martes, 24 de enero de 2006
Cornélio TácitoEl historiador romano Cornelio Tácito aseguraba que “Quien se enfada por las críticas, reconoce que las tenía merecidas”. No es este el caso entre nuestra clase política, que insensible ante la crítica ajena encima se revuelve con el descrédito y la descalificación del que osa ejercitar ese derecho: antes la muerte que reconocer errores propios o de su partido político.

¿Dónde está, pues, la libertad de conciencia? ¿Dónde la autocrítica? ¿Dónde el coraje personal para alzar la voz contra los atropellos y la vulneración de la ley? No escuchamos estos días palabras disonantes entre los partidos políticos en el poder contra la tropelía que representa el acuerdo, alcanzado por el presidente Rodríguez Zapatero con los líderes de Convergencia i Unió, sobre el texto del nuevo estatuto para Cataluña; si acaso, las disonancias provienen de aquellos (ERC) que consideran insuficiente dicho texto. Los que alzan su voz para denunciar la infamia -políticos del Partido Popular y numerosas individualidades de la sociedad- son ignorados y despreciados sin miramiento alguno.

Hasta ahora no han sido pocos los analistas que han porfiado en que las sólidas convicciones de muchos políticos socialistas, sobresalientes o menos, terminarían rebelándose contra este intento de minar la España constitucional. Sin embargo, ni en la pasada reunión del Comité Federal del PSOE ni de manera espontánea se ha escuchado disidencia alguna contra los hechos consumados. Todo confirma, una vez más, que el juego de intereses de la política se impone y tiraniza a los propios políticos; con ello se perpetúa el interés partidista sobre el general, y la democracia se desvirtúa por la merma de libertad y la ausencia de grandeza de espíritu.

Este vasallaje es incontestable. Deteriora la vida pública y a todas las siglas afecta, sin que nadie está exento de culpas. Frente a la política irresponsable de Rodríguez Zapatero, favoreciendo la acción reivindicativa y disgregadora de los nacionalismos periféricos, el Partido Popular juega el papel de agraviado, toda vez que no escatima oportunismo y descaro en presumir de progresismo provinciano al patrocinar la reforma del Estatuto valenciano; ahora que le ha metido un par de puyas la leal oposición socialista, las huestes del presidente Camps ponen el grito en el cielo. ¿Qué creían, que iban a capitalizar esta iniciativa? Ahora tendrán que tragar los sapos que les han metido en la boca o afrontar una campaña de desgaste por reaccionarios. Les está bien empleado. Y no digamos el bochornoso espectáculo del líder pepero en Cataluña, Josep Piqué, que está en el punto de mira del PP por mostrar algún signo de complacencia con aspectos del acuerdo pactado sobre el estatuto.

Recordando aquello de que "la democracia es el menos malo de los sistemas", habría que colegir que no es menos cierto que hay democracias y democracias. Desde luego España no es el mejor ejemplo de modelo democrático. Nuestro modelo legitima la dictadura de los partidos, tiene un sistema electoral indeseable que deja pocas opciones a los electores y privilegia a los partidos nacionalistas y regionalistas, y, por último, la división de poderes está gravemente conculcada. Ante esta realidad, el valor ético de la dignidad y el derecho al libre albedrío para decidir sobre lo que está bien y lo que está mal son virtudes puestas en almoneda. Disentir de algunas consignas o de algunas acciones del grupo es considerado herejía, crimen de lesa majestad; así como coincidir en alguna crítica del adversario puede ser tomado como revisionismo traidor.

La Historia nos ha enseñado muchas cosas acerca de los grandes errores del hombre. Decía Tulio Cicerón que “Que de hombres es equivocarse; de necios persistir en el error”. Y lo peor de esta actitud recalcitrante de negar el error propio y deslegitimar al adversario es que acrecienta el rencor y pone e peligro la convivencia.

Publicado por torresgalera @ 21:40  | Política
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