Que la vida está llena de sorpresas, no lo pone en duda nadie; y que las sorpresas no tienen límites ni condición, eso también es sabido. No obstante, hay sorpresas que sin tener un carácter extraordinario, cuando te las encuentras, así, de sopetón, le dejan a uno estupefacto. Eso es lo que me ocurrió a mí hace unos días en Galicia: concretamente en Guitiriz, un balneario situado a unos pocos centenares de metros de la localidad lucense del mismo nombre, al que acudí para tomar las aguas y descansar durante un par de días.