Estoy desolado. Mi corazón está encogido de pena. La tristeza ha envuelto como una nube negra mi alma. Las palabras se agolpan en mi mente de forma alocada. Sin embargo, guardo silencio. Escucho y leo sin demasiada atención la riada de crónicas que llegan desde Londres a través de la televisión, la radio y los periódicos; internet también me bombardea con datos, comentarios y fotografías. Los detalles no me importan demasiado y, a la vez, ahondan mi perturbación. No quiero saber nada y lo quiero saber todo. Esto es una locura, es la sin razón del ser humano, de este animal que somos en estado original. Nos creemos redimidos por los dioses, por la ciencia y por la razón, y es mentira: el hombre apenas está a unos pasos de sus ancestros evolutivos. Su causa es primaria y se asienta en su sistema endocrino, en el lugar que ocupa en la manada y en la lucha jerárquica. Vivir no es un fin en sí mismo, si acaso un acto instintivo. Nos sentimos amenazados porque somos débiles. Agredimos porque nos sentimos inseguros. Avasallamos porque no creemos en nosotros. Mientras tanto, centenares de padres, de madres, de hermanos, de amigos lloran desconsolados con la mirada perdida en las oscuras aguas del Támesis. Comparto su dolor porque me siento de la familia. Les pertenezco, soy uno de ellos, un hombre anónimo que cumple con su destino sin más afán que ser útil a los míos, al género humano. Por eso no entiendo, no comprendo la barbarie, el exterminio, el odio asesino. Me siento pequeño e insignificante cuando sé de alguien que aprieta un botón y hace volar un enorme proyectil hasta un punto remoto donde siega la vida de otras personas; o cuando otros individuos deciden la muerte de sus semejantes; o cuando se accionan mochilas explosivas en el metro de cualquier ciudad, o en unos grandes almacenes,... No quiero divagar más, sólo compartir el dolor con los que sufren, estén donde estén. La esperanza ya no existe para los que acaban de ser arrancados de la vida. Quiero pensar que esta será la última tragedia de un drama infinito. ¿Qué contradicción? ¿Pero existe algo más contradictorio que el ser humano? En este momento no se me ocurre nada mejor que implorar una oración por las víctimas y por los verdugos: “Padre Nuestro..., perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,...” También invoco un fragmento de la hermosísima oración hebrea llamada “Kaddish”: