La Conferencia de Presidentes autonómicos no es una institución del Estado. Es un invento de Rodríguez Zapatero para visualizar su voluntad negociadora cuando a él le conviene. Esto, que en principio parece un exponente de su talante de diálogo, no es más que una arbitrariedad o abuso de poder. Las cuestiones que han sido tratadas en la primera y segunda reunión de la Conferencia tienen sus cauces institucionales, pero ZP no participa de ellos. Y eso no lo puede consentir. Además, para camuflar el engaño implica a la jefatura del Estado, incluyendo foto y almuerzo con los Reyes y Príncipes de Asturias. Veremos qué ocurre en el Consejo de Política Fiscal y Financiera con la financiación del déficit sanitario.
La política antiterrorista también la ha sacado el presidente Rodríguez de los cauces institucionales. Primero patrocinó una oferta de amplio consenso parlamentario (con más fuerzas políticas pero con menos representación popular que el Pacto suscrito entre PSOE y PP), y luego se encargó de administrar ese consenso unilateralmente. El secretismo lo ha disfrazado de discreción y su falta de criterio lo viste de prudencia. Ni él mismo sabe en qué va a quedar todo esto. Se lo ha jugado todo a cara o cruz, en la confianza de que las circunstancias le son favorables porque ha abierto el melón de la reforma constitucional y estatutaria.
En realidad Rodríguez vive de los golpes de efecto, de la apertura de jugadas y de la conciencia que tiene a su favor buena parte de los medios de comunicación y de los líderes de opinión. Y es verdad, la mayoría de los grupos mediáticos le han dado un buen margen de confianza. La mayoría de los intelectuales de moda en las colaboraciones periodísticas y en las listas de ventas de libros; buena parte de los cantantes y músicos que copan las listas de ventas; una parte considerable del elenco de directores, actores y actrices que triunfan en el cine y la televisión, respaldan a Rodríguez Zapatero y a su política de colaboración con Izquierda Unida y con los nacionalistas. Por eso ZP no va a rectificar ni un ápice mientras no reciba el primer varapalo de sus propias filas o de sus socios estratégicos.
Indudablemente el tiempo pasa y de todos es sabido que su quehacer es implacable. El primer año de Gobierno socialista ZP lo ha dedicado a ejercicios de pirotecnia política: desmantelar políticas del Partido Popular (retirada de tropas de Irak, Plan Hidrológico Nacional, buena parte de la Ley de Calidad Educativa, Plan de Infraestructuras... ); jalear leyes sociales de escaso calado en el conjunto de la ciudadanía, como la Ley contra la Violencia de Género -que sólo ha sido una pequeña reforma a la ya existente-, Ley de matrimonios homosexuales, reforma del Reglamento de la Ley de Extranjería... ; aprobar a bombo y platillo decretos sin contenido jurídico ni económico, como el de las 100 medidas de choque para reactivar la economía y la productividad, o el decreto ley para la lucha contra los incendios forestales, que un mes después de aprobado no se había movido del papel y no tuvo ninguna eficacia en el incendio de Guadalajara que costó la vida a 11 personas de un retén de bomberos.
La legislatura se va consumiendo. A estas alturas son numerosos los frentes abiertos por el Gobierno. Algunos trascendentales y peligrosos, como el del nuevo modelo territorial o el de apaciguamiento del País Vasco. Los nacionalistas vascos y catalanes están por desbordar el marco constitucional para satisfacer su hambre de autogobierno: la moneda con qué negociar en Euskadi se llama ETA, y el precio será muy alto; en cambio en Cataluña la moneda se llama autonomía financiera y blindaje de competencias exclusivas. En ambos casos a los españoles nos va a costar un ojo de la cara y la mitad del otro; los nacionalistas gallegos están llamando a la puerta. Y como vivimos en un país donde el que no llora no mama, los demás gobiernos autónomos, sean del color que sean, se desgañitan en llorar sus penas e insuficiencias para justificar sus déficit presupuestarios que con tanto celo han acumulado.
Porque hay que decirlo bien claro y alto: en España la política se hace a golpe de talonario y con el dinero de los contribuyentes. No existe política con mayúsculas. Todos los que de ella viven lo hacen pensando en las próximas elecciones, por lo que todo el dinero es poco para mantener la fidelidad de los electores. Nadie dice no a nada, aunque luego no lo cumpla; el clientelismo es una enfermedad preocupante de nuestra clase política, sobre todo en los niveles autonómicos y municipales. Es en estos escenarios donde se están fomentando con mayor virulencia el pesebrismo y la dependencia de los recursos públicos. Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha son comunidades donde el clientelismo se ejerce sin tapujos. En el País Vasco, Cataluña y Galicia es una enfermedad endémica. En las demás autonomías van por el mismo camino.
La política como chalaneo y negocio se ha impuesto, y lo peor de todo es que muchos ciudadanos ven este cáncer como una realidad inevitable ante la que no cabe más que resignarse. Por eso viene tan bien a la izquierda y a los nacionalistas la política de gestos, de reivindicaciones históricas y de agravios, porque con estas actitudes justifican sus demandas y sus acciones. Resucitar viejas querellas, aunque sea falsificándolas y manipulándolas, proporcionan réditos políticos para continuar embaucando a las generaciones que sólo piensan en la tranquilidad de sus últimos años, y a las neófitas del pasado a las que pretenden engañar demonizando un pretérito que se les niega enseñar.