Ciudadano
Artur Mas. Me dirijo a usted para llamar su atención sobre algunas cuestiones de su proceder político que me parecen muy graves y lesivas para la convivencia. Y dado que usted es el candidato de
CiU a la presidencia de la
Generalidad de Cataluña, creo que debería ponderar más su discurso y sus gestos políticos.
En primer lugar, tengo que señalar que usted transmite la sensación de estar encantado con haberse conocido. Esto, de ser así, es peligrosísimo, puesto que es muy fácil deducir que de usted para arriba nadie, sino todo lo contrario; eso de mirar por encima del hombro a los demás es de una insolencia imperdonable. Así que, usted mismo.
Una segunda cuestión tiene que ver con el gesto histriónico que ha protagonizado usted con el numerito del notario. Sinceramente le confieso que ha imitado de maravilla a un típico gerente comercial. Es aquello de si no queda conforme le devolvemos su dinero. Pero con ser una grosería más, de las muchas que ustedes los políticos hacen y dicen -sobre todo en las campañas electorales-, lo peor de todo es que usted no ha tenido el menor empacho -con ese gesto tan mediático- de despreciar de un plumazo a un sector considerable de la sociedad catalana. Pues muy bien, con su pan se lo coma, pero luego no nos venga con que usted es un grandísimo demócrata y un gran amante de
Cataluña. Mal asunto es ese de repudiar a un hermano sin que éste le haya birlado la mujer, robado la herencia ni traicionado en los negocios. Tan sólo, porque es diferente.
Y, por último, quisiera recordarle que profesionalizar un sentimiento (el de usted por su patria) es de una bajeza moral portentosa. El sentimiento surge espontáneamente como respuesta del espíritu a ciertas experiencias personales. Es un hecho subjetivo que se puede analizar y ponderar, no discutir e imponer. Le aseguro, señor Mas, que yo entiendo a
Jaime I el Conquistador, a
Ramón Llull, a
Ausias March, a
Francesc Cambó y a
Josep Plá, entre otros grandes catalanes de todos los tiempos. Pero a usted y a otros como usted -lo mismo me dá de derechas que de izquierdas-, no sólo no les entiendo sino que les detesto por la malignidad intrínseca de su quehacer en la vida pública. En vez de trabajar en aras de concitar la concordia con sus semejantes, usted trabaja incansablemente en acentuar las diferencias, el enfrentamiento y la exclusión de aquellos que no sienten ni opinan como usted. Y lo peor de todo es que encima se cree imbuido de legitimidad intelectual y moral por el hecho de que cientos de miles de catalanes le apoyan y votan. A
Adolf Hitler también le apoyaron y votaron millones de alemanes y mire usted lo que pasó.
Termino, señor Mas, señalándole que su posibilismo político es un juego que probablemente le llevará al
Palau de San Jordi. Pero no olvide que será a costa de un gran ejercicio de mezquindad y de un innoble proceder. Cataluña no necesita reinventarse a sí misma pues ya es grande, con usted y sin usted. Y sin
Maragall y demás socios de la presente y lamentable legislatura.