viernes, 11 de noviembre de 2005
ImagenAcuden a mi mente recuerdos, en forma de imágenes destellantes, de niños y jóvenes de un pasado no muy lejano; o tal vez sí. Imágenes donde se ven docenas de niños, todos con babi a rallas blancas y azules, jugando en el patio del colegio; imágenes de una clase de bachilleres atendiendo, en el más riguroso silencio, las explicaciones de un profesor algo calvo, con bigotito bien perfilado y vestido con terno gris marengo, camisa blanca y corbata de luto; imágenes de un grupo de niñas, en fila de a dos, dirigiéndose a la iglesia bajo la tutela de dos señoritas de mediana edad; imágenes de una jura de bandera, donde una multitudinaria y abigarrada tropa se afana en mantener la compostura en un cuadro impersonal y sin rostro.

Son imágenes que pertenecen a un tiempo en el que imperaba la uniformidad. Niños, adolescentes y jóvenes vivían bajo el sometimiento de estrictos criterios sociales, rubricados por el poder público y refrendados en la intimidad familiar. Eran tiempos en el que el padre, el vecino, el conductor de tranvía, el sereno, el maestro, el cura y el guardia municipal -por enumerar sólo algunos ejemplos- representaban unos referentes en la convivencia. No obstante, la gente común no vivía con miedo, bien al contrario, se afanaba con determinación en los quehaceres cotidianos sin renunciar a sus sueños. Definitivamente, son imágenes de otros tiempos.

Desde entonces han ocurrido muchas cosas, para bien y para mal. En España la paz social malvive en un punto próximo entre la resignación y la exaltación. Francia lleva ardiendo casi dos semanas. En el resto de Europa nadie se fía de nadie. Del resto del mundo nos llegan incesantes secuencias de imágenes perturbadoras. Y el universo mediático no hace más que escupir, en un toma y daca sin compasión ni descanso, bocanadas de un ardiente amasijo de vocablos cuyos significados han perdido todo su esplendor semántico, hasta convertirse en cuchillas envenenadas de doble filo: democracia, libertad, solidaridad, igualdad, dignidad, moral, justicia, progreso, cultura, nación, mayoría, respeto, individuo, prójimo, paz...

No, no siento la más mínima nostalgia del pasado. Comprometí mi vida, hace de eso más de treinta años, en el ideal de una sociedad plural y democrática, en el que la educación, la cultura y el esfuerzo personal de hombres y mujeres les hiciera libres. En cambio, ¿qué tenemos hoy?: una contingencia tal de imágenes perturbadoras que han terminado por arrastrar a buena parte de nuestra sociedad hacia una conciencia cada vez más descreída. Es el triunfo de la negligencia y la estulticia. Pobre cosecha con la que alimentar algún sueño colectivo. En cualquier caso, siempre nos quedará la compra a plazos, el móvil con cámara de fotos, el liberador fin de semana y el psicólogo recuperador de la autoestima.

Documentos acreditados y numerosos próceres de nuestra vida nacional afirman que España es un ejemplo de nación para el mundo en casi todo. No entiendo, por tanto, de qué nos quejamos, y menos qué hace la sociedad movilizándose para protestar en las calles de Madrid contra la nueva ley de educación (LOE). Las fuerzas del progreso, lideradas por el presidente Rodríguez, están determinadas a reformar un sistema educativo (LOGSE) que todo el mundo coincide en calificar de funesto. Rodríguez va, por fin, a corregir aquel desastre que hace quince años puso en vigor su homólogo y camarada, Felipe González. Pronto desaparecerán de los periódicos y los telediarios las negras crónicas de sucesos que protagonizan muchos de nuestros escolares y adolescentes en colegios, institutos y calles; el fracaso escolar se reducirá a la mínima expresión; los padres retomarán el papel tutelar de sus hijos, y los maestros recobrarán un prestigio social relevante. ¡Que Dios nos coja confesados!
Publicado por torresgalera @ 8:00  | Política
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Publicado por Invitado
viernes, 17 de octubre de 2008 | 0:52
Sonrisa