Desde un rincón cualquiera del Levante español, cerca del mar, uno percibe el pulso de la política nacional como un eco lejano de perfiles difusos. Sólo el ruido de los medios de comunicación, descaradamente provocadores, zarandea y despierta el ánimo relajado en menesteres más prosaicos, como si se tratara de aquella arcaica voz plebeya que susurraba al general victorioso —mientras paseaba el «triunfo» otorgado por el Senado de Roma— estas palabras: «recuerda que eres mortal».