miércoles, 09 de julio de 2008

Cuando apenas han transcurridos cuatro meses desde que el PSOE ganara las elecciones generales, Rodríguez Zapatero, el gran timonel del socialismo rampante, ha cambiado la hoja de ruta de lo que ha de ser su política de gobierno -aún inédita- en la presente legislatura. Reafirmándose en su concepto de «Democracia deliberativa», el recién reelegido -a la búlgara, con el 98,5% de los votos- secretario general del PSOE ha decidido prescindir del programa electoral con el que se presentó a las legislativas, y no ha dudado en sustituirlo por otro nuevo extraído de las resoluciones aprobadas en el XXXVII Congreso Federal del partido.

Como se puede comprobar, una vez más, en ZP nada se puede dar como cierto, como verdad inamovible, como certeza incontestable. Su sentido de los principios está fundamentado en una cierta idea difusa y romántica de un pasado nostálgico a fuer de falso; el presidente Rodríguez vive instalado en una ensoñación sentimentaloide, atravesada de prejuicios y rencores enfermizos. Por eso no le duelen prendas a la hora de explorar cualquier sendero que le acerque a la ilusión de su destartalada quimera. Rodríguez se alimenta exclusivamente de la fatuidad de unos modales sosegados con los que disfraza su repulsa a toda forma de aristocracia (nobleza, del griego aristo). Esta es la razón por la que ha aprovechado las resoluciones políticas del congreso socialista para dar carpetazo al programa electoral.

Ningún observador atento pasa por alto que Rodríguez Zapatero se siente infinitamente más cómodo en la confrontación con el PP cuando el debate se plantea en el terreno de la política social. Al proponer ahora una agenda perfilada de aristas éticas -eutanasia, aborto, laicismo, etcétera-, los socialistas pretenden reabrir el debate en la retaguardia de su adversario. Es lo que José Blanco, el nuevo vicesecretario general del PSOE, llama «avanzar en la democracia social». De esta forma, y con lo que está cayendo, el zapaterismo -que gestiona mal y gobierna peor- pone de manifiesto su formidable intuición para embarrar el debate público y jugar en una cancha enfangada por la discordia: se siente cómodo en la dialéctica divisionista, en la bipolaridad esquemática, en la radicalidad que vacía de moderación el espacio político.

Una vez más la mentira ha sido instalada en el corazón de la vida pública. Decía Jean Françoise Revel en El conocimiento inútil, que «la mentira es una especie de hilandera que teje y que desteje la irrealidad a conveniencia». Por eso ZP ha situado el epicentro de su política para los próximos años en el terreno que a él le conviene. ¿Qué le importa al líder providencial que sus electores le reprochen el cambio de estrategia? Él ya lo tiene todo bien calculado: no hay crisis económica, y los problemas que pueda padecer nuestra economía no dependen de nosotros sino que vienen del exterior. En cuanto a lo importante que hay que atender en adelante, pues ya lo ha dicho: cambiar la ley para que las mujeres puedan abortar con más libertad, mejorar la legislación para que los moribundos o enfermos terminales sufran menos y puedan acortar su agonía, y erradicar todos los símbolos católicos de las instituciones públicas y arrinconar a la Iglesia católica a la mera actividad privada. El debate entre progresismo y conservadurismo está de nuevo servido.


Publicado por torresgalera @ 15:19  | Política
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