lunes, 24 de octubre de 2005
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"La batalla de Trafalgar inaugura un siglo trágico y digno de olvidar para España". Quien esto afirma es Julio Albi, embajador de España en Perú y autor del libro recién publicado “El día de Trafalgar”. Yo no estoy en absoluto de acuerdo con esta frase, ni mucho menos con esta idea. La Historia del siglo XIX es determinante para conformar la España contemporánea. Ya lo creo que me hubiera gustado que los acontecimientos de ese siglo hubieran discurrido de otra forma menos convulsa y menos dramática para el pueblo español, que fue quien, mayoritariamente, soportó la trágica carga de la hostilidad que enfrentó a unos españoles con otros.

Por eso deseo esbozar los rasgos esenciales de lo que entiendo que representó para el devenir de España la batalla de Trafalgar. En primer lugar, quiero señalar que las consecuencias de este desastre naval no fueron determinantes para los hechos posteriores, si acaso un referente, una señal inequívoca, una especie de premonición de lo que se nos venía encima.

La derrota de Trafalgar puede considerarse como la consecuencia del infortunio. Los actos bélicos están sometidos a mil y una contingencias que en muchos casos resultan impredecibles. Por eso, en la milicia la jerarquía, el acatamiento de las órdenes y la disciplina son esenciales para reducir al máximo los componentes sorpresivos en el comportamiento de los ejércitos. Con todo, aún así es insuficiente: el despliegue de las tropas en el campo de batalla, la elección del terreno, las condiciones meteorológicas, el abastecimiento de munición y de víveres, la calidad del armamento, la instrucción del soldado y un largo etcétera pueden malograr una victoria.

En el caso de España, las consecuencias del desastre naval en Trafalgar hay que buscarlas dentro del contexto político en el que se movía el trono de Carlos IV. El rey Borbón era fiel exponente de la monarquía absoluta. La ejecución en París de Luis XVI, en 1793, llevó a Carlos IV a declarar la guerra a Francia formando parte de una coalición antirrevolucionaria. Un año después algunos países miembros de dicha coalición perdieron la confianza en doblegar a la Francia de la Convención. Esto condujo a varios gobiernos, entre ellos el de España, a firmar la Paz de Basilea (22 de julio de 1795), por lo que la Corona española recuperó todos los territorios perdidos durante la contienda excepto la zona oriental de la isla de Santo Domingo. Además, recibió promesas de mejorar los intereses españoles en Italia (ducado de Parma).

Por su parte, Gran Bretaña -todavía en guerra con Francia- denunció los términos del tratado presionando a España para continuar la guerra. El primer ministro de Carlos IV, Manuel Godoy, no sólo desoyó estas pretensiones sino que firmó con el Consulado francés el
Tratado de San Ildefonso en agosto de 1796. Se trató de un acuerdo muy desventajoso para España, ya que en él nos comprometíamos a habilitar un gran contingente de tropa y de navíos de guerra para que Francia dispusiera cuando le viniera en gana. Tampoco se vieron satisfechas las promesas sobre el ducado de Parma que, en buena parte, inclinaron a Carlos IV y a Godoy la alianza con Bonaparte.

Fueron cinco años de guerra que dejaron exhaustas las arcas de la Corona española, amén de los enormes perjuicios que supusieron para nuestro comercio; se arruinó nuestra navegación mercantil y se destruyó nuestra armada. Se puso fin al conflicto el 27 de marzo de 1802 mediante la
Paz de Amiens, y por la cual Gran Bretaña nos devolvió la isla de Menorca pero no Gibraltar ni la isla de Trinidad. De este tratado Manuel Godoy obtuvo el título de Príncipe de la Paz.

No obstante, muchas cuestiones quedaron por resolver, por lo que el conflicto entre Francia y Gran Bretaña no tardó en resurgir. La guerra estalló de nuevo en mayo de 1803, y España intentó en esta ocasión permanecer neutral. Como cabía esperar, Francia reclamó imperiosamente el cumplimiento del
Tratado de San Ildefonso, a lo que se le respondió con que esta era otra guerra. Los problemas internos de España, mortificada por una gran carestía económica y por una epidemia de fiebre amarilla, no fueron suficientes para que Napoleón Bonaparte exonerara a nuestro país de la ayuda comprometida. A lo único que accedió fue a cambiar la ayuda militar por otra económica.

Obviamente Inglaterra no reconoció la neutralidad de España. Así pues, sin declarar la guerra, se dedicó a entorpecer el comercio español y a interceptar los navíos procedentes de América. La gota que colmó el vaso fue el apresamiento de cuatro naves españolas, procedentes de Lima y Buenos Aires con cuatro millones de pesos a bordo, frente al cabo de Santa María, el 5 de agosto de 1804. A final de año Godoy cambió de estrategia y decidió apoyar la intervención militar de Francia en Portugal, aliada de los británicos, con la promesa de Napoleón de conseguir allí un principado.

Por estas fechas las desavenencias en la Corte de Carlos IV eran notorias. Los asuntos del reino estaban en manos del valido Godoy, mientras el soberano se deleitaba con la caza y las fiestas. Por su parte, el Príncipe de Asturias, Fernando, celoso y enrabietado, conspiraba contra su padre y, sobre todo, contra Godoy.

En pleno esplendor de estos avatares, con un Godoy plenamente decidido a conseguir su ínsula, discurre el año de 1805. El gobierno de España vivía de espaldas a todo lo que no fueran los intereses personales de Godoy y del rey y la reina. Los asuntos de América y de ultramar no ocupaban la atención del gobierno lo más mínimo; mucho menos la situación de la Armada española, con bastantes buques todavía pero pésimamente abastecidos de marinería y de mantenimiento básico, además de muy descontenta la oficialidad por el enorme atraso de las pagas. En pocas palabras, dominaba la desmoralización, sólo suplida por el sentido del deber y la disciplina de los marinos profesionales.

Por eso, el 21 de octubre de 1805, mientras la flota aliada hispanofrancesa navegaba -al mando del vicealmirante francés Pierre Charles de Villeneuve, tras desoír las opiniones de los marinos españoles-, para presentar batalla a las escuadra británica de Nelson, se invocó de alguna forma a los malos presagios. Echar en saco roto las juiciosas razones sobre el estado de la mar y los riesgos de navegar en aquellas aguas, bien conocidas por la oficialidad española, fue la primera equivocación para afrontar tamaña empresa. La segunda y más grave, diremos que suicida, fue la orden que emitió Villeneuve de hacer virar en redondo a su escuadra -que navegaba en enfilada rumbo sureste- cuando divisó a la flota enemiga.

En esta maniobra se perdió la mínima opción de salir airoso del encuentro de ambas escuadras, máxime cuando se conocía la calidad de mando del almirante inglés. Horatio Nelson, cuya principal virtud en el combate (y había perdido algunos) era su capacidad de reacción para aprovechar las debilidades del enemigo, determinó nada más cerciorarse de la sorprendente maniobra de la flota hipanofrancesa, que su escuadra virara un cuarto y en dos líneas oblicuas cortara en tres partes la escuadra enemiga antes de que rehiciera la posición y el rumbo. Lo demás es historia sabida. Lo único importante es que dos errores, especialmente el segundo, negaron cualquier posibilidad de victoria. A pesar de todo, la lucha fue brava e incluso heroica en algunos barcos españoles y fraceses, como así lo reconocieron los británicos al llegar a Gibraltar.

Trafalgar ha quedado inmortalizado en los anales de la Historia. Para los británicos fue un día glorioso, que insufló moral a su conciencia colectiva. Para los franceses fue un duro golpe a su desmesurado orgullo y para Napoleón un revés irreparable a su ambición de conquistar Inglaterra; sin embargo, cinco días más tarde obtendría la victoria en Austerlitz. Y para los españoles, la derrota de Trafalgar fue una amarga decepción más que un golpe traumático.

Ni Carlos IV ni Godoy hicieron lo más mínimo para reconstruir la Armada española, por lo que desde entonces la Royal Navy quedó reina y señora de los mares y del control del comercio marítimo. Napoleón supo aprovechar la extrema debilidad de la monarquía española y jugó con ella a su antojo. De ahí que el único garante de la dignidad nacional y fiador de su propia soberanía fuera, a partir de 1808, el pueblo español.

La Guerra de la Independencia en realidad supuso la legitimación de las ideas de la Ilustración pasadas por el tamiz del alma hispana. Ante el vacío de poder que se produjo en el reino, los diferentes territorios (peninsulares y ultramarinos) se aprestaron a elaborar la primera "carta magna" (Constitución de Cádiz, 1812) en la que se consagraba el concepto de soberanía popular -junto a la del rey-, y se introducían otras novedades del racionalismo ilustrado. Se pone así fin al Antiguo Régimen y se da paso a una nueva era.

Desgraciadamente, el regreso a España del heredero del trono, Fernando VII, supuso un agravio de lesa traición. Después de comprometerse a acatar la Constitución, alentado por la facción reaccionaria se desdijo de sus compromisos y reinstauró el absolutismo. Así quedó inaugurado el cisma ideológico que habría de enfrentar y arruinar a los españoles durante buena parte del siglo XIX, al menos hasta la Restauración, en 1874.

Por tanto, Trafalgar fue simplemente un hito que vino a presagiar un devenir desastroso, como en realidad ocurrió. Los gobernantes de aquellos días no dieron la menor oportunidad para que nuestra Nación se resarciera del desastre naval. Ello favoreció, a partir de 1810, el proceso independentista de los virreinatos americanos. Gran Bretaña comenzó a brillar como potencia mundial. Y la Francia napoleónica vivió durante apenas una década más su delirante sueño imperial. Francia nos impuso su yugo, por la mano de nuestros pusilánimes gobernantes, y el pueblo español terminó inflingiéndola un duro castigo. Pero la estulticia y la incompetencia de Fernando VII dio al traste con aquel renovado e ilusionado espíritu nacional que surgió en Cádiz mientras las enseñas y morriones de Napoleón asediaban la “Tacita de plata”. Afortunadamente, aquel viento fresco de libertad ya nunca abandonaría del todo a España.

Publicado por torresgalera @ 21:00  | Historia
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Publicado por Invitado
martes, 25 de octubre de 2005 | 20:07
En una larga, agradable a ratos tediosa en otros, he defendido cosas muy parecidas. Qué trabajo cuesta, Señor, luchar por lo que es evidente. Trafalgar for ever.