miércoles, 08 de febrero de 2006
El Islám"Europe is the cancer, islam is the answuer." (Europa es el cáncer, el islam es la respuesta.) Frase rotunda, perturbadora; se exhibía, junto a otras del mismo tenor, en pancartas que enarbolaban exaltados manifestantes musulmanes en una céntrica calle de Londres. Más que un síntoma parece una premonición. La Alianza de civilizaciones propugnada por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero ha quedado reducida, ante la llamada crisis de las caricaturas, a un ingenuo brindis al sol. La realidad ha demostrado en pocos meses que lo que parecía una atrevida respuesta a los males de nuestro tiempo, no es sino la formulación de un sofisma oportunista.

No parece que sea una casualidad que las conflictivas caricaturas de Mahoma, publicadas en el periódico danés Jyllands Posten, hayan alcanzado la notoriedad cinco meses después de su publicación. ¿Por qué, entonces, es ahora cuando se convierte este asunto en cuestión de apasionada y furibunda confrontación? Los analistas coinciden en señalar que esta es la respuesta del régimen fundamentalista de Irán ante la presión que los gobiernos poderosos de Occidente están ejerciendo sobre el de Teherán para que aclare su opaca política nuclear. De ser cierto, el panorama no puede ser más sombrío y amenazador.

Desde luego en política, y menos tratándose de política internacional, las cosas nunca ocurren porque sí. Aunque algunos conflictos son antiguos, desde el final de la guerra fría las tensiones regionales se están fraguando en torno a otras derivadas. Al no existir las alternativas que ofrecía la política de bloques, toma cuerpo a marchas forzadas el islamismo político frente al modelo hegemónico del capitalismo democrático y liberal: es decir, frente al imperio de la economía de libre mercado, del lessair fair-lessair passair y de la globalización, el Islam está convencido de que se encuentra ante una gran oportunidad histórica.

El mundo islámico vive el presente como un preludio de trascendencia histórica. Ya no se trata de variantes integristas para entender y vivir la religión de Mahoma. La conciencia mesiánica y redentorista ha irrumpido con mayor o menor fortuna en todo el mundo musulmán. Por mucho que algunos regímenes políticos en países musulmanes hagan esfuerzos por atemperar los efluvios fundamentalistas, lo cierto es que hasta ahora han cosechado escasos resultados. El laicismo institucional se diluye en los pocos países que aún lo tiene, porque sus gobernantes han caído en la cuenta de que les produce más rentabilidad -al menos a corto plazo- mostrarse como agraviados ante Occidente que aparecer como insolidarios frente a sus hermanos de fe.

Cada vez está más claro que lo del enemigo norteamericano no ha sido más que un pretexto. Gracias al sionismo y a su incondicional protector el islamismo fundamentalista está vertebrando una conciencia propia, insospechada hace tan solo un par de décadas. Pero Europa también está estigmatizada. Y lo peor es que no sabemos cómo defendernos de esta amenaza. A base de desnudarnos de nuestros ropajes culturales, de desprendernos de nuestro acervo de valores y creencias, y de sumergirnos en un nihilismo estéril y descorazonador, la mala conciencia se ha adueñado de nuestra política y de nuestra alma.

Hace 800 años numerosas tribus turcas llegaron a Europa rodeando el Mar Caspio. Una vez asentadas en los Balcanes y el Asia Menor fueron cerrando la tenaza sobre el Bósforo: ya se habían asimilado al islam. Y tras una resistencia heroica, el 29 de mayo de 1453, Constantinopla caía rendida a las manos de Mahomet II el conquistador. Este hecho supuso el fin del imperio bizantino, el cual se había mantenido mil años. Constantino Paleólogo, último emperador, murió defendiendo las murallas de la ciudad. Lo primero que ordenó el nuevo sultán fue trasformar la catedral de Santa Sofía en mezquita.

