Responsabilidad es la capacidad de cada ser humano a comprometerse en el respeto a sí mismo y en el respeto hacia los demás. Por eso es tan importante que cada cual se forje en los conceptos del bien y de mal, no según su libre albedrío sino conforme al acervo de conocimientos y experiencias que atesora su legado cultural, ético y moral. Por tanto, corresponde a las generaciones adultas transmitir e instruir a sus descendientes, para que los neófitos adquieran la conciencia necesaria de su propia identidad y la del mundo al cual pertenecen.
Este deber de enseñanza no constituye en sí mismo un grado de responsabilidad, es algo más primario y esencial: se trata de un instinto de supervivencia. Dicho instinto -con el devenir de la civilización- se ha transformado (se ha enriquecido) en un hecho racional que todos los individuos sociales terminamos asumiendo como irrenunciable. Enseñar a nuestros hijos -a los hijos de nuestra sociedad- es una responsabilidad perentoria que no admite la menor discusión.
En cambio, lo que por desgracia sí admite -en exceso, según mi modesto entender- discusiones y controversias son el qué y el cómo de esa responsabilidad de enseñanza a nuestros jóvenes. Quizá el motivo de tanta diletancia y pusilanimidad, de tanto complejo de autoritarismo como se padece en la actualidad, es la consecuencia -en líneas generales- de que nuestra sociedad se encuentre tan perdida. La profunda desorientación moral e ideológica que padece la sociedad europea, la tiene sumida en una trivial secularización donde campan por sus respetos el relativismo moral y el materialismo liberticida, toda vez que es blanco fácil de la desesperación y de los fanatismos políticos y religiosos.
Por eso, a falta de nada mejor a lo que aferrarnos, hemos convertido ciertos conceptos en estériles iconos vacíos de contenido de tanto usarlos sin ton ni son. Se nos llena la boca de palabras como libertad, y las escupimos sin haber comprendido un ápice su verdadero significado. Es un recurso fácil y cómodo para justificar nuestra incapacidad para el compromiso, para la renuncia y el esfuerzo.
Esta reflexión, llena de tristeza y espanto, viene a cuento del terrible drama que se vivió en las primeras horas de la tarde del viernes 14 de abril, Viernes Santo, en una carretera de Pontevedra a la altura del municipio de Meis. Allí perdieron la vida cinco personas en un accidente de circulación: un joven de 18 años, sin carné de conducir, arroyó a dos motocicletas en las que viajaban cuatro personas: tres mujeres y un hombre. Una maniobra incorrecta del inveterado conductor del automóvil, efectuada a 140 kilómetros por hora, provocó el trágico suceso. Y como si de una funesta moraleja se tratara, la fatal maniobra asesina provocó también la muerte instantánea de su acompañante: su madre, de 38 años, que le había autorizado a que condujese para que pudiera practicar.
Eh aquí la siniestra lección que un adolescente ha aprendido para el resto de sus días: que el goce indiscriminado y los atajos para obtener lo que a la mayoría les cuesta esfuerzo, tiempo y dinero, a veces -desgraciadamente no siempre- se cobran un alto precio. Y si tenemos la tentación de congratularnos porque al menos el joven se ha salvado, no seamos ingenuos. Este muchacho está condenado de por vida a huir de sí mismo. La persona que no supo ejercer su responsabilidad como madre, escapó del horror de la tragedia de su hijo, dejándole herido de muerte para siempre.