El conflicto que enfrenta a Israel con Palestina desde hace cincuenta y ocho años está hoy más lejos de la solución que cuando comenzó. Nadie duda de que el actual Estado de Israel es una realidad artificiosa, patrocinada por las potencias occidentales en la postguerra mundial. Quizá fue una cierta mala conciencia histórica, o tal vez un acto de redención justiciera hacia un pueblo secularmente maldecido y despreciado; quizá ambas cosas a la vez, más algunas otras. Pero lo cierto es que este pueblo semita se siente orgulloso de haber recuperado una porción de su tierra prometida, y nadie le volverá a echar de allí.