domingo, 13 de febrero de 2005
El 14 de febrero, día dedicado por el santoral a conmemorar al santo Valentín, patrono de los enamorados, y bien institucionalizado por el marketing comercial de nuestra sociedad de consumo, pienso que es una buena ocasión para reflexionar sobre este asunto del "amor". Pues bien, escribía José Ortega y Gasset en Estudios sobre el amor, que “En el amor, lo típico es que se nos escapa el alma de nuestra mano y queda como sorbida por la otra.” Para continuar “... esta absorción del amante por el amado no es sino efecto del encantamiento.” Más adelante, Ortega subraya: “Tampoco hay entrega verdadera en la 'pasión'. En los últimos tiempos se ha otorgado a esta forma inferior del amor un rango y un favor resueltamente indebidos... La pasión es un estado patológico que implica la defectuosidad de un alma.” En realidad lo que el pensador español pretende resaltar, cosa que han hecho otros muchos pensadores antes que él, es que el amor, el amor de pareja, es algo mucho más profundo que lo que en nuestros tiempos se ha tomado como moneda corriente.

Si preguntáramos a hombres y mujeres que afirman sentirse enamorados, contestarían que, efectivamente, el amor es la expresión más noble y sublime del alma humana. No obstante, la realidad nos muestra con demasiada frecuencia la confusa mezcla que se hace con ideas como la del amor, el encantamiento, el hechizo, la pasión, el goce... De ahí que las frustraciones que en la actualidad produce el amor, o más bien el desamor, son consecuencia directa del equívoco mayestático en el que buena parte de la ciudadanía se haya inmersa. Hay que tener presente, que según se es se ama, pues el amor tiene los caracteres del alma del que ama. Y esto va mucho más allá de la pasión erótica o de la atracción sensual. Enamorarse es una cualidad maravillosa que posee la mayoría de las criaturas humanas; pero saber utilizarla correctamente es algo mucho más infrecuente.

Química del amor

Ahora trataré de exponer algunas pinceladas sobre el amor desde una perspectiva científica. Después de leer y consultar a expertos en sicología del comportamiento humano y estructura y funcionamiento del cerebro, he llegado a algunas conclusiones. La primera es que en toda existencia humana la "necesidad del otro" es tan obvia como la necesidad del agua o de las proteínas; dicha necesidad expresa el deseo amoroso, y como todo deseo éste se sitúa entre el goce y la necesidad. Por ello, todo deseo se especifica por su objeto. En el caso del amor, tal deseo viene especificado por la pareja sexual que designa el "estado central". Dicho estado central integra al otro entre sus componentes.

En segundo lugar, el amor representa un estado fusional donde se realiza la totalidad del ser. El sexo, en la medida que es a un tiempo él mismo y su contrario, encarna la unidad. Lo más típico del amor, en términos generales, es que bajo sus colores más violentos cohabitan los impulsos del alma y las emociones de la carne.

Tres son las dimensiones del estado central que define a todo estado amoroso: el corporal, el extra-corporal y el temporal. La dimensión corporal es el propio cuerpo, en el que se manifiestan alteraciones íntimas que afectan principalmente a las secreciones hormonales y al funcionamiento del sistema nervioso central. Las hormonas sexuales actúan directamente sobre el cerebro gracias a receptores en las neuronas.

El deseo es universal y está ligado al buen funcionamiento, en el interior del cerebro, de sistemas deseantes de los que la sexualidad es sólo un exponente más. En cuanto al aparato sexual éste no es indispensable en el estado amoroso; es una vía final necesaria, tanto para el goce como para la reproducción, pero no interviene en el reconocimiento del otro, que sigue siendo en el hombre la función superior del amor.

El espacio extra-corporal es el que define el amor como un intercambio de informaciones entre dos cuerpos; por lo tanto, exige reciprocidad. Tales informaciones llegan a través del olfato, el oído y la vista. En cuanto a ésta última, haremos mención especial del rostro del amado, verdadera rúbrica del otro en el espacio amoroso. Los factores de entorno, clima, temperatura, luz, alimentación, tan importantes en otras especies, en el hombre son insignificantes. El ser humano es capaz de amar en cualquier época del año.

Por último, contamos con la dimensión temporal, que es como un reloj instalado en nuestro cerebro que marca el ritmo de nuestro tiempo de amar. Este reloj compendia la historia de nuestros amores, que es también el tiempo de nuestro aprendizaje amatorio, el de la espera que exaltó el deseo, el de la costumbre que marchita nuestros amores y, también, la historia de nuestros orgasmos.

Sentimiento para la felicidad

Pero volviendo al Día de San Valentín, merece la pena recordar las raíces de esta onomástica pagana para que veamos en qué ha devenido todo esto. Los antiguos romanos celebraban las fiestas lupercales, en honor del dios Lupercus, el 15 de febrero para ganarse el favor de los lobos. Durante esta celebración, los hombres jóvenes golpeaban a la gente con listones hechos de piel de animales. Las mujeres recibían los golpes porque pensaban que los latigazos las hacían más fértiles. En el año 43 de nuestra era, después de la conquista por los romanos de Bretaña algunos pueblos indígenas asimilaron muchas de las festividades romanas; con el paso del tiempo, ciertos escritores cristianos vincularon el festival de Lupercalia con San Valentín porque era en la misma fecha y por su relación con la fertilidad.

La Iglesia primitiva tuvo por lo menos dos santos llamados Valentín. De acuerdo a una historia, en el siglo III el emperador Claudio II prohibió el matrimonio a los hombres jóvenes: pensaba que los hombres solteros eran mejores soldados. Un sacerdote llamado Valentín desobedeció la orden del emperador y secretamente casaba a las parejas jóvenes.

Otra historia dice que Valentín era un cristiano que hizo amistad con muchos niños. Los romanos lo apresaron porque se negó a adorar a sus dioses. Los niños extrañaban a Valentín y le tiraban pequeñas notas a través de las rejas de su ventana en la prisión. Este cuento puede explicar la traición de intercambiar tarjetas (valentinas) por San Valentín. Una segunda versión afirma que el santo curó la ceguera a la hija de su carcelero. En cualquier caso, parece ser que Valentín terminó siendo ejecutado el 14 de febrero del 269. En el 496 el papa Gelasio I declaró este día como el Día de San Valentín.

La leyenda se fue fraguando. En el antiguo francés normando, una lengua hablada en Normandía durante la Edad Media, la palabra “galantine”, que suena como Valentín, significa gallardo y amante. Esta semejanza pudiera ser la causa de que la gente pensara en San Valentín como el santo patrocinador de los enamorados.

La referencia inglesa más temprana del Día de San Valentín señala que las aves escogen su pareja en ese día; hay que tener en cuenta que hasta 1582 en Occidente se usaba un calendario distinto, el gregoriano, por lo que el 14 de febrero de entonces corresponde, en la actualidad, al 24. Geoffrey Chaucer, un poeta inglés del siglo XIV, escribió en su Parlamento de las Aves: "Por esto que fue enviado el día de San Valentín; cuando cada ave su pareja ha de elegir". Posteriormente, William Shakespeare también mencionó esta creencia en su obra Sueño de una Noche de Verano: Un personaje en el drama descubre a una pareja de amantes en el bosque y pregunta, "San Valentín ya ha pasado, ¿Comienzan estos amantes a juntarse ahora?"

Y así, rodando el tiempo, la sociedad ha ido acrecentando esta conmemoración como si de un fetiche se tratara. Hasta hace unas décadas los enamorados se enviaban postales, versos y flores. En la actualidad la panoplia de obsequios es interminable. ¿Pero ha ganado el amor? Me temo que no, aunque sí se conoce mejor. Con todo, lo peor que tiene esta fiesta es que su vacuidad inunda demasiadas relaciones amorosas. ¡Y a eso se le llama amor!

Publicado por torresgalera @ 22:59  | Cultura
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