sábado, 18 de febrero de 2006
ImagenEl conflicto que enfrentó durante todo el siglo XIX y buena parte del XX a la sociedad española giró en torno a dos visiones contrapuestas de entender la organización del Estado. Una era partidaria de mantener vigente a toda costa la secular concepción del poder como atributo exclusivo de la Corona, por delegación divina, y, por tanto, bajo la incondicional tutela de la Iglesia católica; era partidaria de perpetuar el Antiguo Régimen, el estamental y el de los privilegios. La otra, alentada por el pensamiento ilustrado, daba por superada la etapa anterior y situaba la soberanía en el individuo que, libremente, debía decidir su destino mediante el albedrío de formas primigenias de organización social; se sentía arrebatada por la idea de libertad.

La trágica dialéctica histórica entre absolutismo y liberalismo se decantó, a partir de la cuarta década del XIX, del lado liberal; aunque nunca desapareció del todo la tentación absolutista (véanse los pronunciamientos del carlismo en las décadas siguientes). No obstante, el triunfo liberal no fue un camino de rosas. Desde los tiempos de la primera guerra carlista el liberalismo manifestó en su seno profundas divergencias, que pronto llegaron a ser antagónicas.

A finales de los 50, el general Leopoldo O'Donnell realizó un gran esfuerzo de pragmatismo al aglutinar en una sola opción política los sectores más templados del moderantismo y del liberalismo, creando la Unión Liberal. Este partido, el primero propiamente dicho que hubo en España, alcanzó el poder en 1859 y gobernó sin interrupción hasta 1863. En todo lo que corría de siglo España no había vivido un periodo tan grande de estabilidad política y de progreso económico.

Mas como las cosas terrenales no pueden durar eternamente, y menos en aquellos tiempos tan cambiantes, la paz interior terminó sucumbiendo ante el hostigamiento del recalcitrante moderantismo y del impetuoso liberalismo, acuciado este por el naciente democratismo y republicanismo. Y como redentor de España ante la vesania reaccionaria que se había instalado en el poder, surgió un iluminado: el general Juan Prim, el héroe de los Castillejos. El conde de Reus y vizconde del Bruch se impuso el papel de estandarte del progreso y se lanzó con determinación a la tarea de traer un nuevo régimen a España.

Como hombre y militar de su tiempo, Prim no dudó en instalarse en la aventura insurreccional para devolver lo que él pensaba que era el honor y la dignidad a la patria, y durante dos largos años acechó a la presa del poder. Ahíto de paciencia, el marqués de los Castillejos soportó con estoicismo los fracasos y el exilio. Pero su contumaz perseverancia terminó dando sus frutos, y el 17 de septiembre de 1868 se produjo en Cádiz “La Gloriosa”, el triunfal pronunciamiento que terminaría con el exilio de la reina Isabel II y con el gobierno en manos de Prim.

Aquel paréntesis revolucionario que se abrió en la Historia de España se inauguró con nuevos modos de dialéctica política: el pistolerismo terrorista, que acabaría con el asesinato del propio Prim, a la sazón presidente del Consejo de Gobierno. La inconsecuencia de unos y otros dio lugar en apenas seis años a especular con todas las fórmulas posibles del Estado: Regencia, Monarquía y República (esta última en sus variantes de federalismo vertical y horizontal). El experimento terminó en un clamoroso fiasco.

Esta triste y lamentable desventura histórica fue el resultado de la fantasiosa puerilidad de unas clases dirigentes más preocupadas en mirarse el ombligo que en comprometerse en una verdadera tarea modernizadora de España. Demasiadas contradicciones, desconfianzas, rencores y odios puestos en la misma olla. De aquel caos terminó beneficiándose la burguesía moderada que reinstauró la monarquía en la persona de Alfonso XII, hijo de Isabel II, con la consiguiente aclamación del pueblo español.

La incapacidad de aquellos ilusos dirigentes para solucionar los problemas endémicos de la población, y su facilidad para crear otros nuevos, como poner en riesgo la unidad nacional, produjo una gran ocasión perdida. La Restauración supuso una segunda oportunidad, que si bien fue válida hasta comienzos del nuevo siglo, se vio superada por su propio agotamiento. Después sobrevino otro nuevo periodo autoritario con el general Primo de Rivera, para concluir en otro de esperanza, malgastado y tirado por la borda.

Aquí y ahora, en la España de 2006, ya no se debate entre absolutismo y liberalismo sino entre la idea de una España confederal e intervencionista y una España liberal y de progreso. Buena parte de la actual clase política se ha convencido de que los “tiempos” de la Unión Liberal o de la Restauración -versus Transición- han llegado a su fin. Y persuadidos de la necesidad de una transformación radical, más por ambición ciega de poder que por evidencia sustantiva de la ineficacia del actual sistema, nos han embarcado a los españoles en un peligroso viaje. Los más pesimistas están viendo ya el abismo; otra parte sustancial de la sociedad se muestra incrédula porque cree que da lo mismo una cosa que la otra; y los entusiastas de la España de Zapatero se ven ya en la Arcadia feliz.

Desde mi rincón de observador medito sobre aquellas experiencias del pasado. En ambos casos el titular de la Corona salió corriendo para evitar el derramamiento de sangre, y en ninguno lo consiguió. En el primero hubo una segunda oportunidad más que razonable, en cambio en el segundo el remedio fue peor que la enfermedad. Y yo, sinceramente me pregunto: ¿Habrá ocasión esta vez para remediar esta tercera desventura?
Publicado por torresgalera @ 13:59  | Política
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios