lunes, 06 de junio de 2005
Qué se puede llegar a hacer por amor. Sinceramente creo que casi todo: desde dar lo mejor de uno mismo a renunciar a lo más valioso. Conceptuar el amor es un ejercicio muy difícil porque con suma facilidad se suele caer en lugares comunes o en una ramplona vulgaridad. Por ello, invito a que comencemos por ponderar del amor lo que tiene de reconocimiento por el ser amado, así como el sentimiento que impele a darnos a él sin reserva.

Amar supone reconocimiento de virtudes extraordinarias en el amado, sean o no objetivas. Esas virtudes o cualidades son las que ejercen una fascinación incondicional en el amante. No obstante, al amor hay que arroparle con algunas cualidades igualmente nobles y necesarias, que le protejan y resalten: respeto, ecuanimidad y desprendimiento. El respeto nace de la conciencia que se tiene sobre la legitimidad del amado (es como es y así hay que aceptarlo). La ecuanimidad es la sustancia sensitiva y emocional que mantiene el equilibrio entre lo que más agrada del amado y lo que no gusta tanto. En cuanto al desprendimiento, es la prueba del nueve en el amor, ya que de su ejercicio sabremos si somos capaces de comprobar si el amor que sentimos es puro o egoísta; es decir, si ponemos precio a nuestro amor.

Cuando hablo del amor lo estoy haciendo sin tapujos, refiriéndome al más sublime sentimiento del ser humano. Hay quienes sostienen que existen distintos tipos de amor. Yo opino que el hecho de amar es único, aunque se pueda proyectar de distintas formas, según sea el destinatario de ese amor. No se manifiesta el amor de igual manera en una madre, que en un hermano o en un amigo; tampoco es semejante la forma en que amamos a nuestro perro o a los animales en general, que como lo hacemos con el arte plástico o la música. Pero, en definitiva, el amor por el ser humano es el acto de afirmación del individuo más hermoso y de mayor grandeza de cuantos puedan existir. Y tengo bien presente, que para un creyente el amor a Dios representa la sublimación del amor, pues constituye la esencia misma de la entrega del cuerpo y del espíritu a la idea más trascendental que el hombre puede alcanzar.

Dicho todo esto, deseo subrayar que cuando un ser humano ama no hay obstáculo que pueda impedirlo. Si de amores entre personas se trata, y estos se producen espontánea y cabalmente, nada de orden inferior debería quebrantar su fin. Por eso es tan importante que se den con plenitud, junto al amor en sí, esos otros sentimientos que abrigan, protegen y embellecen al amor y que he reseñado anteriormente.

Por tanto, no habría que sorprenderse -aunque sí es motivo de alegría- de que dos jóvenes se hayan enamorado y hayan decidido casarse. Es cosa natural. Sólo que como vivimos en una sociedad tan hipócrita y llena de prejuicios (por muy modernos y liberales que nos creamos), tan repleta de sectarismos, de intereses de clan, tan dogmática en muchos casos en la defensa de ideas y creencias, nos sorprende ingenuamente que dos jóvenes, que se dedican a la política por ideales y altruismo, que militan en partidos diferentes, se conozcan, se atraigan, se enamoren y se casen. En una sociedad avanzada, liberal y democrática, eso debería ser moneda corriente; es más, en el fondo creo que lo es, quizás sea, que en el mundo de la política es donde la intransigencia, el resentimiento y el sectarismo son más acusados.

Me reconforto una vez más con el ser humano cuando observo ejemplos hermosos nacidos en terrenos tan hostiles. Felicito a José María Lassalle y a Maritxell Batet por su amor. Uno es diputado del PP por Cantabria y la otra del PSC por Barcelona. Por qué habrían de ser incompatibles, más que un militar y una médico (o al revés) o un fontanero y una esteticien. Se supone que el amor ha surgido de la admiración entre ambos. No me cabe la menor duda que sus cualidades humanas han sido las determinantes de su fascinación. Y que para discutir de política no se embarcan en una aventura tan peligrosa. ¿Cuántas parejas conocemos que subsisten sobre diferencias notables? No olvidemos que para pelearse y armar la marimorena sólo hace falta tener ganas. ¿Se imaginan ustedes si cada español estuviera dispuesto a compartir con su prójimo algo de lo que tiene sin pedirle nada a cambio?

Amar no es sólo enamorarse de un chico o de una chica. Amar es aprender a aceptar a tus semejantes, a compartir, a dar sin recibir, a ayudar una y otra vez, a consolar y a transmitir alegría. Esta manera de relacionarse con los demás no necesita de autorización del partido. Se puede compaginar con ideas propias y diferentes sobre muchos asuntos, también sobre la política, claro está siempre y cuando uno de los dos no sea un energúmeno doctrinario. Pero me temo que José María y Maritxell todo esto lo tienen muy claro. Y por eso yo me alegro y les deseo mucha felicidad. Que cunda el ejemplo.


Publicado por torresgalera @ 19:03  | Pensamientos
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Comentarios
Publicado por Invitado
sábado, 11 de junio de 2005 | 11:20
Enhorabuena, es dificil expresar mejor el sentimiento del amor.
Solo se me ocurre, que además, el sentimiento del amor es inagotable y que la capacidad de amar crece con nosotros, nos enriquece y nos ayuda a comprender mejor las miserias del ser humano. Pero, también nos acomodamos en nuestra burbuja y desperdiciamos toda esa "capacidad de dar" ¡muchos nos necesitan! pero somos tan cobardes.
Mari
Publicado por Invitado
domingo, 12 de junio de 2005 | 13:14
Me siento totalmente identificado con la definición del amor que tan acertadamente plasmas en tu articulo.
Es dificil, en los tiempos que corren, encontrar a alguien cuya opinión conincida con esta idea. La mayoría opina que son viejas patrañas de ancestrales púlpitos. Dar y darse sin esperar nada a cambio no tiene ningún sentido en esta sociedad consumista en la que prima poseer mas bienes y mas dinero a costa de lo que sea y tener siempre abierto el capacho de recibir y cerrado a cal y canto el de dar.
Enhorabuena por tu artículo, a mi me ha llegado muy dentro, pues yo disfruto de ese amor desinteresado, lo tengo en casa.

Caroquin