La caída de Constantinopla (en adelante Estambul) causó enorme agitación en Occidente. Nada impidió que aquel vigoroso y fanatizado imperio continuara extendiéndose por Europa del Este y el Norte de África. Afortunadamente los Reyes Católicos expulsaron a los últimos vestigios de poder musulmán en España, lo que impidió a los turcos utilizar el reino nazarí como estribo en el que afianzar su pie para saltar a Europa desde el Oeste.

En cualquier caso, la expansión del imperio otomano no cesó, tanto por Oriente como por Occidente. Durante el sultanato de Solimán el magnifico sus ejércitos asediaron Viena en 1535; y en 1566 el propio Solimán encontraría la muerte durante el asalto a la ciudad húngara de Sigetz. Este hecho marcaría el cenit del esplendor otomano en Europa. No obstante, y a pesar de la importante victoria naval de la Liga cristiana sobre la otomana en Lepanto (1571), aún deberían pasar muchos años antes de que el espacio cristiano de Europa hiciera valer su hegemonía frente a la amenaza turca.

Pues bien, lo que a simple vista no son más que recuerdos de un pasado convulso y pletórico para ambas civilizaciones, para el mundo musulmán representa una de sus principales señas identitarias. Se trata de un legado histórico del que se sienten orgullosos, porque en él se recoge la epopeya de unos valerosos hombres que llevaron el mensaje del profeta Mahoma y su libro sagrado, El Corán, a las cimas más elevadas la Historia musulmana.

En cambio, el siglo XX ha sido uno de los periodos históricos más oscuros para el mundo islámico: los europeos liquidaron el imperio otomano, tutelaron los territorios liberados y definieron estados y fronteras a conveniencia, impusieron el Estado de Israel en el corazón de Palestina y gestionaron los recursos naturales para favorecer su crecimiento y bienestar. Como se puede ver, demasiados agravios como para ser olvidados. El dato favorable de esta centuria es que la religión de Mahoma se ha extendido por todo el mundo y ha crecido sustancialmente el número de sus fieles.

Ahora estamos en una fase avanzada de recuperación de la conciencia colectiva del Islam. De ello se encarga el integrísimo, toda vez que actúa como ariete que golpea las murallas de Occidente; murallas muy frágiles por estar minadas por la mala conciencia, el descreimiento y la pérdida de valores. Los europeos hemos perdido la perspectiva y nos hemos envanecido hasta el paroxismo. Y no hemos caído en la cuenta de que no serán ejércitos de muslimes bereberes, ni de aguerridos mamelucos o fieros turcos los que amenazarán nuestras fronteras. No; son las dispersas legiones de hambrientos inmigrantes de países musulmanes de África y Asia las que están preparando, sin proponérselo, el asalto final.

La tensión internacional abierta con la crisis de las caricaturas no es más que un ejercicio de propaganda, perfectamente diseñado por el fanatismo islámico. Estamos en plena fase de ideologización de su opinión pública. El objetivo es conseguir en el medio plazo la mayor cohesión entre los pueblos musulmanes. Mientras, se afianza la quinta columna fanatizada en Europa y se debilita la voluntad de los dirigentes sociales y políticos: entre otros, los primeros ministros de España y Turquía han condenado, de su puño y letra, el affaire
caricaturesco. Su debilidad, más tarde o más temprano, nos perderá a todos.

Centrar el debate de la actual crisis en torno a la libertad de expresión es un ejercicio de retórica esteril. Es el odio, el resentimiento y el desprecio hacia el modelo de vida occidental lo que informa el fondo de este enfrentamiento. Los dirigentes islámicos nos han tomado la medida y trabajan en un proyecto de erosión y derribo de nuestra civilización. Es una idea un tanto temeraria, pero tienen a Dios de su parte. Eso les convierte en contumaces e implacables.

Publicado por torresgalera @ 13:54  | Mundo
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Publicado por Invitado
jueves, 15 de junio de 2006 | 22:13
Una respuesta: El islam es un cáncer agresivo y mortal, y tiene metástasis en todos los pueblos de Europa. La metástasis no para de crecer, y pronto producirá grandes dolores a Europa. Europa sigue chupándose el dedo.