Nada tiene de censurable que el pensamiento humano se modifique y evolucione en un sentido u otro, siempre y cuando el cambio sea asumido con valentía por su protagonista. No obstante, a veces ocurre que el mutante ideológico esconde u oculta aquella parte de su biografía que le resulta vergonzosa en relación a su nueva identidad intelectual. En realidad este es un problema de índole moral que afecta a la conciencia, por lo que resulta muy difícil a los demás congéneres dilucidar con equidad sobre tan delicada cuestión. Cosa distinta es cuando la sospecha de ocultación recae sobre una personalidad relevante, acrisolada de prestigio social, a la vez que tenida por ejemplar referente por un amplio sector de la opinión pública.