martes, 09 de octubre de 2007
Cada día que amanece es una buena oportunidad para afrontar la jornada con ánimo renovado y entusiasta. También es una excelente ocasión para remediar, o al menos intentarlo, los errores del día anterior. Lamentarse y no hacer nada por subsanar nuestras equivocaciones nos causará un doble daño: por una parte ensombrecerá nuestro espíritu acrecentando la mala conciencia; y, por otro lado, se perpetuará el perjuicio que hayamos causado.

Decía Cicerón (106-43 a.C.), «No pasemos por el antiguo terreno; más bien preparémonos por lo que ha de venir.» Con estas palabras subrayaba el eminente jurista-orador, que ante la imposibilidad de retroceder en el tiempo, y, por tanto, deshacer el daño, lo único aconsejable es poner todo el empeño en el camino que está por recorrer. Conviene no olvidar que cada nuevo día la naturaleza se renueva en todas y cada una de las formas y funciones que sus leyes han determinado a lo largo de millones de años. Así, el hombre, como parte de esa naturaleza evolucionada que ha devenido en conciencia y consciencia, tiene la obligación —no sólo moral, sino sobre todo ética— de dar lo mejor de sí en aras de su propio crecimiento interior como ser. Con esto quiero señalar la importancia vital de la necesidad de aprovechar cada instante presente de la manera más apropiada y conveniente, sin que nuestros actos pasados lastren nuestro futuro como hombres.

Comenzar de nuevo implica la renovación de un compromiso con nosotros mismos, un esfuerzo que nos acerca un poco más a la libertad y, por ende, a la plenitud. Esta realidad incuestionable es aplicable a todos y a cada uno de los seres humanos. Aunque, por desgracia, el acontecer cotidiano nos muestra el negativo de una sociedad desarrollista —es decir, en regresión—, que cifra su éxito evolutivo en la mercadotecnia y en la autosatisfacción emocional. Evolución y desarrollo, en sentido espiritual, no son sinónimos, ni siquiera equivalentes; por el contrario, son términos contrapuestos. El primero significa avance, expansión..., crecimiento; el segundo, aceptación, recreación, estancamiento y, en definitiva, retroceso. El uno atiende al imperativo ético (el ser), y el otro al compromiso moral (el estar). Evolución implica superación, trascendencia; desarrollo comporta servicio, utilidad.

Dejó pensado y escrito Aristóteles (384-322 a.C.), en su Ética a Nicómaco, que «El hombre feliz es el que vive bien y obra bien.» Para el preceptor de Alejandro Magno, virtud y felicidad iban de la mano, por eso define la felicidad como una especie de vida dichosa y de conducta recta. Eh aquí el meollo de la cuestión: la felicidad sólo se alcanza a través de la virtud (toda acción dirigida a la consecución del bien), es decir, la ética como rosa de los vientos para la conducta del hombre. Este es el propósito que debe prevalecer a la hora de enfrentarnos a cada amanecer.

Publicado por torresgalera @ 21:14  | Pensamientos
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