jueves, 13 de octubre de 2005
ImagenEl presidente del Gobierno ha tenido una buena ocasión para comprobar quién está con él y quién no lo está. El 12 de Octubre fue el día de la Fiesta Nacional. Y como es costumbre, el acto institucional más relevante tuvo lugar en Madrid, donde se celebró el homenaje a la bandera nacional y un desfile de diversas representaciones de las Fuerzas Armadas; también se rindió solemne tributo a los caídos por España. Posteriormente, el Rey ofreció una recepción a las autoridades invitadas en el Palacio de Oriente.

Los actos del Paseo de la Castellana deberían contar, sin complejo alguno, con la aquiescencia de todos los representantes de la soberanía popular y de las instituciones. Precisamente el pueblo de Madrid, con su presencia, dio cumplida cuenta de su vocación española y de su compromiso con los valores que consagra nuestra Constitución. Sin embargo, no estuvieron presentes todos. Hubo significativas ausencias: el lendakari Ibarretxe negó la representación institucional del País Vasco; tampoco hubo ningún representante del PNV, EA, CiU, ERC, IU, BNG, CHA y Naraffora-Bai: ni más ni menos que los partidos políticos que sustentan a Rodríguez Zapatero en la presidencia del Gobierno y al PSOE en las Cortes Generales; algunos de ellos también lo hacen con Pascual Maragall -que sí acudió a la tribuna de la plaza de Colón- y con el PSC en la gobernación de Cataluña.

Otro dato significativo de lo ocurrido en esta plaza madrileña fue el abucheo y la pitada que recibió el presidente Zapatero de buena parte del público cercano cuando llegó a la tribuna y cuando la abandonó. No obstante, el presidente restó importancia al hecho aludiendo a la "libertad de expresión", en pleno ejercicio de su talante democrático. Sin embargo, el ministro de Defensa, el beatífico José Bono, no dudó en calificar a los discrepantes como "facherío", "los fachas de siempre". Seguro que también el inconmensurable José Blanco hará una lectura positiva de todo lo ocurrido, a la vez que responsabilizará al PP del agravio.

Pues bien, en esta ceremonia conmemorativa a España y a las Fuerzas Armadas ya sabe Rodríguez Zapatero con quién cuenta. En primer lugar con el pueblo, al menos con una parte considerable. En segundo lugar, con el Partido Popular y con el Partido Socialista Obrero Español. En tercer lugar, con todas las instituciones nacionales, incluidas las Fuerzas Armadas y la Jefatura del Estado. Y en cuarto lugar, con el reconocimiento del Cuerpo Diplomático en pleno. Los demás, los ausentes, de ellos no obtendrá Zapatero más que deslealtad y traición cuando deje de serles útil.

Ante el cariz que la vida política nacional está tomando por la agresión que supone a España el desafío del proyecto de nuevo Estatuto de Cataluña, el líder de los socialistas y presidente del Gobierno debería percatarse de quiénes están a favor de compartir una casa común y de quiénes lo están por la construcción de su propio chiringuito, socavando la voluntad de la mayoría e imponiendo su modelo por la vía del falseamiento de los hechos, del victimismo nauseabundo y del chantaje permanente. Es más, Zapatero rubricó poco después ante los periodistas su proyecto político con una frase lapidaria: "El Estatuto quedará en el Congreso limpio como una patena". E incluso afirmó que tiene al menos ocho fórmulas distintas para sustituir el término "nación" del Estatuto. Es decir, el presidente del Gobierno -optimista antropológico (sic)- vive más que nunca convencido de su papel redentorista en esta democracia de "baja calidad", y está dispuesto a llegar hasta el final en su transición hacia la legitimación de un régimen republicano.

Una de las peores cosas que le podrían ocurrir a Zapatero es que se ponga en duda, de forma generalizada, su talla intelectual, su cualificación profesional como licenciado en Derecho y su capacidad como político demócrata. Convendría que pusiera coto a lo que empieza a ser ya un incipiente clamor, pero clamor al fin y al cabo. Releer a Cicerón le haría un gran bien, por ver si se contagia de algunos de sus pensamientos. Muy al caso le cuadraría lo que el insigne pensador romano afirmara en Los Deberes: "Los que aspiren al gobierno del Estado deberán tener siempre muy presentes dos máximas: la primera, que han de mirar de tal manera por el bien común, que a él refieran todas sus acciones, olvidándose de sus propias conveniencias; la segunda, que todas sus preocupaciones y toda su vigilancia se extiendan a la totalidad del Estado, no sea que por mostrarse celosos de una parte determinada desatiendan a las demás."

Tratar de legitimizar nuestra democracia, identificándola con los vencidos en la Guerra Civil, mediante una hipérbole política que obvia la España constitucional de 1978, es de una decrepitud intelectual vergonzante. Sólo demuestra el raquitísmo moral del sujeto y el desconocimiento de aquel funesto pasado en el que los nacionalistas catalanes y vascos dieron tantas lecciones de deslealtad a la República. Alguien sensato y documentado con ascendiente sobre Rodríguez Zapatero tendría que advertirle que está emulando la épica de Largo Caballero para arruinar un proyecto nacional que se llama España.
Publicado por torresgalera @ 14:26  | Política
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