Esta es una guerra que nos están planteando las excrecencias más fanáticas del islamismo, con una lógica casi medieval, en la que se unen indisociablemente lo temporal y lo trascendente, lo civil y lo religioso, en los términos explicados hasta la saciedad por Bernard Lewis en su “Lenguaje político del Islam”. En esta obra, explica con agudeza los perfiles de unos fanáticos que ejercen una violencia bélico-terrorista amparada en una presunta legitimidad moral, no tanto política como teocéntrica: matan masivamente en nombre de un dios.
Su carácter fanático llega al punto de considerar enemigos acérrimos a los propios estados islámicos; y estos, para defenderse de su agresión, se han hecho cómplices en algunos casos de colaboración por omisión: suponen que un choque interreligioso con los terroristas tendría un coste no aceptable por sus propias sociedades. Así lo defiende el prestigioso Ryszard Kapuscinski: “La fuerza del fundamentalismo o del fanatismo religioso se dirige contra sus propios gobiernos y no contra el mundo de los blancos; estos fanáticos fundamentalistas consideran a sus gobiernos grandes enemigos del Islam, traidores de su fe.” (Véase la situación en Irak).
En cambio, como se ve, los fundamentalistas realizan sus más terroríficas matanzas en países occidentales. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que Occidente representa el origen y la esencia del mal, y los gobiernos islamistas en muchos casos se han dejado seducir por el maligno: adoptan formas escandalosas de vida y se han vuelo permisivos respecto a la doctrina coránica. Todo ello hace peligrar su modelo idealizado de existencia, aunque en el fondo no es más que una reacción iracunda ante su consciente debilidad; saben que la civilización occidental está imponiéndose inexorablemente, y eso se niegan a aceptarlo porque son conscientes de que la globalización de la política (extensión del modelo democrático) sería el fin del dirigismo religioso en sus países.
Por nuestra parte, si somos capaces de tener todo esto claro y nos alejamos de una vez por todas de la retórica intelectual izquierdosa, habremos dado un paso de gigantes en esta guerra terrorista. El pacifismo rampante y el nihilismo existencial que tan profundas raíces ha desarrollado en nuestra sociedad, está socavando los fundamentos de nuestra civilización occidental. Merece la pena recordar los días en que la diletancia política de los gobiernos democráticos de Gran Bretaña y Francia -en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial-, llevó a Chamberlain y Daladier a suscribir el Convenio de Munich, en 1938, mediante el cual se entregó a Hitler la región de los Sudetes para evitar una guerra. Al final, como era lógico pensar, el führer acometió con saña la anexión de los territorios que quiso, consciente de la debilidad de sus interlocutores. Como reprocharía más tarde el propio Churchill al primer ministro británico, como motivo de la derrota anglo-francesa en Dunkerque, “Os habéis inclinado por el honor en vez de por la guerra, y al final habéis perdido el honor y la guerra”
La visualización de la hora de las tinieblas, que comenzó en los atentados contra las Torres Gemelas y que continuó en Madrid y ahora en Londres, no es un ataque contra imperio norteamericano sino contra los valores de Occidente, por más que se empeñe la izquierda española que aplaude la propuesta de Rodríguez Zapatero de la Alianza de Civilizaciones. El terrorismo islamista pretende intimidar la cultura occidental y, por tanto, las fuentes de esa cultura que están en Grecia, en Roma y en el cristianismo. Occidente ha llegado a ser lo que es porque descubrió la filosofía y aprendió a ejercitarse en la elaboración de pensamientos abstractos; en Europa se inventó la democracia y el derecho; también asumió el Antiguo y el Nuevo Testamento, por lo que dotó a las relaciones humanas y al orden de valores de sus pueblos de un alto contenido moral y ético; y, finalmente, en Europa se emprendió el despegue definitivo de nuestra civilización porque halló en el racionalismo el camino más eficiente del empirismo social y científico
La superioridad occidental
Por todo ello, y por más que se empeñen algunos, las causas del terrorismo islamista no son sólo económicas ni políticas, sino básicamente culturales y religiosas, entendidas aquellas como una degradación de la religión. El problema de Europa es que ha perdido su capacidad de respuesta al islamismo fundamentalista, en la medida en que se está alejando del espíritu de su esencia. Éste no es otro que el de los valores del clasicismo y los del cristianismo. En Occidente, pero especialmente en Europa, estamos viviendo un proceso de ruptura con lo propio, en una especie de éxodo cultural. Mientras tanto, una parte de la experiencia religiosa islamista se encierra en sí misma y se ahoga en el debate de sus esencias hasta sus últimas consecuencias, la yihad, la guerra santa como medio para la aniquilación del infiel y el restablecimiento del orden divino.
Esta es la razón por la que la guerra que se está librando no será corta. Es una guerra globalizada. Sí, el enemigo que tenemos enfrente se globaliza como la economía y la tecnología. Es también una guerra mediática en la que prima la imagen, donde está la verdadera clave de esta guerra: que los muertos y el pánico de los ciudadanos occidentales se divulguen machaconamente por todo el orbe. Este efecto es demoledor para la moral occidental y beatífico para la causa terrorista. Es la manera más eficaz de contrarrestar las fuerzas y pone de manifiesto la vulnerabilidad del enemigo. Y así, su odio ciego contra Occidente y contra lo cristiano se legitima como cruzada ante los ojos de millones de musulmanes. Estos nuevos enemigos son los bárbaros de la postmodernidad.
Creo que a estas alturas existen sobradas pruebas que demuestran la naturaleza del conflicto que nos atañe. De ahí que la “marea de injusticia universal” de Rodríguez Zapatero sea un camelo colosal. Los cuatro terroristas suicidas de Londres nada tienen que ver con víctimas del hambre ni de la injusticia británica. Por poner un ejemplo, el primer terrorista identificado, Shehzad Tanweer, 22 años, responde al modelo de terrorista occidental: dos mercedes en el garaje de su casa, buena educación, licenciatura superior, todos los caprichos, todo el afecto familiar, nacido en Leeds y ciudadano británico. Sus compañeros tenían perfiles parecidos. ¿Qué injusticias, qué humillaciones, qué miserias materiales y morales les llevaron a matar a la gente de esa manera? No hay respuesta. Lo que sí hay son musulmanes infames capaces de convencer a jóvenes para que mueran asesinando inocentes y ganar el Paraíso; y también hay musulmanes jóvenes e infames que se dejan seducir por la idea de la iluminación divina a través de la inmolación propia y de un montón de infieles.
Predicar con el ejemplo
Como se puede ver la propuesta de una Alianza de Civilizaciones es una falacia. Primero porque, nos guste o no, sólo hay una civilización en el mundo, la occidental. Segundo, porque aunque hubiera más, las civilizaciones no pueden realizar alianzas; esto es algo que hacen los grupos humanos, los pueblos o las naciones. En tercer lugar, porque ya existe un foro, aunque no muy eficaz, donde todas las naciones con entidad jurídica exponen, debaten y dirimen sus problemas. Y, cuarto, porque la guerra terrorista que padecemos se fundamenta en el fanatismo religioso islamista y en el odio hacia un modelo de vida exuberante, en lo formal y material, pero cada vez más débil en los valores primigenios que los alumbraron, así como en el relativismo moral que se ha impuesto en la sociedad occidental.
