viernes, 11 de marzo de 2005
Una de las grandes preguntas todavía sin respuesta clara es por qué fue elegida España por el terrorismo fundamentalista islámico para causar el 11-M. No creo, sinceramente, que existiera un único motivo. Todo indica que existía un conjunto de razones que hicieron posible aquella horrible tragedia: la enorme concentración de marroquíes en nuestro país, dada la proximidad geográfica con Marruecos, lo que facilitó la presencia de fundamentalistas islámicos; el hecho de que Al-Andalus perviva en el imaginario islámico como un sentimiento de frustración histórica; el que España esté fuertemente comprometida con el modelo occidental de vida, tanto en lo político como en lo económico; el alineamiento del gobierno de José María Aznar con la política exterior norteamericana del presidente Bush; y la propia actitud de intransigencia del presidente Aznar con las reivindiaciones del gobierno de Marruecos, tanto en el contencioso del Sáhara como en sus reivindicaciones territoriales españolas.

Cómo se pueden comprobar razones todas ellas suficientes, aunque no necesarias, para que España se convirtiera desde hace años en un objetivo del terrorismo fundamentalista. En el otro lado de la balanza, muchos podrán dudar de estos argumentos teniendo en cuenta el tradicional prestigio de España en el mundo musulmán, dada la excelente sensibilidad de nuestros gobernantes tanto hacia la causa palestina como hacia el mundo árabe, en general; sensibilidad que tiene su origen en los primeros gobiernos del franquismo. Sin embargo, no conviene perder de vista el hecho dramático acaecido en Casablanca en 2001, cuando la Casa de España sufrió un atentado terrorista que costó la vida a varios españoles y marroquíes.

Las cosas han cambiado muy rápidamente en los últimos años. El integrismo islámico lleva más de una década dando muestras de un radicalismo rabioso y fanático (el caso de Argelia es una prueba palpable por su proximidad). Es obvio que no todo el islamismo es igual: la gran mayoría de musulmanes entienden la vida con sencillez y humildad, trabajando y tratando de prosperar en un clima sosegado de apego a sus creencias y tradiciones. Pero como es frecuente en tantas religiones, un tronco de la gran familia musulmana se ha separado al amparo de una interpretación radical (wahadismo o salafismo) del mensaje del Profeta. ¿Y por qué esta interpretación radical? Sencillamente porque en el mundo actual existe una enorme desincronización entra la sociedad occidental (de raíz y moral cristiana), mucho más avanzada económica, tecnológica y socialmente que la sociedad musulmana, donde los países que más han progresado lo han hecho gracias a los petrodólares, aunque, en cambio, su concepción moral, ética y social ha evolucionado menos.

Esta desincronía de sociedades con fuertes ascendencias religiosas (cristiana, judía y musulmana) ha llevado a una minoría del mundo islámico a considerar al occidentalismo como amenaza satánica que pone en peligro su legado de creencias. Naturalmente, cuando se produce una escisión doctrinal de este tipo es porque cuentan con líderes carismáticos o iluminados, con habilidad retórica para atraer a la nueva causa a elementos indoctrinados y fáciles de manejar, a todo tipo de individuos traspasados por frustraciones personales o fascinados por la aventura mesiánica.

Con este escenario de causas y orígenes, más los argumentos inicialmente expuestos, no es difícil colegir que España (entre los muchos países posibles) reunía una serie de condiciones objetivas que la convirtieron en diana del fanatismo asesino islamista. Por eso es desalentador comprobar como los atentados del 11-M todavía son motivo, en nuestro país, de reproche de unos políticos contra otros; inclusive para muchos ciudadanos aquella horripilante masacre tiene su justificación en decisiones políticas del gobernante de turno.

Para que los españoles seamos capaces de superar la tragedía y sus secuelas del 11-M, es necesario que nos convenzamos de cuatro cosas. Primero, de que los atentados ocurrieron porque fue posible. Segundo, que España reunía demasiadas circunstancias para que el terrorismo integrista se fijara en ella. Tercero, que nada ni nadie fue capaz de impedirlo, Y cuarto, que todos los españoles, todos, sin excepción alguna, somos inocentes de aquella tragedia.

A partir de estas premisas es posible, y necesario, que hagamos el ejercicio crítico que nos permita obtener conclusiones que sean eficaces para el futuro. Desde luego, para mí, la primera nace de un reproche, y es que ya que los Servicios de Inteligencia y las Fuerzas de Seguridad del Estado no supieron detectar la actividad de los terroristas durante varios años, a partir del 11-M se hayan instrumentado las medidas necearias para prevenir la actividad del fundamentalismo islámico. Otra conclusión es que, al margen de quién gobierne, no ha desaparecido el peligro y España continúa siendo un objetivo del fanatismo terrorista islámico. Y, por último, convencernos de que el pueblo español atesora un espíritu de solidaridad y fraternidad verdaderamente ejemplar, como se pudo comprobar en aquella jornada fatídica y en la siguiente, cuando se echó a la calle para exhalar su grito de dolor y compasión por las víctimas de la tragedia.

Lo demás, todo lo relacionado con los efectos políticos que el 11-M ejerció sobre la jornada electoral del día 14 es, esencialmente, secundario. No hay que olvidar que España entera quedó conmocionada por el horror que se vivió aquel jueves en Madrid. Esta es una razón más que suficiente para justificar el resultado de los comicios del domingo; en cualquier caso, la soberanía popular es inapelable. Otras cosas son las veleidades políticas de unos u otros en las horas que transcurrieron entre el 11 y el 14 de marzo. Allá cada cual con su conciencia. A estas alturas ni el propio José Luis Rodríguez Zapatero abriga la menor duda de que es un presidente de circunstancias.

Publicado por torresgalera @ 14:02  | Pensamientos
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Publicado por Invitado
viernes, 11 de marzo de 2005 | 19:37
¿y por qué no?
Publicado por Invitado
martes, 15 de marzo de 2005 | 10:41
Ciertamente España reunía (tal vez lo haga todavía) muchas razones para ser un objetivo del terrorismo fundamentalista islámico. Pero hay otras preguntas que tambien necesitan una respuesta verdadera y rotunda.