domingo, 27 de noviembre de 2005
Zapatero y BonoParece de chiste. La capacidad que tienen algunos ministros de hacer el ridículo y quedar como un bocazas. El de Defensa está que se sale. En los últimos quince días parece que ha hecho una apuesta para demostrar hasta dónde puede llegar su intrepidez y bizarría. No le importa el precio que antes o después tendrá que pagar por su osadía, porque él cree que lo tiene todo calculado. José Bono va por libre, no sigue el guión -aunque disimula lo contrario- de los demás miembros del Consejo de Ministros. Está convencido de que el agravio que le hizo Rodríguez Zapatero cuando éste se entendió con Pasqual Maragall y otras federaciones socialistas para quitarle la Secretaría General del PSOE, se volverá pronto contra su ahora jefe inmediato.

Bono es un viejo zorro que se las sabe todas en el arte de la gobernación. Por eso su reinado en Castilla-La Mancha ha sido omnímodo durante más de veinte años. Quien ha intentado hacerle sombra se ha quemado como el incauto Ícaro, hijo de Dédalo, por querer volar demasiado alto. Conoce el secreto del buen gobierno que consiste en no decepcionar a nadie, y en no tomar partido por unos en contra de otros; Bono no defrauda a sus contrincantes, a los que trata con mano izquierda, a menudo obsequiosa de afectos, aunque sean fingidos; y a los más renuentes y contumaces, a sus auténticos enemigos, los machaca en público pero, a continuación, les hace requiebros en la intimidad y les deja el gusto agridulce del amigo arrepentido.

Este zorro manchego, que aparentemente un día se dejó seducir por su presidente, en realidad abandonó el Palacio de Fuensalida en Toledo para venir de caza a la Villa y Corte. Sí, Bono está de caza y cada día huele más cerca a su presa. Por eso desentona en el salón del Consejo de Ministros. Él va a lo suyo y, mientras, hace el paripé de que es un ministro disciplinado que no se aparta un ápice de la voluntad de su presidente. Sí, ese presidente por accidente, que cuatros años antes vendió su alma al diablo para salir elegido secretario general del PSOE, aprovechándose de las inquinas entre barones que impidieron en las primeras votaciones del XXXV Congreso que Bono alcanzase la jefatura del partido.

Por eso Rodríguez Zapatero -sólo nueve votos más que Bono- se vio en la necesidad de atraerle para su causa cuando formó Gobierno después del 14-M. El virrey de Castilla-La Mancha aceptó como un mal menor, porque sabía que desde su ínsula no tenía ninguna posibilidad de ajustar cuentas a sus enemigos familiares. En su estrategia, el Ministerio de Defensa le ha venido de perlas, porque le mantiene prudentemente alejado del epicentro de la desquiciada política nacional. Esta cartera le posibilita mejorar su prestigio a través de las Fuerzas Armadas, así como consolidar su credibilidad en el seno de la familia militar y de la propia Casa Real.

Defensa le ha introducido, además, en la política internacional de forma tangencial pero con menos riesgos. Bono acumula solvencia mediante el entramado de contactos de alto copete que el cargo le exige: en el Pentágono, la OTAN, la Unión Europea y en todo aquello que tiene que ver con paz y seguridad. Ahí es nada.

José Bono está haciendo lo que mejor sabe hacer: populismo. Todo un master de populismo pero a la francesa, con
“grandeur”. Comenzó haciéndolo con la retirada de las tropas españolas de Irak, luego con la tragedia del Yak-42 y, ahora, con el pobre Francisco Larrañaga, joven hispano-filipino condenado a muerte por doble asesinato. No le importa lo que tenga que hacer con tal de que parezca que él ha conseguido que no le ejecuten. El ministro Bono protagonizó hace unos días una de las escenas más innobles y de mayor bajeza moral de cuantas se pueda uno imaginar. A la salida del encuentro con la presidenta de Filipinas, Gloria Macapagal, pidió un teléfono delante de las cámaras de televisión y se puso en contacto con la madre del condenado para darle la noticia: «Le llamo para comunicarle que su hijo no será ejecutado.»

