Del resultado del referendo sobre el Tratado Constitucional de la Unión Europea, ocurrido en España el domingo 20 de Febrero, cabe sacar algunas conclusiones que pudieran resultar provechosas para comprender mejor la trascendencia de este plebiscito.
En primer lugar, hablaré del resultado. El apoyo de los electores al Tratado Constitucional es incontestable: un 76,73 por ciento se ha decantado por el SÍ, frente a un 17,24 por ciento que ha expresado la opinión contraria. De los cuatro referendos habidos hasta la fecha, durante el reinado de Juan Carlos I, el de la OTAN, en 1986, registró el SÍ más ajustado (53,09%), y el NO, el voto en blanco y el voto nulo más abultados (40,30%, 6,61% y 1,11%, respectivamente).
La segunda conclusión importante es la que se deriva de la gran abstención, que fue del 57,68 por ciento. De los 33,5 millones de españoles registrados en el censo, sólo acudió a las urnas el 42,32 por ciento, es decir, menos de la mitad del electorado. Se trata de la mayor abstención ocurrida en este periodo histórico; le sigue el plebiscito europeo de mayo de 2004, cuya participación electoral fue el 45,14 por ciento, con casi dos millones más de votantes que el que nos ocupa. Pero lo más desconcertante de esta ocasión es que para muchos ha sido todo un éxito; casi todo el mundo coincide, pero por diferentes motivos, en que ha sido un buen resultado; como dijo el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, con su cada vez más habitual rictus de cinismo, "Hoy nadie ha perdido". Pues nada, “buen talante y pá delante.” Porque está visto, que en el arte de cuadrar los números según convenga, en este país abundan los virtuosos. Pero digan lo que digan unos y otros, conviene hacer algún ejercicio crítico y no ser tan autocomplaciente: el resultado electoral es mediocre, muy mediocre; el resultado no está a la altura, ni de lejos, de la trascendencia con que nos han vendido este referendo.
Aquello de que la ciencia matemática es una ciencia exacta, es totalmente incierto, como bien saben los matemáticos. Con los números se puede hacer casi cualquier cosa para obtener resultados apetecidos. Pero aplicando lisa y llanamente el sentido común, cabe colegir que un referendo tan decisivo como el del 20-F, ha cosechado unos guarismos muy mediocres: de algo más de 33,5 millones de electores, han votado únicamente 14,2 millones, el 42,32%. ¿Y por qué más de la mitad se quedó tranquilamente en su casa? Esta pregunta merece una respuesta verosímil, y sinceramente pienso que el principal motivo fue que ese 57,68% de ciudadanos que se abstuvieron carecían de motivaciones -por desconocimiento o por falta de interés- para ejercer su derecho al voto.
También llama la atención, que si bien el 76,73% -de los 14,20 millones de ciudadanos que votaron- refrendaron con el Sí el Tratado Constitucional, este porcentaje representa el 32% de todo el cuerpo electoral, es decir, sólo uno de cada tres electores respaldó el Tratado. No creo que sea una cifra arrolladora, a la altura de tan histórico día.
Por el contrario, si sumamos el 57,68% de abstención, con el de los que votaron NO (17,24%, lo que es lo mismo que el 7,2% el cuerpo electoral), con el voto en blanco (6,03% de los votos, equivalente al 2,5% del cuerpo electoral) y con los votos nulos (0,86% de los votos, equivalente al 0,36% del censo), nos encontramos con que el 68 por ciento de los electores españoles no han respaldado el Tratado Constitucional.
Como se puede comprobar, las cifras son susceptibles de manejarse a conveniencia, pero si lo hacemos desde la perspectiva del interés colectivo, concluiremos que los resultados del referendo son mediocres, muy por debajo de las expectativas que se había fijado el Gobierno, que ha sido quien lo convocó.
Por tanto, la única responsabilidad ante la sociedad española y ante el conjunto de países de la Unión Europea sobre el plebiscito del 20-F es del Gobierno que preside José Luis Rodríguez Zapatero. Él decidió hacer de España la primera nación de las 25 de la UE en refrendar el Tratado de Constitución. Él se sabe, en conciencia, presidente por accidente, y deseaba que el próximo 11-M, primer aniversario de los atentados terroristas que provocaron el vuelco electoral que le dio la victoria tres días más tarde, se viera rubricado por un referendo ejemplar y rotundo (por encima del 50% de participación y un SÍ aplastante que rondase el 80 por ciento) que legitimara su liderazgo social y su gestión al frente del Ejecutivo. Pero a ZP su estrategia, mal calculada y apresurada, le ha salido mal. En última instancia, ZP ha salvado los muebles, ya que la participación ha estado por encima del cuarenta por ciento, que era su suelo mínimo exigible. Pero con los números en la mano, el resultado ha sido muy mediocre, a la altura de su Gobierno.
Prueba de esa mediocridad es la vileza con la que se descolgaron algunos preclaros dirigentes socialistas la misma noche electoral, para desviar responsabilidades hacia el Partido Popular, que ha sido, sin lugar a dudas, quien le ha salvado la cara en esta insolvente aventura. El propio secretario de organización del PSOE, José Blanco, se permitió la desvergüenza de decir que “en el voto del NO se encuentra el sector de la derecha radical del PP”; es más, llegó a señalar que en los distritos de Salamanca, Chamartín, Chamberí o Retiro, donde el PP arrasó en las generales, el voto contrario ha superado en 10 puntos a la media de la Comunidad de Madrid; y para subrayar su mezquindad destacó a la urbanización La Moraleja, con un 37 por ciento de papeletas negativas, como el ejemplo de la extrema derecha radical. También Rafael Simancas y Alfredo Pérez Rubalcaba insistieron en estos argumentos contra el PP. Son las viejas tácticas de la confrontación, de la división, de las dos españas. Que se pregunten los líderes del PSOE dónde se han metido los once millones y pico de votantes socialistas que les auparon al poder el 14-M. En siete de las nueve comunidades autónomas gobernadas por el PP el SÍ ha sido de los más numerosos de España; y pueden ir tomando nota de dónde el NO ha superado el 30 por ciento. Eso sí, ni una palabra de recriminación contra ERC ni contra IU, sus principales apoyos parlamentarios y que, sin embargo, han sido los principales adalides del NO.
Este es un nuevo mojón de los que en estos diez meses de gobierno socialista está plantando el inefable ZP. En Europa se han llevado un susto de muerte: por una parte, en las instituciones y alguno gobiernos se han visto obligados a loar el triunfo del SÍ en España; pero la baja participación ha puesto los pelos como escarpias a más de uno, que ya hace cálculos de lo que puede pasar en su país (Gran Bretaña, Francia o Dinamarca), donde el euroescepticismo se ha incrementado con el actual Tratado Constitucional.