martes, 17 de enero de 2006
ImagenObservo con perplejidad los nuevos episodios que se suceden en este gran patio de monipodio en el que se ha convertido la vida pública española. Cada uno de esos acontecimientos o sucedidos tienen su correlación en dos niveles: en el de los hechos y en el de las declaraciones; y sin solución de continuidad, la prensa y demás medios de comunicación transmiten, jalean, critican y vituperan a los responsables y protagonistas de acciones y declaraciones. Todo ello en una espiral sin fin que en numerosos casos alcanza naturaleza hiperbólica.

Como quiera que en la actualidad los asuntos se multiplican y suceden a velocidad de vértigo, sin dar tiempo para el respiro, ni mucho menos para asimilar cabalmente el alcance y consecuencia de los mismos, el enredo nacional es sublime y el disparate campea por todas partes. Claro está que yerra más quién más habla, por aquello de que “somos esclavos de nuestras palabras y prisioneros de nuestros silencios”; sobre todo quienes tienen máximas responsabilidades por estar al frente de la rex (cosa) pública.

Y en esta atalaya personal en que uno se encuentra para la observancia de los quehaceres patrios, no dejo de sorprenderme, con sobresalto las más de las veces, de las piruetas dialécticas de unos y otros. Claro está que algunos personajes alcanzan cimas delirantes de la antología del disparate; en otros casos los gestos y declaraciones conducen directamente a la hilaridad de los receptores de sus mensajes; y en no pocas ocasiones los próceres se retratan como tontos de remate.

Llegado a este punto, mi perplejidad la sujeto a un caso singular, del que tengo que señalar que jamás fue santo de mi devoción, si saber muy bien por qué. Se trata de José Blanco, secretario de Organización del PSOE, un tipo que siempre me inspiró desconfianza y que en la única ocasión que le traté personalmente me dejó esa sensación que producen esas personas a la que jamás compraría un coche usado.

Ciñéndome al objeto de esta causa, diré que una vez más me sorprendió la dureza inusitada con que José Blanco criticó este lunes al líder del PP: llegó a reprochar a Mariano Rajoy de “utilizar torticeramente la Constitución para anclar a España en el inmovilismo, detener la reforma [en alusión al Estatuto catalán] y también por tratar de impedir que se abra la puerta a la paz en el País Vasco".

José Blanco es un gallego intenso más que profundo, que ejerce sin pestañear y sin mover un solo músculo de la cara el papel de guardián de la fe y del cofre de las esencias. Por eso no se cortó un pelo para afirmar sin retórica que el PSOE, de la mano de Rodríguez Zapatero, continúa dando “pasos hacia la paz”, a la vez que negó que el PP “vaya a detener la apuesta por la paz que se vive en este país”. Y en estas estaba el número dos del socialismo español cuando alguien le preguntó: “¿Y es un paso hacia la paz permitir que Batasuna se reúna?” La respuesta de Blanco no pudo ser más sorprendente: es “irrelevante” que Batasuna se reúna o no.

En menos de veinticuatro horas el secretario general del PSOE no ha dudado en reinventarse a sí mismo. Su interpretación de la decisión del juez de la Audiencia Nacional, Fernando Grande Marlaska, de suspender el congreso convocado por Batasuna para el sábado 21, ha sido todo un ejemplo de cintura política, de astucia de poderoso y de cinismo personal. José Blanco ha declarado con gran solemnidad, como es habitual en él, que la decisión del magistrado es "una gran noticia", que demuestra que "afortunadamente, el Estado de Derecho funciona".

Vivir para ver... y escuchar.
Publicado por torresgalera @ 23:06  | Política
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