"Los españoles me quieren pero no me votan"
La estructura del nuevo Estado estaba prácticamente terminada. El empeño de Suárez a partir de entonces era liderar la gran corriente social y política española del centro derecha hasta el centro izquierda, pero sin unidad dentro de la Unión de Centro Democrático no había nada que hacer. Y el PSOE empujaba con fuerza en busca de su gran ocasión.
En estas circunstancias, convencido de que su persona era en aquellos momentos más el problema que la solución, Adolfo Suárez González decidió renunciar al cargo y presentar su dimisión al Rey. Era el 28 de enero de 1981. Poco después de comunicar su decisión a don Juan Carlos, Suárez se dirigió a los españoles, a través de las cámaras de Televisión Española, leyéndoles un comunicado en el que explicaba, con un lenguaje grave y un tanto críptico, los motivos de su decisión.
Habían transcurrido tan solo cuatro años y siete meses desde aquel incipiente mes de julio en el que el Jefe del Estado le encomendara la titánica tarea de transformar aquel régimen político autoritario y dictatorial, nacido de una guerra civil crudelísima, en una monarquía constitucional y democrática. Durante este periodo Suárez necesitó seis gobiernos y algunas remodelaciones del ejecutivo: un gobierno preconstituyente, dos constituyentes y tres democráticos. Pero con el advenimiento del Estado de Derecho y de las libertades civiles reapareció en el noble arte de la política lo peor de la misma: la ambición desmedida, la deslealtad, la traición y el juego de intereses espurios.
Adolfo Suárez todavía tendría que vivir lo peor de su paso por la política. Tres semanas después de su dimisión, y mientras se votaba en la Cortes la candidatura de su sucesor, Leopoldo Calvo-Sotelo, se produjo el golpe de estado del 23-F. Una vez más, el ejemplo de dignidad que dio a la clase política y a toda la nación, con su comportamiento ante los golpistas durante aquellas terribles dieciocho horas que duró el secuestro del Gobierno y del Parlamento, ha pasado a la Historia de España como una de las más vivificantes; sólo otras dos personas demostraron una gallardía similar en aquellas lamentables circunstancias: el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, Vicepresidente del Gobierno y ministro de Defensa, y Santiago Carrillo, diputado del Grupo Comunista y secretario general del Partido Comunista de España.
Fracasado el golpe del 23-F, y con Calvo-Sotelo al frente del Ejecutivo, Adolfo Suárez continuó arrastrado por la fuerza de su destino, que por entonces se había trocado en huracán. En el seno de la UCD continuaron los bajonazos y las guerras intestinas, por lo que Suárez también terminó dimitiendo de sus cargos en el partido. Decepcionado y herido en su amor propio abandonó la UCD al año siguiente. A partir de entonces la descomposición de su proyecto político fue rápida e irreversible. Ante tal desmoronamiento, el presidente Calvo-Sotelo -y después de un congreso extraordinario y de circunstancias de la UCD, en Palma de Mallorca-, disolvió las Cortes y adelantó las elecciones generales para el 28 de octubre de 1982. El resultado no pudo ser más rotundo: victoria histórica del PSOE, hundimiento de la UCD y raquíticos dos escaños para el nuevo Centro Democrático y Social que, deprisa y corriendo, habilitó Suárez como reacción de repulsa a sus traidores.
Comenzó entonces una travesía del desierto larga y oscura. El CDS no tuvo tirón electoral, aunque en 1986 llegó a obtener 16 escaños, y 14 en 1989. La gran beneficiaria de aquella convulsión de la Unión del Centro Democrático fue Alianza Popular. Manuel Fraga, su gran enemigo y bestia parda de la derecha en su época de esplendor, se había adueñado de buena parte del espacio político que en su día liderara Adolfo Suárez. El centro izquierda cayó en manos del PSOE de Felipe González.
A finales de los ochenta, cansado y convencido de que su hora había periclitado, el gran artífice de la Transición decidió abandonar la política. Y lo hizo justo en un tiempo en que ya se le empezaba a reconocer desde todos los foros y estamentos sociales su gran talla política y humana. El propio Suárez llegó a afirmar en aquellos días: “Sí, los españoles me quieren pero no me votan”. Este fue su epitafio político.
El ex presidente se refugió en su despacho y en su familia. En aquellos días postreros, el drama de la enfermedad se instaló en su familia: primero fue su esposa, Amparo Illana; después, su hija Miriam. Ante tanto dolor Adolfo Suárez quiso entregarse en cuerpo y alma a cuidar de ambas. Con el coraje y la valentía que le caracterizaron siempre se volcó en aquella tarea: reconstruyó y agrandó el espacio vital de su familia a fuerza de amor y afecto. Y cuando al final la Providencia se llevó a aquellos dos seres tan queridos, aquel hombre, otrora un coloso, quedó exhausto.
Nunca podremos leer unas memorias de Adolfo Suárez. Jamás tendremos la ocasión de escucharle hablar sobre aquellos o estos tiempos. Sabemos que vive en un mundo de cristal, donde -según su propio hijo Adolfo Suárez Illana- sólo responde a estímulos de los afectos de sus más allegados, principalmente de sus nietos. Incluso un día le veremos partir definitivamente, en silencio, sin hacer ruido. Pero los que hemos tenido la fortuna de conocerle, guardamos como un tesoro muy preciado la memoria de un gran hombre, que creyó en lo que hizo porque se convenció de que su destino era ese.
Adolfo Suárez se transmutó ideológicamente porque creyó en su generación y en las más jóvenes. Hizo su trabajo con desprendimiento y entrega total, derrochando una simpatía embaucadora, que le permitió ganarse la confianza y el afecto de muchos de sus rivales políticos. Sus limitaciones intelectuales las suplió haciendo gala de una intuición extraordinaria a la hora de diseñar estrategias y de abordar las dificultades. Siempre se mostró más próximo a la gente sencilla que a las élites sociales. Su natural era altruista, jovial y austero.
Curiosamente, Adolfo Suárez, (Cebreros, Ávila, 1932) tuvo desde muy joven la ambición por medrar en la política. De familia humilde, estudió Derecho en la Universidad Complutense y pronto se apresuró a hacer carrera en el aparato del Estado. De esos años circulan y están escritas numerosas anécdotas repletas de picardía e ingenio. Sin embargo, cuando le llegó la gran oportunidad de pilotar el cambio histórico en nuestra Nación, sólo le guió una idea: la reconciliación de los españoles y que todos nos sintiéramos orgullosos de ser lo que somos. Veinticuatro años después de que aquella triste y fría tarde de invierno en la que Suárez hizo pública su dimisión, no sé si aquel sueño se ha hecho realidad. Confío en que sí, pero si así no fuera, me alegro porque Adolfo Suárez haya perdido la memoria. Otros tendrán que dar las explicaciones. Él ya está en la Historia con letras de oro.