Se supone que los partidos políticos son organizaciones
ideológicas cuya finalidad esencial es encauzar las aspiraciones e inquietudes
de los ciudadanos. Es decir, los partidos han de ser un instrumento al servicio
de los sectores sociales con afinidad ideológica, que promuevan la consecución
del poder para tratar de aplicar sus propuestas. En definitiva, los partidos
políticos deberían estar al servicio de los ciudadanos, ya que son éstos los únicos
y verdaderos titulares de la soberanía nacional.
En cambio, la realidad en la que nos movemos, no sólo en
España sino en prácticamente la mayoría de las democracias parlamentarias, pone
de manifiesto cómo los partidos políticos se han convertido, única y
exclusivamente, en máquinas de poder. Dichas organizaciones se han convertido
en instituciones voraces y depredadoras, y todas sus actuaciones redundan en su
fortalecimiento y en su incuestionabilidad. No digo que los individuos que
sienten la vocación de servicio a la cosa pública sean unos desaprensivos
egoístas, lo que digo es que la actividad política dentro de los partidos
termina degenerando y corrompiendo la esencia de la política. La maquinaria
voraz de los partidos -en especial las
grandes organizaciones que son alternativa de gobierno- se han impuesto a los
individuos. No importa quiénes sean los titulares de los cargos en las propias
organizaciones o en las administraciones públicas, ni si lo hacen mejor o peor
-otros vendrán a ocupar el sitio del cesado-, lo que de verdad importa es que
el militante sirva en cuerpo y alma a los intereses del partido.
El ejemplo de que en
España vivimos una auténtica partitocracia lo tenemos estos días delante de
nuestros ojos. Por un lado, el PSOE gobernante de la Nación se muestra ausente
y medio sonámbulo ante los graves acontecimientos que tienen casi colapsado al
país. En presidente Rodríguez continúa negando la existencia de una crisis
económica. A estas alturas se puede ser más ignorante, pero no más insensato, y
todo por no enmendar el buenísmo en el que vive instalado y que tan buenos
resultados electorales le ha reportado. Veremos en qué acaba todo esto.
Y por otro lado,
tenemos al PP, el principal partido de la oposición -y casi el único-, perdido
y ensimismado en su propia soberbia porque no es capaz de digerir que Rodríguez
Zapatero les ha vuelto a ganar las elecciones. Pues o se ponen las pilas
rápidamente o se las van a dar hasta en el carné de conducir, que diría un
castizo.
Los dos grandes partidos
tienen en común que en ninguno se promueve la autocrítica seria y transparente.
Ninguno toma de la ciudadanía el pulso de sus preocupaciones e inquietudes. Y
ambos se enrocan en la afirmación de sus bondades, a la vez que se empecinan en
trasladárselas a los ciudadanos como una letanía desesperante. Ya se cansarán.