viernes, 30 de septiembre de 2005
ImagenNos encontramos en las vísperas del trigésimo aniversario de "La marcha verde" sobre el Sahara Occidental. En aquellas postrimerías de 1975 España vivió algunos de los acontecimientos más graves del franquismo: el 27 de septiembre fueron fusilados tres terroristas del FRAP y dos de ETA, después de que Franco conmutara la pena de muerte de otros tantos condenados a la pena capital. Desde el Papa Pablo VI, pasando por numerosas personalidades y gobiernos extranjeros, hasta miles de manifestantes anónimos en diversas capitales americanas, europeas y españolas clamaron por la benignidad del gobierno español, sin éxito; y a las pocas semanas, ya con Franco gravemente enfermo, Hasán II, el monarca de Marruecos gran amigo y aliado de España, el hermanísimo del príncipe Don Juan Carlos, decidió dar el golpe de gracia por la espalda a sus vínculos fraternales con el régimen del generalísimo. Para ello no dudó en lanzar un órdago al presidente del gobierno español, Carlos Arias Navarro, y al heredero de la jefatura del Estado, Juan Carlos de Borbón.

Como no podía ser de otra manera, el rey de Marruecos aprovechó aquellas semanas de desconcierto entre los políticos del régimen, con Franco moribundo en el hospital "La paz", para lanzarse a una temeraria y arriesgada estrategia para apoderarse de la provincia ultramarina española del Sahara Occidental. En pocos días el ambiente se caldeó en la sociedad españoles hasta niveles preocupantes. Las Fuerzas Armadas movilizaron sus efectivos y tomaron posiciones en la frontera sahariana con Marruecos para repeler cualquier intentona de fuerza. Y mientras que las acuciantes gestiones diplomáticas se sucedían trepidantes, el Príncipe asumió interinamente la jefatura del Estado y de los ejércitos y viajó a la colonia española para dar ánimo a las tropas y a la población. Todo fue en vano.

Hasán II demostró una audacia sin precedentes: movilizó a la población marroquí, y en número que sobrepasaba las trescientas mil almas (niños y mujeres en su mayoría) las lanzó desarmada y caminando a través del desierto hacía la frontera, dispuestas a sobrepasar las líneas defensivas del ejército español. El desenlace de esta arriesgada estrategia es bien conocida: los militares españoles se replegaron sin abrir fuego y el gobierno aceptó deprisa y corriendo un proceso inmediato de descolonización del Sahara.

Hoy, treinta años después, se repite la historia pero con objetivos y circunstancias diferentes. Mohamed VI, el hijo de aquel monarca que traicionó la supuesta amistad que le unía a Francisco Franco y a Juan Carlos de Borbón, está decidido -alentado por la camarilla de militares, políticos y poderosos que adulan al monarca para satisfacer sus ambiciones- a concluir el proceso de consolidación territorial que en la década de 1950 iniciara su abuelo Mohamed V, y que le permitió, entre otros, la obtención de Río Muni e Ifni. Ahora los objetivos son Ceuta y Melilla.

Como hace treinta años, la oligarquía de Marruecos está aprovechando el momento de debilidad política existente en España. Con el modelo territorial en pleno proceso de subversión, instigado por el presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, y gestionado por los nacionalistas e independentistas periféricos, el poder marroquí ha visto su gran ocasión para iniciar la conquista de Ceuta y Melilla. Tienen todos los pretextos políticos y morales. Durante las dos legislaturas que gobernó José María Aznar, de expansión y reforzamiento de la política exterior, el gobierno de Rabat intentó con éxito dividir a las fuerzas políticas españolas, aprovechándose del enfrentamiento visceral que protagonizó -sobre todo durante la segunda legislatura- el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero. A la inflexible actitud de Aznar frente a los caprichos del gobierno marroquí, Rodríguez Zapatero respondió con inusitada deslealtad al Ejecutivo de su país a la vez que se mostró puerilmente condescendiente ante Mohamed VI y su gobierno (viaje de ZP a Rabat, en plena crisis diplomática; campaña de prensa contra Aznar; crítica a la acción militar en Isla Perejil; paripé de referendo en el Parlamento de Andalucía sobre el destino del Sahara Occidental,...). Luego, con la llegada de Rodríguez Zapatero a La Moncloa, el gobierno socialista no paró en barras en ofrecer un amigable entendimiento y colaboración con las autoridades de Marruecos. Por fin se restablecían unas relaciones bilaterales calificadas de muy cordiales y amistosas. Nada más lejos de la realidad.

Uno de los principales problemas de los acontecimientos ocurridos hace treinta años es que a los españoles nos hurtaba el régimen franquista la información sobre casi cualquier asunto de la vida pública. También sobre el verdadero estado de nuestras relaciones con Marruecos. Pero aún es mucho peor en la actualidad, que en un régimen constitucional democrático, los dirigentes del Partido Socialista Obrero Español no sólo no dicen toda la verdad sino que nos mienten, en aras de una supuesta y necesaria discreción en la política exterior. Esta práctica generalizada de gobernación “discreta” no es más que un síntoma de la estulticia que Rodríguez Zapatero está demostrando desde que preside el Consejo de Ministros. Y lo malo es que Mohamed VI y los grupos de poder de Marruecos los saben. Por eso alientan esta nueva “marcha negra” sobre Ceuta y Melilla. No, no es casualidad. Se trata de una estrategia bien definida. A los dos territorios españoles en África hay que ahogarlos, convertirlos en inhabitables, desmoralizar a sus respectivas poblaciones para que se marchen. Mientras, la prensa marroquí jalea la reivindicación de las dos ciudades, la policía consiente las concentraciones de subsaharianos en los aledaños de las fronteras enrejadas, y en Sevilla se celebra una cumbre bilateral para reforzar la amistad y cooperación entre ambos gobiernos; también han hablado de inmigración ante la presencia de los presidentes autonómicos de Andalucía y Canarias, pero a no han invitado a los presidentes de Ceuta y Melilla.

Entre tanto, ¿dónde está el Rey? El Jefe del Estado tendrá que decir algo. El hermano de Hasán II y de Mohamed VI debería intervenir. Es inaudito que Don Juan Carlos no haya visitado oficialmente Ceuta y Melilla desde que accedió al Trono de España. Estas excepciones no son casuales sino que responden a razones de Estado que se nos ocultan a los españoles. Y esto es imperdonable. El pueblo español es el único soberano, y si Mohamed VI ha iniciado con esta “marcha negra” sobre Ceuta y Melilla una nueva etapa de su estrategia para apoderarse de las dos ciudades españolas, los españoles tenemos todo el derecho a conocer cómo se piensa impedir esto y hasta dónde está dispuesto a negociar el gobierno de Rodríguez Zapatero.

Una amenaza extraordinaria se cierne sobre la unidad de España. En cambio el debate se mantiene con éxito entre izquierdas y derechas, entre progresismo y conservadurismo. Y buena parte de los españoles continúan siendo prisioneros de este sofisma, sin caer en la cuenta de que el futuro de España está siendo malogrado por un puñado de facinerosos ávidos de poder y menguados de corazón.
Publicado por torresgalera @ 20:20  | Política
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