Agosto se ha extinguido con un adiós de clamores restallantes en los telediarios y en las portadas de los diarios. El fin de la canícula se anuncia con broches perlados de lágrimas y sollozos desmayados por algunas partidas inesperadas (la del genial escritor Paco Umbral o la del joven futbolista sevillista Antonio Puerta), también en horas más recientes nos anunciaban el deceso del último dandi de una sociedad periclitada, José Luis de Vilallonga. Pero las fanfarrias del final de fiesta, o del comienzo, que vaya usted a saber, suenan con estridente melancolía a la hora de hacer el recuento de los que han regresado a casa y de los que se han dejado el alma, para siempre, pegada al asfalto de la carretera.
Afirman los voceros mediáticos que un nuevo curso político (yo no sabía que los profesionales de la cosa pública fueran a la escuela; otro gallo les cantaría) acaba de comenzar. En realidad nada ha cambiado, al menos para bien, por lo que todo es continuación, pura inercia, de la insufrible y mezquina vida política en que estamos sumergidos. No obstante, nadie está libre de pecado. Los políticos —salvadas las excepciones que se crean necesarias— por su ineptitud e incompetencia merecen una descalificación rotunda; y la ciudadanía, entregada a una edulcorada molicie de nuevos ricos, también es merecedora de arrostrar la cerviz gacha dando vueltas a la noria.
Septiembre está aquí, una vez más, para que el catálogo de las promesas renovadas y de las buenas intenciones aplaque el ánimo de nuestra propia debilidad. Dentro de algunos meses ya nadie recordará este momento (ahora le llaman estrés postvacacional), y los lamentos y pesadumbres se ahogarán con una escapada de fin de semana pagada a plazos. ¡Que piensen ellos, que para eso les pagamos! Y todo volverá a empezar, una vez más.