miércoles, 15 de junio de 2005

Victoria de UCDDesgraciadamente, los problemas no concluyeron para Adolfo Suárez con las elecciones de marzo del 79. Aunque su partido, la Unión de Centro Democrático, UCD, volvió a obtener la victoria en las urnas (168 escaños, 3 más que en 1977), los demonios de la intriga, la ambición y los celos desencadenaron unas energías centrífugas en el interior de UCD que pusieron al presidente del gobierno al borde del precipicio. No hay que olvidar que la UCD comenzó siendo una gran coalición de partidos políticos de muy variado signo. Se trató de un mosaico formado por teselas ideológicas muy dispares, que iban desde la derecha hasta el centro izquierda, desde franquistas, pasando por variadas versiones democratacristianas y liberales hasta diferentes familias socialdemócratas. Todas aquellas siglas aglutinadas en torno a la UCD contaban además con un notable y numeroso elenco de personalidades relevantes que, en bastantes casos, no quisieron o no supieron asumir el papel de segundones. Fueron demasiados los que cuestionaron el liderazgo de Adolfo Suárez: unas veces por su limitada formación intelectual, otras por su capacidad de improvisación y otras por su manera personalista de tomar decisiones. Y a pesar de que en la segunda legislatura la UCD se trasformó de coalición en partido único, no por ello disminuyeron -más bien al contrario- los problemas internos.

Es importante destacar que la transición se llevó a cabo en medio de grandes peligros y graves amenazas: el franquismo recalcitrante acechaba rabioso e iracundo, alumbrando incluso un sanguinario terrorismo de extrema derecha que se cobró un buen puñado de vidas; por otra parte, y a pesar de la amnistía general de 1977, el terrorismo de ETA intensificó los asesinatos de miembros de las Fuerzas Armadas y de la Seguridad del Estado, así como los secuestros y las extorsiones; en este ambiente, el ruido de sables no cesaba en el seno de las Fuerzas Armadas. Y por si todo esto fuera poco, la crisis económica se convirtió en otro lastre en el proceso de democratización del Estado y de la sociedad. Afortunadamente, el presidente Suárez consiguió un gran acuerdo político que permitió una aceptable paz social. Fueron los "Pactos de la Moncloa", en los que se recogían unos acuerdos consensuados entre el Gobierno, partidos políticos, patronal y sindicatos sobre algunos de los más acuciantes problemas del sistema productivo español; se trataba de un compromiso para no desbordar la calle de conflictos, dándose cauce a la negociación e imponiéndose límites a las demandas de los agentes sociales.

En aquel estado de cosas, el Partido Socialista Obrero Español, que desde las primeras elecciones se había erigido en la gran alternativa de gobierno, emprendió una campaña de desgaste contra Suárez verdaderamente demoledora. Es cierto que tanto Felipe González como Alfonso Guerra, los dos principales líderes del PSOE, supieron dar cobertura y sitio a la tarea política que Suárez estaba realizando. Pero, simultáneamente, no desaprovecharon la ocasión para que desde sus filas se negara el pan y la sal a la gestión cotidiana del jefe del Ejecutivo. Como dice el refranero español, “Entre todos le mataron y el solito se murió”.

Indudablemente, lo que más daño hizo a Adolfo Suárez, lo que más le erosionó, lo que desfondó sus fuerzas, fue la operación de acoso y derribo que desde sus propias huestes se estaba llevando a cabo. Los principales capitanes de esta sublevación encubierta fueron Miguel Rodríguez y Herrero de Miñón y Francisco Fernández Ordóñez, personajes brillantes y poco escrupulosos: el primero de una vanidad enfermiza y el segundo de una ambición desmesurada; Herrero de Miñón terminaría en Alianza Popular, en brazos Manuel Fraga; y Fernández Ordóñez creó un nuevo partido con algunos seguidores de UCD y, en breve se diluyó en el PSOE.

En cualquier caso, estos no fueron los únicos jefes de partida. Hubo otros que sin jugar el papel de jefes de fila si tenían gran predicamento en sectores de UCD y en los medios de comunicación. Fueron los Oscar Alzaga, Rodolfo Martín Villa, Antonio Jiménez Blanco, Antonio Fontán,... Actuaban unas veces de forma taimada y otras más abiertamente, aduciendo en sus justificaciones argumentos de ecuanimidad y pureza democrática que hacían sonrojar al más pintado. Ese curioso sentido de la lealtad mostrado por aquel ramillete de inquietos próceres, terminó por minar el liderazgo de Adolfo Suárez. El presidente se supo abandonado por muchos, aunque bien es cierto que no solo, pues fueron muchos más los que permanecieron fieles a su lado. Sin embargo, el daño estaba hecho y sin unidad su proyecto político no daba más de sí.

Un ejemplo de cómo estaban las cosas en el segundo mandato de Suárez lo encontramos en el desarrollo constitucional del Estado de las Autonomías, que por entonces estaba en marcha. Fue en el caso de Andalucía, cuyas fuerzas políticas reclamaron vehementemente un estatuto por la vía del Artículo 153. Terminó accediendo el presidente del Gobierno y se convocó un referéndum para el 28 de febrero de 1980. Tras el resultado se produjo un auténtico amotinamiento de los socialistas, comunistas y andalucistas -porque el "no" de la provincia de Almería a ese procedimiento dejaba a esta región fuera de las comunidades históricas-; a esta rebelión se sumó buena parte de la propia UCD andaluza, que lideraba el entonces ministro de Cultura Manuel Clavero Arévalo. Ante tal estado de cosas, Adolfo Suárez tuvo que ceder. El cisma estaba servido y la división interna se hizo clamorosa.

Publicado por torresgalera @ 7:04  | Personajes
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