Horas más tarde alguien del Ministerio de Asuntos Exteriores se puso de nuevo en contacto con la familia para aclararles que no había ninguna novedad respecto a la posición que sobre este caso ya manifestó la presidenta filipina el pasado 21 de septiembre. Este compromiso lo obtuvo el ministro Moratinos de su homólogo filipino y de la presidenta, y así lo informó en el Pleno del Senado el 5 de octubre, a preguntas del senador del PNV Iñaki Anasagasti.

Desde luego José Bono es el ejemplar más genuino e incalificable del Consejo de Ministros. El manchego ocupa una silla para que no enrede lejos de La Moncloa. Es muy listo y Rodríguez Zapatero nunca le integrará en el núcleo duro que defiende su proyecto, suponiendo que el presidente tenga alguno. Pero es que Bono tampoco lo desea y lleva tiempo desmarcándose de los pretorianos del PSOE.

El ministro de Defensa se ha enzarzado en una lucha de esgrima gestual y dialéctica con algunos de sus compañeros de Gabinete, como Miguel Ángel Moratinos y José Antonio Alonso. Con ambos ha mantenido y mantiene discrepancias abiertas, sobre todo con el responsable de la seguridad del Estado. Se siente muy por encima de ellos, como se ha visto en el asunto de los aviones de la CIA. El ministro del Interior no dudó ante la prensa en comprometer una pronta investigación y en considerar la gravedad que supondría para las relaciones hispano-norteamericanas que estas aeronaves hubieran utilizado aeropuertos españoles en su transporte de prisioneros a cárceles ilegales. Por su parte, Bono afirmó no tener conocimiento de estas acusaciones y, por tanto, descartó poner en entredicho la excelencia de esta relación bilateral.

Veremos qué papel desempeña José Bono en la firma del contrato de venta de material militar de España a Venezuela. El monto de la operación asciende a la nada despreciable suma de 1.700 millones de euros, y además tiene como contrapartida una importante carga de trabajo para los astilleros españoles Izar. El Gobierno de Zapatero ha hecho de este asunto un caso de independencia. Bono está jugando desde hace tiempo a ser, ante la Administración Bush, el hombre creíble y conciliador del Gobierno español. Ahora este esfuerzo se puede venir abajo. El embajador de Estados Unidos en España, Eduardo Aguirre, ya ha advertido de los riesgos que supondría consumar este contrato. La Casa Blanca considera esta operación "un factor desestabilizador en esa región".

Pero, insisto, José Bono está embarcado en una operación de caza mayor de alto riesgo. Cuanto más se acerca el momento de disparar a su presa mayor es el peligro. Desde luego no le conviene la foto sonriente junto al esquizoide Hugo Chávez. Puede ser su tumba política. En cambio le viene muy bien la radicalización de la política que está realizando Rodríguez Zapatero. En breve tendrá que hacer una crisis de Gobierno y remodelar el Gabinete. Ese sería el momento de Bono para salir del Consejo de Ministros, cuando goza de mayor grado de aceptación en las encuestas. Luego, esperar a que su presa caiga en la celada del debate en el Congreso del articulado del Estatuto de Cataluña, y cofiar en lo que suceda: retirada del texto por los nacionalistas e independentistas, o bien, que termine el trámite, se apruebe el Estatuto y los procesos electorales de 2007 y 2008 acaben con Zapatero.

Mientras, José Bono tendrá que hacer acopio de grandes dosis de cautela, sangre fría y audacia para saber desvincularse sin que parezca que es un pusilánime y, llegada la ocasión, aparecer en escena como el gran restaurador. El problema a esta estrategia es que otras ya se han puesto en marcha para salvar al PSOE. Veremos, dijo un ciego. Bono seguro que nos sorprenderá a todos.

Publicado por torresgalera @ 21:50  | Política
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