viernes, 07 de abril de 2006
ImagenLa diabólica realidad política que se vive en el País Vasco está inmersa en una encrucijada de muy difícil salida. Se trata de una sociedad que padece los síntomas de una esquizofrenia colectiva. Esta enfermedad del cerebro humano, que afecta la capacidad de pensar claramente, de controlar las emociones, de tomar decisiones o de relacionarse con los demás, tiene su equivalencia en el comportamiento anómalo de grupos sociales sometidos a presiones extremas.

En el caso del nacionalismo vasco, radical y de izquierdas, ese que gira en torno a la banda terrorista ETA, la sintomatología está además aderezada de fuertes rasgos paranoides (un tipo de esquizofrenia agravado por sentimientos de persecución; los individuos afectados suelen tener delirios de grandeza [superioridad] asociados con la protección a sí mismos contra la supuesta conspiración).

Ante este panorama, en el que se ha extendido la idea de que el País Vasco está sometido a un “genocidio cultural, lingüístico y étnico” por el Estado español, romper este hechizo sicótico es una tarea ardua, casi imposible. Además, superar la ensoñación fantasiosa que el nacionalismo ha interiorizado sobre la patria vasca, y recuperar la conciencia sobre la realidad de los hechos pretéritos y presentes, requiere unos recursos dialécticos, morales y racionales muy deficitarios en la actualidad. El juego de intereses, tanto en la sociedad vasca como en la española, ha impedido hasta ahora que prospere cualquier proyecto terapéutico de gran calado, si no con visos de curar, al menos paliar contundentemente los efectos malignos de la enfermedad.

El llamado nacionalismo democrático ha sido el gran encubridor y beneficiario del discurso revolucionario y criminal de ETA. Los políticos de las dos grandes fuerzas de ámbito nacional han vivido acomplejados el fenómeno nacionalista desde el comienzo de la Transición, y han antepuesto siempre beneficios inmediatos en vez de aplicarse a políticas liberadoras de las servidumbres nacionalistas. Y cuando por fin, juntos y de la mano, abordaron el desenmascaramiento del mundo abertzale mediante la acción de la Justicia y de las Fuerzas de Seguridad, un golpe de viento electoral cambió la tripulación y ésta fijó un nuevo rumbo a la nave del Estado.

Afortunadamente algunas cosas han quedado meridianamente claras. Primero, que el tercer pilar del Estado, la Justicia, ha demostrado que el entramado político y social abertzale, amparado en un conglomerado de siglas legales, forma parte de ETA; es decir, es ETA. Segundo, que cuando se ha ilegalizado y procesado a buena parte de ese entramado logístico, la banda terrorista se ha debilitado extremadamente. Tercero, que si Batasuna o EKIN están vinculadas a ETA, la banda lo está a Batasuna y a EKIN. Y, cuarto, que para que ETA abandone definitivamente las armas y la violencia es imprescindible que los líderes de las organizaciones (actualmente ilegalizadas) abjuren de la violencia y cambien definitivamente el discurso sobre el proyecto de construcción del País Vasco.

En pocas palabras, que ETA es Batasuna y Batasuna es ETA. Y esto que parece una perogrullada no se tiene en cuenta a la hora de delimitar los términos correctos de un posible proceso negociador con el nacionalismo radical. La gente tiene que saber, debe tener conciencia, de que poner en la calle al dirigente de Batasuna Arnaldo Otegui, a su responsable de comunicación Juan José Petrikorena y al ex dirigente de Gestoras pro Amnistía Juan María Olano, es dejar en libertad a tres dirigentes de ETA. La banda criminal no es sólo una organización asesina y mafiosa, es mucho más que eso: es una corporación estatalizada, que durante mucho tiempo ha mantenido gran parte de su actividad en la superficie legalizada del sistema democrático, y otras actividades -las militares, logísticas y en parte las financieras- han estado y están sumergidas en los subterráneos de la clandestinidad.

Por eso los vasos comunicantes permanecen expeditos entre los dos niveles, pasando sus miembros de un lado al otro sin la menor dificultad; que se lo pregunten si no a Arnaldo Otegui. De ahí las dificultades actuales de los batasunos para ejercer su tarea: no condenan la violencia ni a ETA por no negarse a sí mismo; y están ilegalizados por no querer arrancarse los brazos. Como se puede ver, la encrucijada no tiene solución. No hay más que observar la foto de la nueva Mesa Nacional de Batasuna que se presentó ante la prensa hace unos días: son los mismos de siempre. Es la cúpula de ETA en la superficie. Es el generalato que dirige las distintas esferas de la vida pública (política, laboral, judicial, pro-amnistía, etc.) del mundo abertzale. De los responsables en la clandestinidad hablaremos otro día.
Publicado por torresgalera @ 20:54  | Política
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