No es Rodríguez Zapatero el líder político más adecuado para apadrinar propuestas grandilocuentes como la de la Alianza de Civilizaciones. El terrorismo doméstico que llevamos padeciendo los españoles desde hace casi cuarenta años tiene una raíz sicológica similar al fundamentalismo islamista. Y ha costado Dios y ayuda conseguir que los sociedad española y la de nuestros aliados hayan tomado conciencia de la perversidad del problema. Por eso es doblemente frustrante que la debilidad moral y el diletantismo del líder socialista haya hecho naufragar la firmeza de las convicciones consolidadas hasta ahora en la lucha contra los que están inmersos en la liquidación de nuestro modelo de convivencia. Se lo ha recordado esta semana el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, cuando ha afirmado que "el terrorismo se combate no con la negociación, sino con el ejercicio de la autoridad". Uribe, que ha resultado ileso en varios atentados contra él en su país, sabe de lo que habla.
Difícilmente se puede conceder credibilidad a una propuesta universalista como la del mandatario español si no predica con el ejemplo; máxime cuando su práctica cotidiana desde que comenzó su mandato ha sido disgregadora con sus socios internacionales. Sus tomas de posición, distanciándose de la política antiterrorista de Estados Unidos y sus socios europeos, y el seguidísimo errático del eje franco-alemán, así como sus veleidades con los regímenes de Cuba, Venezuela y Marruecos, sitúan al primer ministro español en el escalafón de los excluidos internacionalmente para liderar políticas de seguridad y defensa.
El premier británico Tony Blair sí que tiene autoridad moral para impulsar cualquier iniciativa antiterrorista. Lo comprobaremos en las próximas semanas. Será escuchado, incluso por sus detractores. Y nadie se atreverá a exigirle que retire sus tropas de Irak. Aquí, mientras tanto, continuaremos divididos los españoles por culpa de la vía negociadora, defendida por Rodríguez Zapatero, impulsada para encontrar una solución definitiva al terrorismo de ETA. Esta es sin duda la verdadera medida de nuestro presidente de gobierno -comprensión y respeto hacia los que nos hostigan- y no sus discursos pomposos y las frases de salón con las que espera ganarse la simpatía del mundo.
La única alianza posible es con nuestras convicciones y con nuestros valores, así como con las naciones que estén decididas a defenderlos. La firmeza y la voluntad de victoria son los únicos caminos que posibilitan el éxito en esta guerra inmisericorde en que nos ha metido el fanatismo terrorista. Y en el caso de España, además, deberemos acabar de una vez, cueste lo que cueste, con los que quieren imponer por la fuerza sus devariados sueños etnicistas y secesionistas. Mucho me temo que las propuestas de Rodríguez Zapatero para alcanzar la paz le llevarán al ostracismo internacional y al desprecio de los españoles en un futuro no muy lejano.
Hitler nos ha visitado en http://lacoctelera.com/chuck
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lunes, 15 de agosto de 2005 | 18:13
Como veras si sigo tus obras y soy un seguidor de tus obras el mayor.
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lunes, 15 de agosto de 2005 | 18:16
Como veras si sigo tu obra,dado que soy tu fan, firmado el mayor
Publicado por Invitado
martes, 11 de octubre de 2005 | 4:37
El Islam Denuncia el Terrorismo y la Violencia
El Islam no es el origen del Terrorismo, sino su solución. El Pacifismo del Islam. El Islam y el Racismo. Los morales en el Islam :
http://www.islamenlinea.com
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miércoles, 08 de febrero de 2006 | 14:59
El comentario de ese post no puede venir, sino, de un neocañí. La alianza de civilizaciones es un gran proyecto de Rodr´giez Zapatero, que ya ha secundado Kofi Anan; que no es poco. Otra cosa es el burdo gobierno de Ansar, con sus mentiras y su bajada de pantalones ante Busch. Eso es otra cosa.
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jueves, 05 de octubre de 2006 | 21:10
Rodriguez Zapatero es el primero que siempre se baja los pantalones
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jueves, 14 de diciembre de 2006 | 12:46
No tienes ni puta idea
Miguel Torres Galera
Esta es la bitácora de Miguel Torres Galera. Un espacio para la reflexión y el debate, donde expresar opiniones sobre los hechos, sin prejuicios y sin dogmas; un lugar donde las ideas se abren paso entre las ideologías.