Los científicos expertos en el tema afirman que la vida en cualquier otra parte del Universo es posible. Para ello es necesario que se den circunstancias semejantes a las que convergen en el planeta Tierra, ya que las leyes que rigen en todos los rincones de dicho Universo son las mismas, incluida, claro está, la Vía Láctea de la que forma parte nuestro sistema solar.
Por tanto, ¿qué circunstancias deben concurrir para que la vida sea factible en cualquier rincón, por recóndito que sea, del cosmos? En primer lugar, tiene que existir un planeta que orbite alrededor de una estrella a una distancia suficiente como para que en torno a su superficie no haga ni demasiado frío ni demasiado calor. Además, en su atmósfera tiene que existir una proporción razonable de oxígeno, hidrógeno y nitrógeno, que en contacto con el necesario carbono de su corteza, permitan formas de vida equiparables a las que se han desarrollado en algún momento de la evolución de la Tierra. Esto no quiere decir que sea, necesariamente, un proceso calcado al de nuestro planeta, pero sí similar.
La vida orgánica no tiene más que un camino, y este se inicia a partir de seres unicelulares. El Universo está formado por los mismo elementos que los humanos hemos recogido en la tabla periódica. Lo que cambia es la proporción de sus combinaciones. Pero la vida orgánica tiene su alfa en los cuatro elementos señalados, siempre que un exceso de calor (por encima de 40º centígrados) o una ausencia del mismo (por debajo 0º) imposibiliten la aleación de los átomos en los elementos señalados.
Ahora hemos conocido que un equipo de astrónomos de Suiza, Francia y Portugal han identificado el primer planeta extrasolar en el que podría ser compatible la vida tal y como la conocemos. Se trata de un planeta un cincuenta por ciento mayor que el nuestro, y con una masa cinco veces superior. Orbita alrededor de la estrella
Gliese 581, una «enana roja» más pequeña y fría que el Sol y situada en la constelación de Libra dentro de nuestra galaxia. El descubrimiento se ha realizado gracias al espectrógrafo
HARPS, instalado en un telescopio de 3,6 metros de diámetro, ubicado en La Silla, Chile.
Hay que tener en cuenta que cualquier planeta con menos de la mitad de masa que la Tierra no tendría gravedad suficiente para retener una atmósfera idónea para el desarrollo de la vida, como sucede con Marte. Por el contrario, planetas con una masa superior a diez veces la de la Tierra tienen tal gravedad que atraen hasta los gases y otros elementos abundantes en el espacio, como hidrógeno y helio, lo que les lleva a convertirse en gigantes gaseosos, como es el caso, en nuestro sistema solar, de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
En el caso de la estrella Gliese 581 sabemos que se encuentra a 20,5 años luz de distancia (un año luz equivale a casi diez billones de kilómetros). Que en su órbita, además del planeta recién descubierto, ya se conocían otros dos planetas, gigantes gaseosos con quince y ocho masas terrestres, mucho más parecidos a Neptuno que a la Tierra.
También sabemos que el nuevo planeta «viaja» alrededor de su astro mucho más deprisa que la Tierra alrededor del Sol, y efectúa una órbita completa cada trece días. Y que se encuentra catorce veces más cerca de Gliese 581 de lo que nosotros estamos del Sol. No obstante, y a pesar de las diferencias de tamaño, luminosidad y temperatura entre Gliese 581 y el Sol, el nuevo planeta está exactamente en la «zona habitable» de su estrella, una estrecha franja orbital en la que un planeta debe estar situado para que en él se den las condiciones necesarias para la vida.
En definitiva, la
«Súper Tierra» descubierta alrededor de Gliese 581 cumple todos los requisitos para albergar la vida orgánica. Como afirma
Stéphane Udry, del Observatorio de Ginebra y coautor del descubrimiento,
«Estimamos que la temperatura en esta “Súper Tierra” debe oscilar entre los 0 y los 40 grados, con lo que el agua debería ser líquida..., y los modelos existentes predicen que el planeta debería ser rocoso, como nuestra Tierra, o cubierto por océanos».
Por su parte,
Xavier Delfosse, del Observatorio de Grenoble y miembro del equipo científico, asegura que
«Por lo que sabemos el agua líquida es crítica para la vida. Y a causa de la temperatura y de su relativa proximidad, este planeta se convertirá probablemente en un importante objetivo para futuras misiones espaciales dedicadas a la búsqueda de vida extraterrestre. En el mapa del tesoro del Universo, uno estaría tentado de marcar este mundo con una “X”».
Lo más excitante de este descubrimiento es que Gliese 581 se encuentra entre las cien estrellas más cercanas a la Tierra. Se trata de una «enana roja», la clase de estrellas más abundantes en nuestra galaxia, pequeñas y relativamente frías (con temperaturas superficiales que rondan los 3.500 grados, la mitad que el Sol).
«Las enanas rojas -dice
Xavier Bonfill, otro de los autores del estudio, de la Universidad de Lisboa-
son los objetivos ideales para buscar planetas de baja masa en los que pueda haber agua en estado líquido. Debido a que emiten menos luz, las «zonas habitables» de estas estrellas están mucho más cerca de ellas de lo que sucede en el Sol».
Y si este descubrimiento -aún por confirmar- nos parece un prodigio, imagínense las posibilidades que se abren a la vida si contemplamos únicamente los cien millones de estrellas que se presumen en la Vía Láctea. Aquella paradoja que llevara a la hoguera a
Giordano Bruno (el 17 de febrero de 1600, en Roma), sacerdote dominico condenado por la Inquisición por defender la idea de que la Tierra no era el centro del Universo, y que el Sol era uno más entre una infinidad de soles, no es más que la prueba de la miniatura que somos en medio de la inmensidad del Cosmos. Medio siglo después,
Isaac Newton afirmaría que
«La unidad en la variedad y la variedad en la unidad es la ley suprema del Universo.»