya en 1981, y como consecuencia del 23-F y de la crisis política en que se sumió UCD, llevó al presidente Calvo Sotelo a cambios en su Gabinete y nombró a Soledad Becerril ministra de Cultura. Y este cambió llevó a los pocos meses, en febrero de 1982, al cese de Javier Tusell. No superó los nuevos vientos que impulsó la ministra sevillana.

Todavía continué compartiendo con Tusell algún tiempo más la hermosa experiencia de Cuenta y Razón, la revista de pensamiento que FUNDES había puesto en marcha un año, de la mano de Rafael Ansón, Julián Marías, Fernando Chueca Goitia, José Vergara y otros insignes intelectuales.

Si, fue una hermosa experiencia vivida y compartida con un gran hombre, excelente persona, trabajador infatigable, dialogante, que gustaba escuchar y pedir opinión, nada intransigente pero sí obstinado en la defensa de su criterio cuando era menester defenderlo. Lástima que tanta valía humana e intelectual tan repleta de energía se nos haya ido antes de lo estipulado. La muerte se ha cobrado, una vez más, otra vida preciosa y sólo nos queda el recuerdo y el agradecimiento. De nuevo, gracias por todo, Javier, y descansa en paz.

Publicado por torresgalera @ 21:59  | Personajes
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios