jueves, 03 de noviembre de 2005
ImagenUn año más y cumpliendo con la tradición -como cada 2 de Noviembre, Día de Difuntos-, el más famoso y popular drama español, Don Juan Tenorio, ha vuelto a los escenarios de algunos teatros españoles. Esta obra, de la más pura estética romántica, nos recrea en el recuerdo de una tipología de individuos, que aunque trasnochada y en desuso, todavía su esencia anida en el alma de bastantes de nuestros contemporáneos.

Don Juan era un tipo simpático, que caía bien a mucha gente. Gozaba de un verbo fácil e ingenioso, que utilizaba tanto para embaucar a las damas como para engañar a cualquier circunspecto y sesudo preboste. Su apostura y gallardía se traslucían a través de unos modales altaneros y con frecuencia desafiantes, aunque también sabía mostrarse delicado y zalamero cuando la ocasión lo demandaba. De profesión vividor y aventurero, se ganaba el sustento como soldado de fortuna en los Tercios españoles, y cuando no estaba de servicio engordaba su hacienda como tahúr del naipe y porfiador en cualquier clase de trapisonda; eso sí, se ufanaba de su elevado sentido del honor y de servir con lealtad al Rey.

Don Juan se tenía por muy hombre, y ese criterio era común en la época en la que se desarrolla El burlador de Sevilla, trama que escribiera Tirso de Molina alrededor de 1630, inspirada en una leyenda medieval. Sin embargo, nuestra sociedad no le reconoce como tal, es más, afortunadamente prevalece el entendimiento de que Don Juan responde al perfil de un canalla genuino, que se vale de sus naturales dones para satisfacer sus insaciables apetitos.

En todas las interpretaciones, versiones o variaciones que sobre la obra de Tirso se realizaron posteriormente, el personaje de Don Juan se desenvuelve -como no podía ser de otra manera- en un ambiente de libertinaje y escándalo: el Don Juan o el convidado de piedra (1665), de Molière; la ópera Don Giovanni (1787), de Mozart; en pleno romanticismo Lord Byron compuso el poema Don Juan y Prosper de Mérimée escribió Las ánimas del Purgatorio.

En el celebérrimo texto de José Zorrilla, Don Juan Tenorio (1844), Don Juan es descrito como un hombre rebelde y diabólico. Simboliza la libertad individual frente a las leyes sociales. Pero la peculiaridad del drama de Zorrilla es que Don Juan encuentra finalmente su salvación en el amor de Doña Inés, cuando le pide perdón. Este acto permite una conciliación entre la religión y la imagen romántica del héroe seductor y arrogante.

He aquí la solución redentorista que el autor de la obra urdió para un personaje despreciable, que durante toda su vida avasalló a personas y haciendas y que se pavoneaba de su leyenda: “... y en todas partes dejé / memoria amarga de mí.” El desenlace de esta tragedia se produce en un cementerio, justamente en el panteón familiar de los Ulloa donde están enterrados los cuerpos de Don Gonzalo, padre de Doña Inés, y la propia doncella, muerta de desamor tras la huída de su amante homicida.

Ciento sesenta años después del estreno del Don Juan Tenorio, continua representándose este drama romántico. Es cierto que cada año languidece más el interés del público por la obra de Zorrilla, entre otras cosas porque el personaje de Don Juan interesa cada vez menos, y porque los valores morales vigentes cada vez están más lejos -diríamos que a años luz- de los que se expresan en esta tragedia (afortunadamente).

En cualquier caso, un año más en estas fechas se sigue representando el Don Juan Tenorio. También continua la costumbre de visitar los cementerios para honrar la memoria de nuestros difuntos. Aunque el caso es que en la actualidad el Día de Difuntos está totalmente confundido con la Festividad de Todos los Santos, que es el primero de Noviembre; quizá sea porque el día 1 es festivo y el 2 no lo es.

Además, en esta ocasión los españoles hemos podido asistir al estreno de un nuevo drama escrito en el Parlamento de Cataluña. La obra ha tenido un solo acto, pero se ha celebrado con toda la solemnidad en el Palacio del Congreso de los Diputados. El protagonista de la tragedia corrió a cargo de un Tenorio colectivo, el llamado progresismo democrático, que ha raptado y violado a la Constitución aprobada por la soberanía popular en 1978 (El Pueblo español). A partir de ahora procederá a matarla lentamente. Por fortuna, el único defensor de la doncella -en esta ocasión Don Gonzalo de Ulloa se trocó en Mariano Rajoy, portavoz de la España leal a la Constitución- se erigió sobre los avasalladores con tal grandeza de espíritu y tal fortaleza de argumentos que sus efectos no han de pasar desapercibidos en mucho tiempo. Rajoy supo transmitir a los españoles el mensaje de que afortunadamente no todo está perdido.
Publicado por torresgalera @ 23:18  | Política
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