Con la Olimpiada de Pekín 2008 ha ocurrido, y está
ocurriendo, lo que todo el mundo suponía: que el personal ha quedado epatado ante el derroche de grandiosidad que han exhibido los chinos. ¿Qué se puede esperar de una gran
nación que a lo largo de su dilatada historia de varios milenios no ha conocido
otra cosa que sistemas de organización política y social tiránicos y
absolutistas?; y que -por si era poco- en pleno siglo XX ha transitado sin
remisión (amén del breve periodo de dominio japonés) a un Estado totalitario
marxista. Pues ha pasado lo que tenía que pasar, que el gobierno de China
continental ha utilizado la oportunidad que le ha brindado Occidente para
abrumarle con un panegírico sobre las bondades de su modelo político y social
revolucionario. Los dirigentes comunistas chinos han hecho y están haciendo lo
que mejor saben hacer los déspotas cuando tratan de alagar a los visitantes
foráneos: deslumbrarles con lo mejor de cada casa, agasajarles con toda clase
de fruslerías y esconderles las miserias que inundan las habitaciones
interiores donde se hospedan el servicio y los parientes pobres.
La verdad, tengo que decir que después de las primeras imágenes que la televisión comenzó a ofrecer desde Pekín durante el acto inaugural de la Olimpiada, me vinieron a la mente imágenes de numerosas niñas chinas que en España hacen las delicias de sus nuevos padres. Sí, miles de niñas chinas, despreciadas por el Estado de su país por el simple y terrible hecho de ser mujeres, y que encerradas en paupérrimos y nauseabundos hospicios estatales tras ser abandonadas por sus madres, han sido, y son, vendidas cual mercancía excedente y malograda a ciudadanos extranjeros, eso sí, edulcorado el contrato de compra-venta con una patina de noble y altruista acción humanitaria. Y es que en la República Popular China es el Estado el que dicta las normas de conducta de los ciudadanos, incluso en asuntos tan íntimos y privados como la procreación. Por ejemplo, las leyes exhortan a las parejas a tener un único hijo, especialmente varón; si la fortuna les regala una hija, los poderes públicos reducirán las ayudas por descendencia, y si los padres caen en la felonía de tener una segunda hija, quedarán estigmatizados socialmente para siempre. De ahí que sea frecuente que los padres abandonen a sus hijas recién nacidas en orfanatos.
Como se puede inferir, esta práctica institucionalizada es de una crueldad y bajeza moral escalofriante. Atenta contra los principios básicos del derecho natural, amén de constituir un criminal atentado contra los derechos fundamentales del hombre. En fin, se trata de la máxima expresión del totalitarismo rampante que apremia al pueblo chino desde hace sesenta años. Y ahora, porque la China comunista se ha convertido en una gran potencia económica emergente -y, por tanto, en una extraordinaria oportunidad para hacer negocios con el llamado «mundo libre»- tenemos que reírle la gracia a esa banda de tiranos que rigen con crueldad medieval a 1.200 millones de seres humanos.
No, yo personalmente no paso por ahí. Que comulguen con piedras de molino otros que tengan mayores tragaderas. En nombre de la revolución popular y de la clase trabajadora se han cometido terribles genocidios en los últimos cien años. Los cuarenta millones de personas desaparecidas en la ex Unión Soviética víctimas de las purgas y venganzas de la oligarquía dirigente es un aperitivo del exterminio al que han sometido los dirigentes chinos a su pueblo desde los tiempos de Mao Zedong.
Ahora la nueva oligarquía juega a «una política, dos sistemas». Pura patraña repleta de retórica hipócrita y falaz. Estos dirigentes de quinta generación no quieren ver como -tarde o temprano- se desmorona su imperio como lo hiciera en su día el de la Unión Soviética. Por ello se han agarrado al clavo ardiendo del libre mercado, al que creen que pueden controlar. Pero todo es cuestión de tiempo. Dicen que en la China costera ya existen 60 millones de millonarios y unos 250 millones de habitantes de clase media. Las reservas de dólares de China están, junto a las de Japón, financiando la mayor parte del déficit exterior de Estados Unidos. El dragón rojo chino ya ha despertado, y el mundo occidental ha caído rendido a sus pies. La represión en Nepal, los derechos humanos y la libertad de expresión son tenidos por chiquilladas de adolescentes inquietos. Ya madurará el dragón, dicen. Pero yo no sólo no me fío sino que me rebela tanto cinismo e hipocresía. Por eso cuando pienso en las niñas chinas que hoy viven felices con sus padres españoles (y de otros países), no puedo por menos que pensar en las decenas de miles que aún están pendientes, en sus infrahumanos orfelinatos, de que la Providencia las rescate y les ofrezca una oportunidad para ser felices. La grandiosidad de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 es la gran mascarada que ha montado un gobierno omnímodo y tiránico para que los sedientos de ambición babeen de codicia y los ingenuos se refocilen con las luces y colorines del circo.