Tarde lluviosa en Roma. Declinaba este turbio sábado 2 de abril ausente de alegría. El aire frío de la incipiente primavera entristecía aún más los corazones afligidos por la inminencia de un designio inapelable. De pronto estalló un silencio seco, cavernoso, estremecedor... Las manillas del reloj oficial marcaban las nueve y treinta y siete: el designio se había cumplido. En la plaza de San Pedro el tiempo quedó suspendido; diez minutos más tarde ese silencio de muerte había llegado a todos los rincones del planeta. La Humanidad se quedaba huérfana; ningún otro Santo Padre como Juan Pablo II ha amado a todos y a tantos hijos como él los ha amado; con ninguno hizo excepción, y su indulgencia la derramó con tanta generosidad como la escatimó consigo mismo.
La muerte del Papa Juan Pablo II significa, entre otras muchas cosas, la desaparición del último gran líder mundial del siglo XX. Un líder poliédrico que ha desarrollado una gigantesca labor como máximo dirigente espiritual del catolicismo, la religión de mayor difusión del planeta, con 1.200 millones de fieles. Ha sido una tarea que ha abarcado muchos frentes: en el teológico ha renovado la vigencia de la tradición del dogma; en lo evangélico ha sido un predicador incansable, habiendo llegado a hablar directamente con más de cincuenta millones de personas, y a través de la radio y la televisión a miles de millones; también ha sido un gran renovador de la fe en Jesucristo y del culto mariano; no menos grandiosa ha sido su defensa a ultranza de la dignidad humana y de los derechos del hombre; la búsqueda de la paz ha sido otra de sus obsesiones, anteponiendo el derecho a la vida como el bien más esencial. Los pobres, los enfermos, los oprimidos, los cautivos, todos ellos han estado en el epicentro de sus plegarias; les ha exhortado y les ha consolado; ha clamado por sus derechos como seres humanos; ha invocado a los detentadores del poder y del dinero y les ha reconvenido para que corrijan sus extravíos. El Papa Wojtyla ha buscado a los jóvenes y les ha entusiasmado. Ha alentado y consolado a los afligidos. Y también ha recriminado a los soberbios.
Si; del Papa Juan Pablo II se puede hablar hasta la extenuación. Su dimensión como dirigente mundial y como pastor de almas ha sido inconmensurable. Su lugar en la Historia nadie la puede poner en duda, pero todavía nos queda mucho por entender y asimilar de su vida y obra. Por eso la perplejidad me sobrecoge cada vez que escucho o leo a opinadores profesionales y a políticos significados que el pontificado de Juan Pablo II ha sido «progresista en lo social y conservador en lo moral». Palabras expresadas con una gratuidad intelectual verdaderamente asombrosas, provenientes de individuos que se tienen como ejemplo de demócratas y progresistas. Ni el menor asomo de rubor dejan traslucir tras sus afirmaciones vacuas e irresponsables. Su ignorancia proverbial y su cinismo indecente les permite formular reduccionismos tan vergonzosos, que sólo el raquitismo intelectual es capaz de permitirse. Es una consecuencia directa de la incapacidad para superar los estereotipos ideológicos, y para enunciar cualquier pensamiento trascendental para el hombre.
¿Cómo se puede criticar desde el ateismo marxista la doctrina moral de una creencia religiosa que está sustentada en principios inmutables? Esto es lo que han hecho algunos de nuestros preclaros políticos de Izquierda Unida y algunos de los opinadores de pesebre nada más conocerse el fallecimiento de Juan Pablo II. Sólo la temeridad del analfabeto funcional o el rencor hacia el pensamiento elevado y trascendente es capaz de enjuiciar lo que se desconoce o se cree conocer.
Creo, sinceramente, que a nada que hagamos un esfuerzo, aunque no compartamos esta manera de entender la existencia, podemos comprender que el cristianismo está fundamentado en unos dogmas de fe que encierran (para los católicos) la verdad incuestionable de la existencia de Dios y de su obra creadora. Por lo tanto, lo que para ellos era una verdad inmutable hace dos mil años, lo sigue siendo ahora y lo seguirá siendo dentro de otros dos mil. Si la verdad es única e inamovible, porque emana de Dios, no ha de extrañarnos que los sucesores de Pedro -a quien Jesús de Nazaret entregó las llaves del Reino y a quien encomendó la construcción y la administración de la Iglesia-, defiendan a capa y espada, aun con riesgo de sus vidas, la pureza del mensaje redentor. Esta es una realidad que choca frontalmente con el posibilismo político, con el juego de intereses que convierte a la lucha por el poder en un ejercicio permanente de oportunismo, de cambalache y de rectificación.
