sábado, 25 de junio de 2005
Barcelona: una mujer ahoga a sus dos hijos pequeños en la bañera y a continuación se arroja por la ventana de la casa (sufre politraumatismo muy grave). Oviedo: una mujer mata a su marido, avisa a la policía y sale de casa a llevar a sus dos hijos al colegio; a continuación se dirige en coche hacia los acantilados junto al mar y se precipita en el fondo de las rocas (muere en el acto). Madrid: un hombre de 32 años pretende suicidarse: calienta con un soplete una bombona de gas; al explosionar muere su hijo de cuatro años quemado por el fuego (el suicida queda malherido con quemaduras en el 60 por cierto del cuerpo). Tres trágicos sucesos ocurridos en un periodo de ocho días. No obstante, no fueron los únicos. Muchos más en fechas anteriores. Y otros desde los reseñados hasta el día de hoy.

¿Qué está pasando en nuestra sociedad? ¿Qué nos puede llevar a ese estado de desesperación? Lo más sorprendente de estos tres trágicos sucesos es que sus protagonistas eran personas que no despertaban la menor sospecha ante sus familiares, amigos y conocidos apenas unas horas antes del fatal desenlace. En otros casos la violencia social encuentra enseguida alguna explicación, dependiendo de cada drama. Pero esto tampoco nos tranquiliza. Porque matar y suicidarse son dos caras de una misma moneda: la pérdida de la conciencia humana. Unos, abrumados por sus problemas, se convencen de que éstos, sean del tipo que sean, han anulado su razón de ser, y ponen fin a su existencia. Otros, con mentes debilitadas por el odio y el rencor, desafían al mundo poniendo sus propias vidas en el máximo peligro. Y lo peor es que, en algunos otros casos, la desesperación es tan grande y ciega que no les importa llevase por delante las vidas de los seres más queridos.

Uno tiene la sensación de que un germen muy dañino está corroyendo a nuestra sociedad. No parece que sea el del hambre o el de la miseria. Más bien se me ocurre que tiene que ver con patologías nacidas de la decepción, del desencanto y de la frustración. Nuestra forma actual de vida favorece en extremo aventuras diabólicas de afrontar la existencia. También engendra comportamientos yermos de nobles sentimientos, porque el desprecio, la indiferencia o el desapego familiar han impedido que florezcan. En ocasiones, el devenir conduce al individuo, sin proponérselo, a situaciones desesperadas que jamás pudo imaginarse y para las cuales no estaba prepardo. Toquemos madera, y confiemos en que jamás tengamos que enfrentarnos a ciertas pruebas.

Pero dicho esto, no puedo evitar cada día acabar con un poso de amargura cuando termino de leer los periódicos. Y de verdad que no es por temer a la muerte -en la que por cierto cada vez pienso con más frecuencia y con más serenidad-, sino por el dolor que me produce que mis semejantes puedan llegar a sufrir tanto como para cerrar el círculo de su existencia en un vómito de horror. Cuánta desesperanza, cuánta vida truncada, cuánto amor perdido en el océano del tiempo, para que al final sus iniciales se diluyan olvidadas entre el polvo de los anaqueles de algunas hemerotecas.
Publicado por torresgalera @ 7:34  | Pensamientos
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