Hace un año por estas fechas los españoles vivíamos inmersos en una campaña electoral para elegir, como cada cuatro años, a nuestros representantes del poder legislativo. Los partidos políticos, como es su natural, jugaban sus bazas dialécticas (repletas de intencionada retórica) para llevar cada cual el agua a su molino. Nada nuevo bajo el sol. Al final serían los ciudadanos, verdaderos depositarios de la soberanía nacional, los que tendrían que decir su última palabra.
He aquí que un monstruoso suceso vino a subvertir la libertad en calma que se vivía en aquellos días. El 11 de Marzo amaneció Madrid sobresaltada por una tormenta de sangre y fuego. El odio ciego del fanatismo vivió su media hora de gloria sembrando el terror en varios trenes repletos de vida; era una mañana, como tantas otras, en que aquellas longas máquinas se deslizaban tediosamente hacia la capital de España para depositar en sus entrañas a unos cuantos miles de seres humanos decididos a cumplir con el compromiso de sus sueños. De repente, Armagedón descargó su brazo criminal y todo se volvió horror: entre hierros retorcidos y chamuscados más de dos mil personas yacían desparramadas y cubiertas de un único manto de dolor. Nada se pudo hacer sino auxiliar a los maltratados por la perversión del fanatismo. El mal estaba hecho y la desolación se hizo insoportable.
De lo que vivió y experimentó el pueblo español en aquellos días mucho se ha hablado y escrito, aunque no sé si se ha dicho todo -estoy convencido que todavía queda mucho por saber-. En cualquier caso, es triste y lamentable que, una año después de aquel trágico jueves 11 de Marzo, los españoles asistamos a esta primera conmemoración envueltos de una mezquina niebla política y mediática. ¿Qué queda de aquella jornada del viernes 12 en que todo un pueblo se echó unido a la calle a presentar testimonio de su agravio? Ya no queda de aquello sino un frío viento de soledad y desconfianza. En cambio los políticos, los que sacaron provecho de tanto dolor como los que no, han multiplicado sus desacuerdos y enfrentamientos, convirtiendo nuestra convivencia en más frágil.
La perplejidad nos atenaza todavía a algunos. Es difícil asimilar tanta estupidez. Ni siquiera el epitafio con los nombres de dos centenares de víctimas mortales de aquel holocausto, ha servido para mantenernos con las manos estrechadas algo más de veinticuatro horas. El sino de España se sigue perpetuando por culpa del maldito cainísmo. Y lo peor de todo es que ya no son dos hermanos los que pelean: cada día que pasa se acrecientan las voces de los que ni siquiera se consideran hermanos.