lunes, 07 de mayo de 2007
SarkozyVarias e importantes lecciones se pueden extraer de los comicios presidenciales de Francia del pasado domingo. Aunque hay más, destacaré tan sólo dos que me han llamado poderosamente la atención. En primer lugar, el hecho de que el candidato triunfador haya alcanzado la máxima magistratura de la República con un programa de gobierno contranatura. El proyecto de Nicolas Sarkozy se fundamenta en subvertir los hábitos y tendencias –practicados igualmente desde hace más de tres décadas por los políticos de izquierdas como de derechas– que han terminado por anquilosar y anestesiar a la sociedad francesa. Dichos vicios pandémicos en el ejercicio del poder se llaman estatalismo omnímodo y paternalista, administración burocratizada, centralista, hipócrita y perezosa.

Desde los tiempos de Platón todo el mundo sabe que el gran peligro natural de la democracia, en su forma más abyecta, es la demagogia. Por eso resulta sorprendente que Sarkozy –hijo de un inmigrante húngaro– haya obtenido un triunfo tan holgado (seis puntos de diferencia) sobre su oponente, la candidata socialista Ségolène Royal. Por primera vez en más de treinta años, un líder conservador francés ha ganado unas elecciones presidenciales con un discurso que apelaba al cambio; nada de regalar los oídos de los electores, como suele ser práctica habitual en las partitocracias. Nicolas Sarkozy ha apostado por rehabilitar la V República (Royal predicaba instaurar la VI), convocando a los franceses a la recuperación de los valores republicanos. Frente al relativismo, el multiculturalismo y estancamiento económico de la Francia actual, el líder la UMP ha reivindicado la ética del esfuerzo y del trabajo, del mérito y la excelencia, de un menor intervencionismo del Estado y de un mayor compromiso y responsabilidad individual.

Y la segunda lección que deseo destacar de estas elecciones presidenciales deviene en una paradoja: que un líder conservador sea el que haya presentado un proyecto más innovador y revolucionario, frente al catálogo de propuestas de más de lo mismo, cuando no trufadas de enunciaciones ambiguas, como las presentadas por la candidata progresista. Y, sobre todo, Sarkozy ha manifestado su disposición a firmar el acta de defunción del todavía vigente acervo de contravalores que introdujo en la vida pública de Francia, y de Europa occidental, el mayo de 1968.

Esta apuesta es, además de sorprendente, todo un desafío histórico. Hay que tener muchos redaños para pronunciarse en estos términos sin el más mínimo complejo, algo esto último muy habitual en la derecha. Bullo de inquietud e impaciencia ante cómo piensa abordar el nuevo presidente francés la erradicación de estigmas tan arraigados en su país. Desinstalar el «prohibido prohibir» de la vida pública; o desactivar los efectos de aquel eslogan, «la imaginación al poder», que con tanta fortuna exorcizó el activista marxista Alain Krivine a buena parte de la juventud durante aquella algarada callejera del 68. En fin, este y otros muchos asuntos relativos a la vida nacional son los que esperan a partir de ahora a Nicolas Sarkozy en su nuevo destino del Eliseo.

No hay que olvidar que el sistema presidencialista francés es el que más prerrogativas y poderes otorga a un jefe del estado de las democracias occidentales. Es una especie de presidencialismo regio, derivado de un republicanismo que tiene sus raíces en la Monarquía Absoluta nacida en Europa en el siglo XVII de la mano de Luis XIV. Esta realidad histórica es la que ha convertido a los franceses en tan dependientes del Estado. Una dependencia que comparten con sus vecinos alemanes para desgracia de todos los europeos. El compromiso de Sarkozy es el de tratar de remediar esta situación sin que ello signifique eliminarla por completo, por muy liberal que él se defina. Se trata de un compromiso similar al que adquirió la canciller alemana Angela Merkel.

En cualquier caso, todavía deberemos esperar un poco. Hasta junio, que es el mes en el que los franceses celebrarán elecciones legislativas. Sin una mayoría de centro-derecha Sarkozy tendría serias dificultades para sacar su proyecto de gobierno adelante. Por tanto, Francia tendrá que esperar un poco para recuperar su plena vitalidad intelectual, social y económica. Y los europeos para ver cómo el nuevo presidente trae de vuelta a Francia a Europa. Sarkozy está concienciado de lo que debe hacer, aunque no mediante un nuevo referendo: es partidario de un minitratado. El tiempo lo dirá.

Y en política exterior y de defensa no digamos. Son las parcelas exclusivas del jefe del estado. Aquí, en Europa, las expectativas son enormes. Y no digamos en Washington. En definitiva, Nicolas Sarkozy representa una gran oportunidad para Francia, para Europa y para la estabilidad y prosperidad mundial. Una revolución de brazos abiertos.

Publicado por torresgalera @ 19:43  | Mundo
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