Con frecuencia los humanos tendemos a confundirlo todo, a mezclar conceptos e ideas, y a utilizar incorrectamente el lenguaje porque en realidad desconocemos el significado de muchos de sus signos. Así pues, hablamos de libertad y de moral como si fueran conceptos radicalmente diferentes. Entendemos que en el ejercicio de nuestra libertad adoptamos la moral que más nos conviene, es decir, acomodamos nuestra conducta y los valores que conlleva a nuestra necesidad circunstancial. Y en realidad lo que estamos haciendo es pervirtiéndolo todo, porque la confusión ha invadido nuestras mentes y hemos sustentado nuestra existencia sobre el falso mito de que nuestra libertad legitima cualquier clase de moral, por muy relativa que ésta sea.
Es preciso, por tanto, poner un poco de orden en nuestras ideas. En primer lugar, hay que señalar que es cierto que no puede existir moral sin libertad, puesto que ésta nace o se forja en dos espacios bien diferenciados: el espacio interior de cada ser humano, al que llamamos libre albedrío; y otro espacio exterior, el ambiental, al que llamamos espacio social o histórico. De manera que si en alguno de estos espacios se produce alguna restricción a la libertad (minusvalía psíquica o avasallamiento a las libertades sociales por la imposición de alguna forma de totalitarismo), la moral se verá restringida a normas de conducta restrictivas.
Como es sabido, la moral trata sobre los deberes y derechos del hombre que se pueden descubrir en la ley natural. Además, la moral no puede ser arbitraria, sino que exige del discernimiento del hombre de lo que es bueno y lo que es malo. Este discernimiento, nacido de la libertad interior y de la libertad social, tiene en la ética la ciencia que estudia su origen y su desarrollo.
Ética es un vocablo que tiene su raíz en el griego ethos, que significa "costumbre fija". La Ética es la ciencia de la conducta humana que, basada en la razón natural, ordena los pensamientos y los actos hacia el bien, tanto personal como hacia la sociedad. Es la parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre; es, además, una ciencia normativa porque determina los principios del bien y del mal en el comportamiento humano. Y es también una ciencia práctica, porque no se limita a la especulación sino que es necesaria para decidir lo qué es bueno y malo en actos humanos específicos. Queda claro, pues, que el sujeto de investigación para la ética es la conducta humana. La ética también se llama "filosofía moral". Su propósito es estudiar los hechos de la experiencia humana para evaluar y distinguir lo que es bueno y lo que es malo. Se diferencia de la "teología moral" en que la primera se limita a la razón, mientras que la segunda utiliza además la revelación.
El bien y el mal
Sentado ya el principio de que la moral determina que la conducta humana esté dirigida hacia la búsqueda del bien, conviene ahora distinguir entre las diferentes categorías de bien. La filosofía moral aristotélico-tomista, firmemente asentada en la teología moral, tiene como premisa principal la verdad revelada por Dios; también se sustenta sobre los principios de la libertad de la voluntad humana y de la fe en la inmortalidad del alma. Implícita en estas premisas está la idea de que una buena acción moral es la que se ejecuta con libertad y en conformidad con la idea y la voluntad de Dios. Un acto es bueno cuando el que lo ejecuta se identifica con la bondad del fin mismo; imprime dignidad a la finalidad del acto. Es el llamado bien honesto, porque tanto los medios como el fin del acto están pensados y dirigidos a cumplir con el mensaje divino. Es, por tanto, una moral comprometida con el bien por encima de todo, incluso de nosotros mismos, aunque con una conciencia tan liberada y firme que permite la propia satisfacción. Además, conviene destacar que la Ética moral aristotélica vincula inexorablemente la libertad con la verdad, por lo que la conducta humana desarrollada en este caldo de cultivo favorece de forma extraordinaria la moral del bien honesto.
