Cuando el llamado "proceso de paz" se dé por fracasado sólo se darán dos opciones: aceptar con humildad el fiasco y aprestarse con determinación a enmendar el entuerto, o lamentarse de la porfía y responsabilizar a otros del fracaso. En cualquier caso, ambas situaciones serán igualmente lamentables y bochornosas; pero la segunda (la más probable) será miserablemente inmoral.