Juan Pablo II no ha dado una de cal y otra de arena; no ha sido -como se dice con frecuencia en estos días de agonía y muerte- un ejemplo de contradicción. Estaremos de acuerdo con él o no, pero la coherencia del Papa polaco ha sido uno de sus valores más destacables. A los defensores a ultranza del materialismo histórico o existencial -se llamen marxistas, socialistas, liberales o capitalistas-, les ha descolocado e irritado profundamente que Juan Pablo II haya concitado tanto entusiasmo en los tiempos actuales con su mensaje apostólico. El laicismo está de moda porque el materialismo racionalista se ha entregado ciegamente, en cuerpo y alma, a los brazos del cientificismo tecnológico; y no alcanzan a comprender que la mayoría de los científicos cada día están más convencidos de que las leyes y fenómenos del Universo no se pueden entender por sí solos, sino que únicamente se pueden intuir (estas leyes) aceptando la existencia de una inteligencia superior que ha hecho posible el Universo con un fin determinado.
Caer en el maniqueísmo de que, por un lado, el Papa condenaba la guerra y, por otro, reprobaba el aborto, es de una zafiedad asombrosa. Juan Pablo II en los dos casos, y en otros muchos, como la eutanasia, no se contradecía sino que se reafirmaba en lo mismo: en la defensa a ultranza del derecho a la vida. Es cierto que a veces cuesta comprender cuestiones como el rechazo al control de la natalidad por medios artificiales, cuando el uso del preservativo podría evitar miles de muertes por contagio del SIDA; también muchos católicos no creen hoy día en la resurrección de la carne ni en la existencia del infierno, pero ello no obsta para que se cuestione el meollo central del mensaje de Jesucristo. Por lo mismo, es obvio para quien quiera reflexionar seriamente, que la raíz del problema del contagio del SIDA está en la promiscuidad, algo que desde antiguo la Iglesia entiende como pecado capital, no porque represente un simple desorden moral sino porque la promiscuidad atenta contra la dignidad de uno mismo y atenta contra la dignidad de tus semejantes.
No nos equivoquemos. El Papa Juan Pablo II ha sido siempre fiel a sí mismo; su congruencia es fruto de una sensibilidad fraguada en el estudio, la reflexión y la entrega a un proyecto de vida superior. No obstante, Karol Wojtyla ha sido un ser humano como los demás. Seguro que su vida puede encerrar algunas sombras, posiblemente menos de las que muchos desearían. Este polaco que un día sintió la llamada de Dios y que terminó dirigiendo los designios de la Iglesia Católica, creció como hombre -como tantos otros de su generación- en las pruebas más dolorosas que puedan imaginarse: conoció los estragos de la muerte en su propia familia desde que era un niño; descubrió el horror de la guerra, de la tiranía, del desprecio al hombre, del odio...; fue perseguido, perdió a muchos amigos en el exterminio nazi; siguió la luz de Cristo entre las tinieblas de la clandestinidad por el terrorismo de Estado comunista; trabajó de picapedrero y estuvo a las puertas de la muerte varias veces. ¿Quién puede decir, con honestidad, que este Papa ha sido un reaccionario en lo moral cuando ha dedicado su vida a amar a Dios sobre todas las cosas y al hombre como a sí mismo?
El Papa Juan Pablo II ha pretendido hacer del amor el testimonio vivo de Dios. Creo sinceramente que lo ha conseguido en muchas ocasiones. Naturalmente que su mensaje y su labor no se pueden medir con la misma vara que se mide y cuantifica la acción política. La trascendencia de su misión sobrepasa y abruma a un buen número de intelectuales apoltronados en las corrientes al uso. Pero no nos equivoquemos, son ellos y nosotros los que vivimos instalados en la incongruencia de una vida fácil y hedonista, que finalmente nos hace infelices y desesperados. El mensaje de Cristo que Juan Pablo II ha renovado y tratado de ejemplificar con su propia vida, está muy por encima de ninguna otra ideología pretendidamente liberadora del hombre, nos guste o no nos guste. Por eso censuró la llamada Teología de la Liberación. Porque los responsables de predicar el Nuevo Testamento no necesitan complicidades con el comunismo marxista para llevar la esperanza al ser humano ni para reivindicar la dignidad del oprimido. El mensaje de Jesús de Nazaret hizo del amor el único arma que puede liberar al hombre. Y Juan Pablo II se esforzó hasta la extenuación en divulgarlo. Descanse en paz.
Esta es la bitácora de Miguel Torres Galera. Un espacio para la reflexión y el debate, donde expresar opiniones sobre los hechos, sin prejuicios y sin dogmas; un lugar donde las ideas se abren paso entre las ideologías.