El término civilización significa, en su acepción más amplia “Estadio cultural propio de las sociedades humanas más avanzadas por el nivel de su ciencia, artes, ideas y costumbres.”La Historia de la Humanidad nos enseña cómo a través de numerosos testimonios arqueológicos, han existido importantes civilizaciones que llegaron a representar hitos encomiables en el pasado: la civilización asiria y la babilónica, el antiguo Egipto, Persia, la Grecia y la Roma clásicas, e, incluso, la China imperial; al otro lado del Atlántico tenemos indicios de que existieron pueblos que contaron con unas civilizaciones nada despreciables, como la inca, la maya o la azteca; todas, salvo la última, periclitadas mucho antes de la llegada al continente americano de los españoles.
Una segunda acepción, más restrictiva, consigna el término o concepto de civilización como “Conjunto de costumbres, saberes y artes propio de una sociedad humana.” Como se puede apreciar, en esta segu nda definición caben muchas más opciones. Claro está que muchos pueblos, pasados y actuales, que reúnen un legado de costumbres, saberes y artes propios de una sociedad humana, no pueden aspirar a ser identificados y catalogados como portadores de una civilización con mayúsculas.
En la actualidad, es decir, en los últimos doscientos años, más o menos, las naciones que pueblan el continente europeo han cumplimentado una civilización -todavía en proceso de desarrollo- que ha terminado por extender su influencia a todos los continentes. Esto no quiere decir que no persistan modos y costumbres autóctonas. Es obvio que existen y son veneradas y preservadas con gran celo en muchos lugares del planeta. Pero es innegable, que el modelo de vida desarrollado por la civilización europea, se ha extendido a otros continentes de forma dominante. Y ese dominio básicamente ha sido posible por la superioridad de su acervo intelectual y científico, lo que ha redundado en una optimización del esfuerzo por la supervivencia humana y por la mejora de sus condiciones de vida.
Ciertamente, en ese choque de civilizaciones los europeos se han servido de su superioridad en todos los ámbitos para imponer su modelo. Así, desde el siglo XVI el avance y la propagación de la civilización europea por todo el orbe ha sido imparable, hasta tal punto que en numerosas ocasiones los métodos expeditivos utilizados se cobraron un elevado precio en vidas humanas y avasallaron los derechos ancestrales de los pueblos indígenas. En cualquier caso, el pasado es irremediable, y la realidad de nuestros días es que la civilización europea se asienta indefectiblemente sobre el continente americano, Australia, buena parte del continente asiático y de África.
¿Qué queda, pues, de otras civilizaciones que puedan competir con lo que se ha dado en llamar la civilización occidental? Más bien poco, por no decir nada. Quedan, sí, multitud de realidades culturales muy ricas que permanecen vigentes; en la propia Europa, sin ir más lejos, subsisten acrisolados legados culturales que son protegidos con esmero por los pueblos depositarios. Mas no se puede afirmar que una lengua vernácula, unida a una tradición secular y a unas costumbres ancestrales, constituyan una civilización (la cultura catalana o la cultura del pueblo mapuche están lejos de hacerse acreedores de tal categoría).
Con la desaparición del imperio turco en el primer cuarto del siglo XX, desapareció del Oriente Próximo europeo el último vestigio de la ya más que diluida “civilización otomana”. De igual manera se puede decir que con la rendición japonesa, en agosto de 1945, se produjo el colapso del último baluarte de la civilización oriental, que representaba el imperio del Sol Naciente; el movimiento revolucionario liderado por Mao Zedong estaba dinamitando por aquel entonces la civilización china. En cuanto al Oriente Próximo y Medio, cabe recordar que tal y como los conocemos hoy día son el resultado de una política de tiralíneas sobre mapas que pusieron en práctica las potencias administradoras (Gran Bretaña y Francia) después de la Gran Guerra.
De nuevo hay que insistir en la pregunta: ¿Existe hoy en día alguna otra civilización que no sea la occidental? La respuesta no puede ser más que un rotundo no. El hecho de que exista un amplio territorio en nuestro Oriente Próximo y Medio, además de toda la franja del norte de África, habitado por pueblos que profesan la religión musulmana, no les otorga el estatus de civilización. Hace falta mucho más que una religión y una lengua común para hacerse acreedor de tal nominación. Es verdad que en el pasado el califato Omeya de Córdoba llegó a erigirse en una potencia mundial con rango de civilización. Entonces, en el siglo X y parte del XI el mundo musulmán alcanzó cotas de grandeza civilizadora verdaderamente encomiables: expansión de una lengua y de una religión monoteísta redentora a través de un espacio territorial enorme; un gran desarrollo de la filosofía, de las artes, de las ciencias y de la tecnología; y un orden de valores éticos y morales por el que los musulmanes se sintieron impulsados a difundir al resto de pueblos vecinos. Pero de aquellos tiempos ya no queda nada, salvo los testimonios de la historia.
