Desgraciadamente, los problemas no concluyeron para Adolfo Suárez con las elecciones de marzo del 79. Aunque su partido, la Unión de Centro Democrático, UCD, volvió a obtener la victoria en las urnas (168 escaños, 3 más que en 1977), los demonios de la intriga, la ambición y los celos desencadenaron unas energías centrífugas en el interior de UCD que pusieron al presidente del gobierno al borde del precipicio. No hay que olvidar que la UCD comenzó siendo una gran coalición de partidos políticos de muy variado signo. Se trató de un mosaico formado por teselas ideológicas muy dispares, que iban desde la derecha hasta el centro izquierda, desde franquistas, pasando por variadas versiones democratacristianas y liberales hasta diferentes familias socialdemócratas. Todas aquellas siglas aglutinadas en torno a la UCD contaban además con un notable y numeroso elenco de personalidades relevantes que, en bastantes casos, no quisieron o no supieron asumir el papel de segundones. Fueron demasiados los que cuestionaron el liderazgo de Adolfo Suárez: unas veces por su limitada formación intelectual, otras por su capacidad de improvisación y otras por su manera personalista de tomar decisiones. Y a pesar de que en la segunda legislatura la UCD se trasformó de coalición en partido único, no por ello disminuyeron -más bien al contrario- los problemas internos.