lunes, 12 de septiembre de 2005
Diada, 11 de septiembre de 2005Los reyes de Castilla y Aragón de la dinastía de los Hausburgo siempre tuvieron en los castellanos unos fieles y leales súbditos para realizar sus políticas. No fue este el caso de los aragoneses y catalanes. Su relación con el trono se basó en el pacto. Así, cuando el monarca necesitaba de sus contribuciones a los objetivos de la Corona se veía en la necesidad de convocar las Cortes de Aragón y el Consejo de Ciento: la transacción se hacía imprescindible y no siempre el rey obtenía lo deseado. Durante el reinado de Felipe IV, en el siglo XVII, el Conde-duque de Olivares impuso la primera restricción a las prerrogativas de aquellos reinos después de duras represalias por la recalcitrante reticencia de sus representantes a contribuir a la política del Estado. No obstante, pasado algún tiempo, Olivares sería defenestrado por el propio rey y revocados los recortes impuestos al Principado.

Sería el nuevo siglo el que resultaría trascendental para el futuro de Aragón, Cataluña y Valencia. La muerte sin descendencia del rey Carlos II, ocurrida el 1 de noviembre de 1700, puso sobre el tapete un conflicto de intereses sucesorios en el que se implicaron las principales naciones de Europa. Si bien es cierto que Carlos II cambió su testamento varias veces, por presiones de unos y otros, no lo es menos que su última voluntad favoreció con la corona de los reinos de España a Felipe de Anjou, hijo del Delfín de Francia y nieto del soberano Luis XIV de Borbón.

No tardaron los pretendientes de la casa de Hausburgo en denunciar esta decisión y, apoyados por algunos sectores hispanos, fomentaron una coalición internacional, con Inglaterra como potencia emergente, para impedir a toda costa el auge de Francia por su vinculación con España. En estas consideraciones históricas, hay que recordar que Felipe V juró en 1702 las Constituciones de los reinos españoles, incluida la del Principado de Cataluña. No sería hasta junio de 1705 cuando la oligarquía burguesa de Barcelona firmara el Pacto de Génova con ingleses y austriacos, en virtud del cual el Principado cambió de bando, declarando fidelidad al pretendiente Hausburgo, el archiduque Carlos. A pesar del Pacto, el archiduque no consiguió entrar en Barcelona hasta noviembre del mismo año, una vez que el ejército aliado consiguió acabar con la resistencia de la ciudad. Finalmente, Carlos, al ser nombrado en 1711 emperador de Austria, perdió su interés por Cataluña. Y en el año 1713, la coalición internacional también se desinteresó del conflicto secesionista español y firmó el Tratado de Utrecht. El 11 de septiembre de 1714 el ejército de Felipe V entró en Barcelona.

Como es bien conocido por la Historia, no se puede decir que los borbones anulasen el régimen político propio de Cataluña. Fueron los intereses quebrantados de la oligarquía barcelonesa por el bloqueo del Mediterráneo, impuesto por la coalición antiborbónica, los que llevaron a la traición: el pueblo catalán mantuvo su compromiso, como demuestra la resistencia que ofreció al pretendiente Hausburgo; el apoyo al archiduque sólo triunfó en el triángulo formado por Barcelona, Igualada y Tarragona. Es, por tanto, en este contexto donde hay que situar los cambios que se produjeron en los derechos históricos del Principado: Felipe V respetó los fueros y concedió exenciones fiscales al Principado, pero también es verdad que negó determinados prerrogativas a la oligarquía comercial que ya estaba perjudicada por el bloqueo del Mediterráneo.

En cuanto al Decreto de Nueva Planta, que fue de signo abolicionista, llegó como consecuencia del cambio de bando de Cataluña en 1705. Y si bien es cierto que dicho Decreto limitó seriamente el poder de la oligarquía, a su vez impulsó un programa de reformas y modernización que permitió el desarrollo de Cataluña (Vicens Vives significó «el desescombro de una sociedad feudal saturada de privilegios y privilegiados»Guiño. Por tanto, quien perdió la libertad no fue Cataluña, sino las clases dominantes.

