lunes, 21 de agosto de 2006
Günter GrassNada tiene de censurable que el pensamiento humano se modifique y evolucione en un sentido u otro, siempre y cuando el cambio sea asumido con valentía por su protagonista. No obstante, a veces ocurre que el mutante ideológico esconde u oculta aquella parte de su biografía que le resulta vergonzosa en relación a su nueva identidad intelectual. En realidad este es un problema de índole moral que afecta a la conciencia, por lo que resulta muy difícil a los demás congéneres dilucidar con equidad sobre tan delicada cuestión. Cosa distinta es cuando la sospecha de ocultación recae sobre una personalidad relevante, acrisolada de prestigio social, a la vez que tenida por ejemplar referente por un amplio sector de la opinión pública.

Viene esta reflexión a cuento del revuelo que ha producido la confesión del afamado escritor alemán Günter Grass (Premio Nobel de Literatura y Premio Príncipe de Asturias de la Letras, ambos en 1999), sobre su pertenencia durante su juventud a la Waffen-SS (brazo armado de la organización paramilitar de las SS, conocida por su importante contribución al exterminio de los judíos). Poco importa que el hecho ahora conocido haya sido revelado por el propio autor del "Tambor de hojalata", o que hubiera sido divulgado por alguien ajeno. En cualquier caso, la decepcionante noticia ha generado un gran escándalo mediático.

Aquí no se discute la naturaleza misma del hecho. A nadie se le escapa que en la Alemania nazi de 1944, un joven de 14 a 17 años (fuertemente ideologizado por el Estado) quisiera servir, tanto en el ejército como en el cuerpo paramilitar más elitista del régimen. Este fenómeno se viene repitiendo a lo largo de la historia, en la que millones de adolescentes se han sentido impelidos a enrolarse en ejércitos, milicias, guerrillas y partidas que simbolizaban cualquier ideal inducido. Y tampoco es censurable que el joven Günter Grass, -prisionero de las tropas norteamericanas durante un año- quisiera esconder su pasado para comenzar una nueva vida (lo hicieron millones de alemanes y otros aliados del Tercer Reich a partir de 1945). Lo que de verdad supone un baldón de cobardía y un ejercicio de tramposa intencionalidad es su contumaz silencio, para reaparecer dos décadas después, cuando el éxito literario le había sonreído, haciendo gala de un espíritu puro y de una voz crítica para denunciar al imperialismo de las barras y estrellas y para justificar la política bienhechora soviética.

Resulta muy esclarecedor -por lo que tiene de profundo análisis y fino juicio- el capítulo doce (El fracaso de la cultura), del libro de Jean-Françoise Revel, El conocimiento inútil (Espasa Calpe - Colección Austral, 1993). En dicho capítulo Revel analiza el nefasto papel desempeñado por un sector importante de la intelectualidad occidental, que desde el periodo de entreguerras vivió empeñado en cuestionar la solvencia y superioridad moral del modelo democrático frente al modelo totalitario. En la década de los treinta, ilustres escritores europeos defendieron el desarme pacifista como el mejor antídoto para neutralizar a Hitler, desde Bertrand Russell a Jean Paul Sartre. En Italia, desde D'Annunzio, pasando por Pirandello y Papini, hasta Marinetti, propugnaron unos años antes el advenimiento del fascismo; otros se enrolaron en el estalinismo. Después de la Segunda Guerra Mundial la izquierda europea quedó fascinada y abducida por el modelo soviético hasta bien entrada la década de los ochenta.

De los muchos casos que cita Revel cobran especial actualidad las palabras dedicadas a Günter Grass: «Cuando Günter Grass estimó que ya se había hecho bastante célebre como novelista para permitirse perder completamente la cabeza en la política, se puso a exhortar a sus conciudadanos a "hacer acto de resistencia, a resistir al liderazgo norteamericano en la perspectiva del genocidio que nos amenaza". Alemania tenía, según él (Grass), un medio para compensar "la ocasión perdida en 1933 de resistir cuando fue anunciado el genocidio que iba a venir". De hecho, la resistencia de Grass a la Alianza Atlántica hace pensar más bien en la resistencia de los pronazis y los profascistas a la democracia, durante los años treinta, y especialmente en Francia. También ellos se "resistían" al rearme de los países democráticos.»

Con estas palabras concluye Jean-François Revel, negándose a comentar y calificar -por evidente y superfluo- el espíritu que anidaba en el ánimo de Günter Grass de que «el mejor medio para lavar el oprobio del genocidio hitleriano sería dejar que el poder soviético llegara a ser la política dominante en Europa occidental...»

En fin, este intelectual casi octogenario, paradigma del poder establecido, está encantado con su juego. Él sabrá por qué se ha sentido obligado a confesar su secreto: todo indica que es una simple y descarada operación de marketing para vender su nuevo libro de memorias, "Pelando la cebolla". En esta obra Grass apenas dedica unas frases para comentar este episodio oculto de su biografía, lo que confirma que no existe arrepentimiento ni pesar por haber ocultado la verdad al público. Se trata de airear someramente un asunto para que la crítica favorezca la venta de ejemplares. No hay remordimiento ni disculpa: aquello tan solo fue un error de juventud. Punto final. La recuperación de la memoria histórica para los totalitarios es otra cosa: institucionalizar la idea de que la victoria moral de la izquierda (o la derecha) es superior a su derrota política, económica e intelectual.

El delirio conceptual y la ignominia de los actos de esa izquierda es tan extraordinaria que la historia del siglo XX nos inunda de ejemplos. Uno entre cientos de miles lo tenemos en Georges Marchais, secretario general del Partido Comunista de Francia entre 1972 y 1994. Marchais ocultó durante varias décadas su etapa de trabajador voluntario en la industria de guerra nazi, a la que acudió desde la Francia de Vichy para ayudar al esfuerzo bélico alemán. El hecho lo desentrañó en 1981 el semanario L'Express. En España el único periódico que no dio ni una sola línea fue El País. La disculpa del entonces director Juan Luis Cebrián fue que el jefe de internacional estaba de vacaciones y el adjunto era comunista. Como se puede comprobar, una vez más, el mito totalitario no está cimentado sobre la verdad sino sobre la alienación de la sociedad. Y sus intelectuales constituyen la vanguardia de esa dictadura cultural.

Publicado por torresgalera @ 19:12  | Personajes
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Publicado por maty
martes, 22 de agosto de 2006 | 1:04
Una temporada en el infierno: Grass y Semprún, en Buchenwald, por Juan Pedro Quiñonero

http://unatemporadaenelinfierno.net/?p=1383

PD: he vuelto a reincorporarle a mis seguimientos RSS diarios.