Mucho se habla, se discute y se critica, desde innumerables rincones y desde múltiples puntos de vista, sobre la deriva política hacia donde el nacionalismo -sobre todo el vasco y el catalán- está llevando al conjunto de la nación española. En verdad, yo no sé en qué va a quedar todo esto; imagino que tendrá un fin, o quizá no. Alguien -diría que bastantes- tendrán, más tarde o más temprano, que rendir cuentas, si no a sus coetáneos si al menos ante la historia.
Es sabido que, mediante la razón, el hombre puede desarrollar casi cualquier teoría o entelequia (finalidad última del ser, en sentido platónico); pero no es menos cierto, que con esa misma razón, se puede fácilmente esgrimir la teoría contraria, al margen de las cualidades éticas de un razonamiento o de su contrario. Con esto pretendo denunciar que no vale esgrimir argumentos pergeñados de sentimentalismos históricos, de agravios pretéritos, de derechos consuetudinarios suprimidos, para demostrar que se tiene razón; secillamente, porque los receptores de esos argumentos pueden esgrimir otros perfectamente plausibles para rebatirlos.
El devenir de los pueblos deja muchos cadáveres en el camino. El acervo histórico es la quintaesencia de ese devenir, y debe ser soportable: un pueblo fue lo que fue, y ahora es lo que es; no hay marcha atrás ni rectificaciones; de nada valen la ensoñación nostálgica ni la idealización de un imaginario perturbador. El futuro se forja sobre los cimientos de la voluntad para superar el día a día, de la confianza en los valores propios y en la vocación de compartir esfuerzos y resultados con tus semejantes. Lo demás son pamplinas, típicas de advenedizos que jamás destacarían trabajando en su propio oficio, pero con la temeridad suficiente para liderar sofismas ideológicos. Se trata de individuos de escasa envergadura moral, tramposos hasta el desideratum, capaces de instigar con mentiras o medias verdades la conciencia de sus conciudadanos; en definitiva, de soliviantar con falsos agravios y redentoras promesas las mentes perturbadas por la ansiedad o la frustración.
El enfrentamiento dialéctico que se ha instalado en nuestros días entre los españoles es un invento artificioso instigado por algunos ambiciosos de poder y notoriedad. No dudan en rebasar los límites de la convivencia, ni en hacer de su necesidad virtud. De nada les vale que una aplastante mayoría de españoles se pusiera de acuerdo, en 1978, en la manera de concertar su marco de convivencia. Ellos, entonces, no eran nada o casi nada. Ahora creen llegado el momento de dar un paso al frente. Sus quimeras han echado raíces -así lo piensan- y están dispuestos a librar su primera gran batalla. Y lo peor es que están recibiendo ayuda de quienes les necesitan para mantenerse en la poltrona.
Así las cosas, no cabe más remedio que mantenernos expectantes ante lo que suceda. En 2008, si nada se tuerce, los españoles podrán de nuevo decidir en las urnas a quiénes otorgan su confianza. Mientras tanto, las instituciones del Estado tienen sus responsabilidades. Y no se olvide, el Estado somos todos: gobierno central, Cortes Generales, Administración de Justicia, Fuerzas de Seguridad, gobiernos autonómicos, parlamentos autonómicos y ayuntamientos. Esto no va de unos contra otros. Todos somos iguales y, por tanto, todos decidimos. Porque debe quedar claro, España es hoy lo que es porque en su devenir las cosas ocurrieron de una manera y no de otra. Hubo reinos diferentes. Hubo coyunturas históricas en las que unos colaboraron con otros; también hubo enfrentamientos, disensiones, pactos y acuerdos. Hubo guerras civiles, con sus respectivos ganadores y perdedores; la tragedia siempre habitó entre nosotros. En cambio, el perdón es más escaso. Por eso pienso que la actual España, o sigue siendo España o no será nada.