Decía
Pío Baroja que
"A una colectividad se le engaña mejor que a un hombre". Existen experiencias formidables en la Historia de la Humanidad, en que sociedades enteras o de forma muy mayoritaria han sucumbido al engaño y la estafa de talentos prodigiosos para el embaucamiento y la perfidia. Estos siniestros episodios siempre han concluido en regímenes opresores y de terror. No han sido pocos los visionarios paranoicos que han demostrado habilidad para manipular la frustración colectiva y sus anhelos de reparación de agravios históricos; que han seducido con mentirosas y arteras dialécticas las mentes y las conciencias de aturdidas masas; y que a la postre han terminado sucumbiendo, antes o después, bajo los efectos de su aborrecible engaño dejando una huella negra y amarga en la memoria de los pueblos.
Estas dramáticas experiencias de engaño y manipulación colectiva se acompañan de un enorme y exigente esfuerzo propagandístico, así como de abundantes dosis coercitivas y de intimidación que garanticen la eficacia del proceso de expansión ideológica. A lo largo del siglo XX los ejemplos fueron estremecedores: diferentes formas de totalitarismos nos enseñaron que en aras de sublimes ideales el hombre es capaz de cometer las mayores atrocidades y crímenes que la mente humana pueda imaginar.
Continuando con la cita del gran escritor español, del que el próximo 30 de octubre se cumplen 50 años de su muerte, vienen al pelo de la actual situación política nacional aquellas palabras que pronunciara en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, el 12 de mayo de 1935:
"Cada cual se encierra en sus doctrinas, en sus simpatías, sin escuchar al vecino. Se dice que en todas partes pasa lo mismo. ¡Qué se va a hacer! Yo no creo en las discusiones y polémicas de ingeniosidades y de frases; pero si cada cual se encierra en su doctrinarismo o en su utopía sin echar una mirada curiosa del que está cerca vamos a pasar, o mejor dicho, van a pasar los que vengan, períodos muy negros, más que nada por estupidez y por incomprensión." Reflexionando sobre estas palabras, no parece que hayan transcurrido más de 70 años.
Pío Baroja, preclaro ejemplo de iconoclasta, que despreciaba a los políticos y admiraba a los grandes hombres, sufre desde el silencio de ultratumba la indiferencia de la Administración cultural de su amado País Vasco. Silencio sepulcral impuesto no a un disidente sino a un acervo crítico de la política rancia, pedestre y cainita que inundó de sangre e ignominia el suelo patrio. Una vez más, el gran novelista puso de manifiesto su aversión al democratismo fraticida al afirmar que
"En España el parlamentarismo es una escuela de charlatanes y logreros, gente con anhelo de vivir bien con o sin méritos para ello."
Asistimos en estos tiempos a la escritura de una nueva página negra de nuestra Historia. El engaño, la falsedad y la felonía se han instalado en la vida pública. Volvemos a las guerras tribales, donde los jefes de los clanes y los chamanes imprecan la memoria de sus antepasados, exaltan el imaginario atávico y enardecen con jaculatorias y arengas el valor de sus guerreros. El enemigo está definido y no queda más que eliminarlo: son ellos o nosotros.
Alguien dirá que el meollo de la cuestión nacional gira en torno a si España está por el progreso o por la reacción; incluso hay quien invoca a la España de los Reyes Católicos como la gran amenaza con la que quieren involucionarnos los sectores políticos y sociales más intolerantes. Manipulaciones tan groseras como estas se llevan realizando todos los días desde hace dos años. Quien se deje engañar a estas alturas es un incauto o un ignorante. Pronto lo comprobaremos.