Sobrevivir cada minuto, cada hora y cada día es el impulso más genuino de cualquier forma de vida. En el caso del ser humano, dotado de unas cualidades intelectivas y emocionales muy superiores a la de las demás criaturas, hay que añadir un instinto natural hacia la trascendencia. Nuestra pequeñez respecto a la infinitud del Universo no nos impide cuestionar la existencia, ya sea como respuesta a un designio sobrenatural o como la consecuencia evolutiva de una energía de la que desconocemos casi todas sus cualidades.