Merece la pena alguna puntualización sobre la figura de Rafael Casanova, «el héroe de la resistencia nacional catalana» que cada 11 de septiembre recibe flores en su tumba y monumento. En pocas palabras: la noche del 10 al 11 de septiembre de 1714, nuestro héroe —partidario, por cierto, de pactar con los atacantes— estaba en la cama; sólo acudió al frente cuando le avisaron de la gravedad de la situación; fue herido levemente en una pierna y retirado de inmediato a la retaguardia; tras ser atendido de la herida quemó los archivos, se hizo con un certificado de defunción, delegó la rendición en otro consejero y huyó de la ciudad disfrazado de fraile. Posteriormente reaparecería en Sant Boi de Llobregat, donde ejerció la abogacía sin el menor problema, una vez recibido el perdón de Felipe V. En definitiva, Rafael Casanova, en terminología catalana no es sino un botifler, un traidor españolista.

Ni que decir tiene que al nacimiento del constitucionalismo español, en 1812, se sumó Cataluña con el mismo fervor y apasionamiento que el resto de los territorios históricos españoles. El 19 de marzo de 1812, en la sesión plenaria de las Cortes de Cádiz, celebrada en la Iglesia de San Felipe Neri, se firmó el acta de defunción del Antiguo Régimen; sólo el reinado absolutista de Fernando VII, con la excepción del Trienio 1820-1823, supuso un retardo para que la nación española entrara en el nuevo orden. España como nación se impuso sobre su pasado por vocación de sus gentes, a pesar de los enfrentamientos civiles que durante el siglo XIX asolaron el suelo patrio. No fueron los enfrentamientos dinásticos los que dividieron a los españoles, sino que estos fueron el pretexto para dilucidar en los campos de batalla la preeminencia del nuevo orden sobre el antiguo. Y el pueblo catalán, mayoritariamente, estuvo en las guerras carlistas del lado del constitucionalismo, no así la burguesía rural y mercantil que apostó reiteradamente por el absolutismo y los privilegios.

Por eso cuesta trabajo escuchar a los nacionalistas e independentistas catalanes hablar y reivindicar derechos históricos. Me parece muy bien que hayan hecho del 11 de septiembre la fecha de exaltación de la identidad de Cataluña. Pero que no se les caiga la cara de vergüenza de tanto manipular, mentir y disparatar sobre su pasado histórico es algo que se me hace insufrible. El presidente de la Generalitat, Pascual Maragall, ha calificado la Diada de 2005 como la «Diada del Estatuto». La estatua barcelonesa de Rafael Casanova ha vuelto un año más a ser testigo mudo del fervor catalanista. Entre los innumerables gritos e improperios destacó el del consabido botifler. Los destinatarios del insulto fueron los numerosos políticos que asistieron a la ofrenda floral ante el monumento al héroe libertador de Cataluña. Mientras tanto, el espíritu del petrificado Casanova continua escondido en el madrileño Palacio de Oriente, donde fue rehabilitado en vida.

Publicado por torresgalera @ 19:01  | Política
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Comentarios
Publicado por maty.iespana.es
lunes, 12 de septiembre de 2005 | 23:23
Excelente artículo.

Gracias a la red comrpuebo que no soy el único catalán hastiado con el nacionalismo excluyente imperante.

- Gracias -

Te reseño en Nauscopio.
Publicado por Miquel
lunes, 07 de mayo de 2007 | 19:14
Yo también estoy hastiado del nacionalismo, del español, claro. En tu texto hay errores de bulto. Si lo que tú dices fuera cierto, ¿como es que necesitasteis de la ayuda de Francia para derrotarnos?. 40.000 soldados castellanos y franceses necesitaron de 13 meses para entrar en Barcelona. Por lo visto no teníais tantos partidarios. ¿Traidores?. Si que hubo traidores, el Rey Felipe V, que no nunca intención de respetar los acuerdos firmados.
Publicado por Invitado
viernes, 31 de agosto de 2007 | 14:24
Después de leer artículos tan desinformados como este se te caen los cojones al suelo. Deunidó.