sábado, 14 de enero de 2006
ImagenCada día que pasa estoy más convencido del abismo que separa a los políticos -los que gobiernan y los de la oposición- de la gran mayoría de ciudadanos. Y chupando rueda del gallinero institucional tenemos a los medios de comunicación, aventando con fruición ese piélago de disparates descomunales en que ha derivado el debate de la cosa pública. Nada, unos y otros, publicanos y plumillas opinadores, viven empeñados en magnificar su cotidaniedad hasta el punto de perder el sentido de la medida, del pudor y hasta de la vergüenza.

Comienzan a desbrozarse los primeros días de 2006 con los mismos soniquetes con que periclitó el año precedente. Y para avivar la candela que inflama los ardorosos corazones de nuestros animosos próceres y de sus muy leales notarios, los Reyes Magos de Oriente, que es lo mismo que decir la Pascua Militar, nos ha traído este 6 de enero el ornato castrense; ya están todos los elementos necesarios para componer el gran bodegón de la vida pública que tanto juego dio en España durante el siglo XIX y buena parte del XX.

Muchos de nuestros políticos en el cotarro del poder están encantados con la situación: los espadones en faena dando proclamas, los curas en su cruzada contra el maligno y los banqueros y jerifaltes del dinero y los negocios dándose abrazos con los advenedizos de la gobernación mientras adivinan el hambre que traen. El escenario está al completo. Ya no queda más que hacer que unos y otros se muevan por la tarima y deambulen dando rienda suelta a su temeraria imaginación. Hay juego para todos, porque, en el fondo, se creen superiores y no son más que unos turiferarios del general, el obispo y el banquero, sólo que ellos no lo saben. Piensan que han superado el pasado y que el poder civil podría por fin imponerse al de Marte, Júpiter y Ceres; y como son tan cortos de entendederas han caído en la tentación de reinventar la Patria, la Nación y el Estado, poniéndose a la cabeza del Olimpo como si de dioses beatíficos y salvadores se tratara, aunque en realidad, lo que están haciendo no sea más que convertir la vida pública en un gran estercolero, que apesta hasta la náusea y corrompe la convivencia.

Entretanto, y con el mar de fondo rugiendo con levantisco temporal, los ciudadanos continúan con sus vidas a espaldas de tanto botarate, aunque hayan sido elegidos con sus votos. Cuarenta y cuatro millones de almas, no todas ellas blancas, persiguen su destino sorteando incertidumbres, contratiempos y celadas sin que nada ni nadie pueda remediarlo. A estas alturas son pocos los habitantes de esta España zarandeada y bullanguera que mantienen alguna credulidad en sus representantes públicos y en sus administradores; y de la Justicia ni hablamos, que además de ciega y lenta cada día se percibe más distraída e influenciable.

La enseñanza solvente y respetada, el trabajo digno y gratificante, la garantía de acceso a la vivienda digna, la salvaguarda de costumbres y valores en pacífica convivencia con nuevas alternativas de vida, la confianza en la aplicación de la ley y en la intolerancia con el delito, y una beligerante oposición por parte de los poderes públicos ante los abusos y excesos del libre mercado, continuan siendo las principales prioridades que demanda la sociedad y que siguen sin encontrar las debidas respuestas.

Estas sí son cosas que importan, que interesan y por las que los españoles empeñan cada día sus vidas. Las luchas por el poder entre advenedizos mendicantes, iluminados por sectarios y oligofrénicos ideales incubados con el estigma del odio y el desprecio hacia lo contrario, absorben todas sus energías. Lo demás, aquello que ocupa y preocupa al común de los mortales, es algo secundario que se deja para concejales y jefes de negociado. Para solucionar las cosas que importan no son necesarias guerras ideológicas ni coartadas políticas, sino sentido común y ponerse a trabajar. Y para eso no se han presentado a las elecciones.
Publicado por torresgalera @ 14:09  | Pensamientos
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