Con la aparición del racionalismo cartesiano y, posteriormente, con las Ilustración, los pensadores y filósofos comenzaron a prescindir de la idea de Dios y la Providencia como ejes centrales de la Ética. El racionalismo situó al hombre como centro del universo y de su destino: la conducta humana se fundamenta sobre la consecución del bien útil y del bien placentero. A partir del siglo XVIII el pensamiento occidental se despoja de la Ética tomista, despreciando la moral del mal, y evolucionando por la senda exclusiva de la razón, cuyo único objetivo es el engrandecimiento del hombre como criatura superior en la escala natural. Razón y ciencia caminan juntas a partir de entonces, y la moral ha hecho del bien útil su objetivo esencial: la acción humana está dirigida a producir utilidad y placer en los hombres; los medios se adecuan a los fines y los fines a los medios; el compromiso se acomoda a los intereses de cada momento, y la razón se corresponde con el deseo utilitarista y placentero de nuestras necesidades.
Moral utilitarista
En este escenario de moral utilitarista se han forjado en los dos últimos siglos las grandes ideologías políticas que han preconizado la liberación del hombre de la tiranía, del despotismo, la injusticia, el analfabetismo y la miseria. Han sido corrientes de pensamiento que -por carecer de la conceptualización providencial- han terminado, en algunos casos, derivando hacia ideologías totalitarias. La historia del siglo XX nos ha dejado un execrable testimonio de sus consecuencias.
Desgraciadamente, no es suficiente la experiencia tan negativa de la moral utilitarista llevada a sus máximas perversiones. La sociedad actual vive en sus carnes los efectos perniciosos del relativismo moral. El rechazo y el abandono de la ética en las escuelas y en la familia es la consecuencia del grave deterioro que sufren buena parte de nuestras relaciones humanas. La moral del mal, en contraposición con el bien, ha desaparecido. Todo el mundo se refugia en sus propias normas de conducta, tanto individuos, como grupos sociales o como partidos políticos. Por eso no hay consenso social ni político para dotar al sistema educativo de una enseñanza de la Ética moral; no hay consenso porque existe una enorme disparidad de concepciones de lo que debería ser la conducta humana, y lo que debería ser el bien moral que guiase nuestros actos.
El peligro de la situación actual consiste en que, en el uso de la libertad, se pretende prescindir de la dimensión ética, de la consideración del bien y del mal moral. Ciertos modos de entender la libertad, que hoy tienen gran eco en la opinión pública, distraen la atención del hombre sobre la responsabilidad ética. Hoy se hace únicamente hincapié en la libertad. Se dice que lo importante es ser libre; serlo del todo, sin frenos ni ataduras, obrando según los propios juicios que, en realidad, son frecuentemente simples caprichos. Ciertamente, una tal forma de liberalismo merece el calificativo de simplista. En cualquier caso, su influjo es potencialmente devastador.
La libertad es una propiedad de la voluntad que se realiza por medio de la verdad. Al hombre se le da como tarea que cumplir. No existe libertad sin la verdad racional. La libertad es una categoría ética. El bien que tiene ante sí la libertad humana para cumplirlo es precisamente el bien de la virtud.
Continuamente se manifiestan signos de una civilización que, aunque no sea atea por sistema, es ciertamente positivista y agnóstica, puesto que se inspira en el principio de que se debe pensar y actuar como si Dios no existiera. Este planteamiento se aprecia fácilmente en la llamada mentalidad científica, o más bien cientificista, pero también en la literatura y, sobre todo, en los medios de comunicación de masas. Y vivir como si Dios no existiera, significa colocarse fuera de las coordenadas del bien y del mal, es decir, fuera del contexto de los valores, de los cuales Él mismo, Dios, es la fuente. Se pretende que sea el hombre mismo el que decida sobre lo que es bueno o malo. Y ese programa se sugiere y divulga de muchos modos y desde diversos sectores.
Considerar que el hombre se basta a sí mismo es un acto de soberbia que atenta contra Dios, contra la finalidad del hombre y contra nosotros mismos. Las consecuencias de este acto están siendo tan devastadoras como se puede comprobar, día a día, a nada que miramos a nuestro alrededor y en nosotros mismos. La insatisfacción, la frustración y el desasosiego son moneda corriente en las sociedades más desarrolladas. Luchamos diariamente por conquistar nuevos espacios de libertad y por mejorar nuestras condiciones de vida, pero no por ello nos sentimos más felices. Nuestro peor y principal enemigo lo tenemos dentro de nosotros y no lo percibimos. Vivimos buscando permanentemente responsables a nuestros males y somos incapaces de tener la humildad de reconocer nuestros errores. Y, sin embargo, la solución está en nuestras manos a nada que hablemos a nuestro corazón.