Pasan los años, los siglos y los milenios y el ser humano,
como especie, continúa estancado, en sus actitudes y comportamientos, como en
tiempos de los asirios, los babilonios o los nabateos, por poner sólo tres
ejemplos. Es verdad que la humanidad ha avanzado una barbaridad en el campo de
la tecnología y las ciencias, sobre todo desde que las últimas generaciones de
humanos han sido capaces de liberarse de los prejuicios derivados de gran parte
del acervo cultural del pasado
No obstante, en la actualidad el hombre hace con el progreso tecnológico y científico lo que los antiguos hacían con la tecnología de los metales, de los fluidos o de la palanca: abusar de estos conocimientos para utilizarlos en contra de otras comunidades vecinas mediante el ejercicio de la guerra; de esta manera se satisfacían las ansias de poder y se perpetuaba una tradición de dominio de unos sobre otros.
Pues en esas estamos todavía. De nada ha valido que en el siglo XX -ayer mismo- el ser humano haya padecido las guerras y los genocidios más terribles de la historia de la humanidad. Aún estamos empeñados -a pesar de la desaparición de la «guerra fría» y de la «política de bloques»- en hostigarnos unos a otros, e imponer a nuestros semejantes una particular manera de entender la existencia. Y es que no cesan de aparecer genios visionarios, que bajo la apariencia de caudillos redentores se lanzan a la insensata locura de imponer su credo al resto de los mortales. Estos dañinos virus humanos se multiplican como sus homólogos microscópicos. Surgen por todas partes -en realidad incuban en cada uno de nosotros- y acechan en cualquier actividad de la vida social, ya sea en el mundo de los negocios, en el laboral, el educativo o, en especial, en el de la política.
Viene este preámbulo a cuento de la noticia -difundida por la agencia rusa Ria Novosti- que afirma que hoy mismo «las fuerzas nucleares estratégicas y las fuerzas espaciales han llevado a cabo, a las 14.36, hora de Moscú (12:36, hora española), desde el cosmódromo de Plesetsk, una prueba rutinaria de misiles balísticos intercontinentales RS 12 Topol». Dicha noticia ha sido confirmada por el Ministerio de Defensa ruso, el cual ha subrayado que el mencionado misil es «capaz de atravesar tecnología de defensa» antimisiles enemiga.
Esta es una prueba más de cómo aflora el alma demoniaca que anida en la mente y en el corazón de Vladimir Putin, verdadero zar de todas las rusias. Este «eslavo canallita» -que gobierna ahora parapetado detrás del presidente Medvedev- se la tiene jurada a Occidente, sobre todo después de que Washington y Varsovia firmaran un acuerdo para el despliegue de un sistema de defensa antimisiles estadounidense en territorio polaco. El artero y frío Putin no se arredra ante nada ni ante nadie. Su órdago a la OTAN, en el conflicto con Georgia por el contencioso de Osetia del Sur, prueba que está dispuesto a llegar hasta donde sea menester para recuperar la pasada grandeza de Rusia; y ya de paso hacerse un hueco en la historia. La necesidad de satisfacer su megalomanía pasa por amedrentar a Occidente con un pavoroso despliegue de fuerza y determinación. La estrategia de Putin está en camino de dejar a Bin Laden reducido a un mero jefecillo de cuatreros y salteadores de caminos. El ex jefe del KGB soviético apenas está iluminándonos con el portento de su ciencia y de su carismático destino.