Mar de injusticia universal
Dicho todo esto, cuando se escucha de boca del presidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, su propuesta de una “Alianza de civilizaciones” para abordar los conflictos que generan violencia, uno no puede menos que sonrojarse. ¿Sabrá de qué está hablando este buen hombre? Y lo más inquietante es que lo ha dicho ante el Plenario de la Asamblea de Naciones Unidas. Entiendo que los gobernantes realicen esfuerzos intelectuales para dar salida a los problemas que nos atenazan mediante propuestas razonables que pudieran favorecer la convivencia de los pueblos y de las naciones. Pero una cosa es tener ideas imaginativas y otra muy distinta es caer en demagogias estériles, precisamente por la vacuidad intelectual del personaje que las propala.
Rodríguez Zapatero ha vuelto a descolgarse con su Alianza de Civilizaciones poco después de los atentados del 7-J en Londres. Ha sido en un artículo publicado el sábado día 9, en The Financial Times, donde el secretario general del PSOE recomienda las pautas a seguir para realizar un diagnostico justo y acertado: “Debemos comenzar haciendo un esfuerzo por comprender las condiciones que facilitan la expansión del fanatismo y el apoyo al terror. No podemos ignorar conflictos que se han estancado o las enormes divisiones políticas, económicas y sociales presentes en muchas sociedades, y que varias veces sirven de falsos pretextos para la violencia terrorista. Es poco realista esperar alcanzar la paz y la estabilidad en un mar de injusticia universal.”A continuación, Rodríguez Zapatero reivindica las Naciones Unidas como “El foro apropiado para consolidar el consenso político contra el terrorismo...” Pero ahora es cuando llega lo más interesante del discurso del presidente Rodríguez, hasta el punto de que se enfanga en la contradicción de su propuesta, al señalar que “La lucha contra el terrorismo también es una batalla para ganar la convicción de la gente. Debemos trabajar para extender la creencia de que nada puede justificar el terrorismo. Ninguna idea, da igual lo legítima que sea o pueda parecer, puede justificar el asesinato. Este es el motivo por el que, como fenómeno, no es propiedad exclusiva de ninguna civilización, cultura o religión. Por esta misma razón, propuse en el Consejo General de las Naciones Unidas una Alianza de Civilizaciones, basada en la convicción, la comprensión y el respeto a los demás. Si no conseguimos inculcar a todas las naciones la creencia de que la tolerancia es indispensable, nuestra batalla será aún más ardua.”
En qué quedamos: o comprendemos los motivos que mueven a algunos a fanatizarse y a utilizar la violencia terrorista como reacción a ese estado de frustración, o trabajamos sobre el principio de que nada puede justificar el terrorismo. Rodríguez Zapatero lo expresa en este punto con meridiana claridad: “Ninguna idea, da igual lo legítima que sea o pueda parecer, puede justificar el asesinato. Este es el motivo por el que, como fenómeno, no es propiedad exclusiva de ninguna civilización, cultura o religión.”
Como se puede observar, es menester tener las ideas claras y no decir lo uno y lo contrario a la vez. Se puede ser más banal pero no más extraviado. Ese “mar de injusticia universal” del que habla Rodríguez es una realidad intrínseca de la Historia de la Humanidad. No obstante, el terrorismo es un fenómeno de lucha relativamente moderno. Es la respuesta violenta de pequeños grupos fanatizados contra símbolos idealizados en enemigos. Es una forma de hacer la guerra. En Londres no olvidan que, antes de la guerra de Irak, se produjo un 11 de septiembre de 2001, que causó tres mil muertos y que constituyó, de hecho, más que una acción terrorista, un auténtico acto bélico, un desafío a la civilización occidental y, en consecuencia, un acto de hostilidad que requería una respuesta militar como fue la intervención en Afganistán. Por eso las palabras de Rodríguez Zapatero tras el 7-J han dejado indiferentes a los británicos, a los que la evocación de Winston Churchill (“No nos rendiremos jamás&rdquo les resulta bastante más convincente que el nihilismo que ha denunciado con lucidez André Glucksmann en su libro Occidente contra Occidente.
Esta es la bitácora de Miguel Torres Galera. Un espacio para la reflexión y el debate, donde expresar opiniones sobre los hechos, sin prejuicios y sin dogmas; un lugar donde las ideas se abren paso entre las ideologías.