Algo huele a podrido en Dinamarca. Como en el Hamlet shakespeariano, la lucha política española se está volviendo fraticida. Ya no hay máscaras: todas ellas han sido retiradas para que los rostros de cada cual manifiesten sus verdaderos estados de ánimo y sus sentimientos. El odio, el rencor y el desprecio lo inundan todo. Viendo las cosas que están aconteciendo en la vida política nacional a uno se le viene a la memoria (no vivida pero sí aprendida) los dolorosos recuerdos de aquellos meses que se sucedieron desde las elecciones de febrero al 18 de julio de 1936. No fue suficiente la victoria a las izquierdas, sino que empeñaron todo su esfuerzo en desacreditar y barrer a las derechas del mapa. A pesar de los años trascurridos y de las enseñanzas que nos ha reportado este largo periodo, el Partido Socialista Obrero Español vive en plena deriva revanchista. La lección que dieron Felipe González y José María Aznar al pasar página de hechos lamentables acaecidos durante los gobiernos que les precedieron no ha servido de nada. A ninguno de los citados presidentes se les ocurrió, por estatura política de Estado, recriminar ni reprobar en el Parlamento a responsables políticos de gobiernos anteriores. ¿Qué hubiera ocurrido si Felipe González hubiese solicitado la reprobación del ministro de Defensa por el 23-F? ¿O cómo se hubiera entendido que José María Aznar hubiera respaldado una acción similar en las Cortes por los responsables de los crímenes de Estado o por los casos de corrupción (todos ellos juzgados y condenados)? No, ambos estadistas actuaron con moderación y mesura, aceptando que tanto los jueces como el pueblo español ya habían dictado su veredicto, unos en los tribunales y los otros en las urnas.